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Llegamos a noviembre y ya podemos empezar a hacer un balance de lo que fue este año en el espacio educativo, desde las discusiones salariales hasta los últimos reclamos por el presupuesto en administración e infraestructura, dan cuenta de una crisis en el sistema que exige tanto atención como urgencia.
> Por Romina Bilbao y Gabriela Jäkel

Si se pasara lista de los problemas que pueden surgir en el sistema educativo, encontraríamos que este año no hubo casi inasistencias. Discusiones por el salario docente, por el presupuesto administrativo, por el cierre de cursos, por la falta de fondos para mantener los comedores y el transporte, mantuvieron en alerta a todos los miembros de la comunidad educativa. La agenda se presentaba complicada desde las mismas discusiones paritarias que se iniciaron en febrero. En este sentido, uno de los puntos más conflictivos fue el tema del aumento y recomposición salarial para el sector docente, el gobierno no estaba dispuesto a aceptar las cifras del aumento y el salario básico propuesto por los gremios.

En el marco de estas disputas, el 1º de marzo, Cristina Fernández, en el discurso de inauguración del 130º período de sesiones ordinarias del Congreso, atacó expresamente a los docentes potenciando el conflicto: “Yo no digo que sea la panacea, ni que sean salarios perfectos, pero para trabajadores que gozan de estabilidad frente al resto de los trabajadores, con jornadas laborales de 4 horas y 3 meses de vacaciones, cómo es posible que sólo tengamos que hablar de salarios y no hablemos de los pibes que no tienen clases”.

Resulta difícil creer que el gobierno no conozca los verdaderos datos acerca del trabajo docente: ellos no tienen tres meses de vacaciones, la estabilidad laboral se obtiene sólo después de que lentamente se llega a las titularizaciones y un docente promedio de secundario, por ejemplo, tarda alrededor de 10 años en titularizar todas sus horas, y se pasa por alto que gran parte del trabajo no es frente al curso, sino en la casa corrigiendo, planificando y estudiando para después sí dar la clase.

Si se sigue indagando hay algo que es más profundo aún y es que este discurso no fue casual, sino que tuvo la intencionalidad de reforzar una idea que desde hace tiempo está instalada (y ha sido instalada) en el sentido común: el primer, último y único culpable de que el sistema educativo esté fallando son los trabajadores de la educación, sin dejar de mencionar la parte que le corresponde a “esta juventud perdida y refractaria” o a sus padres (los más pobres, se entiende) que “no colaboran en nada”. El resultado de la ecuación es claro, las propias víctimas del declive de la educación pública son los responsables.
Pero si se cuestiona este resultado se asume la tarea de buscar a los verdaderos responsables.

ASÍ ANDAMOS

El hecho de que el sistema educativo esté provincializado dificulta poder tener una perspectiva global de su situación a nivel nacional. Cada provincia tiene su propia realidad y sus problemas, a su vez cada contexto marca una diferente realidad y es así como por ejemplo no son las mismas dificultades las que aparecen en las abarrotadas escuelas técnicas del conurbano y las que aparecen en las escuelitas rurales. Sin embargo, si hiciéramos un fugaz recorrido por algunos periódicos de distintas provincias de los últimos meses veríamos unos titulares similares: “Gremios docentes convocarían a paro de 48 horas”, “Manifestación de comunidad educativa frente a Casa de Gobierno”, “Estudiantes toman escuela”. Se puede sentir en estos días una especie de continuo Deja vu.

Podemos ver cada vez con más claridad que hay una serie de problemas que continúan afectando el quehacer diario en la escuela, cuestiones básicas que nos hablan de los problemas estructurales del sistema educativo. Cotidianamente suceden situaciones que rozan lo increíble: en pleno julio dentro del aula puede hacer el mismo frío que en el patio porque no hay vidrios y la estufa se rompió hace dos años. Las aulas no alcanzan, algunas clases se dan en medio de la cocina, secundarias y primarias comparten el mismo edificio, las escuelas se inundan cuando llueve o los baños están clausurados, y es cada vez más frecuente que las tizas y el borrador brillen por su ausencia, los mapas den tristeza y los libros de historia tengan al menos 30 años.

Incluso abundan problemas como los que menciona Ricardo, quien es docente y director de una escuela rural cercana a la frontera con Bolivia. La localidad a la que pertenece tiene poco más de 200 habitantes, 50 de los cuales estudian ahí. A través de una carta nos hace saber de la condiciones diarias a las que se enfrenta: “Aquí la agresividad del clima es permanente, mucho frío, con temperaturas invernales que suelen alcanzar los 30 grados bajo cero, vientos intensos, inexistencia de cloacas, gas natural, telefónico, internet, transporte inadecuado, falta de infraestructura edilicia adecuada a la zona, carencia de atención médica; se sufre un aislamiento comunicacional casi absoluto. (…) El pasado año después de arduas gestiones, se logró que el Ministerio de Educación resolviera habilitar el Comedor en el colegio, generó una resolución que otorga la partida presupuestaria para su funcionamiento, pero que no contempla la creación de cargos para el personal que atiende la cocina del comedor. A partir de Julio del 2011 el comedor institucional funciona, es atendido por personal que trabaja ad honorem…

Nota completa en edición impresa. Mascaró #7, noviembre 2012.

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