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> Por Eugenia Alzugaray y Federico Rossi

La proyección y la amplia repercusión que recibió el documental “La educación prohibida”, estrenada en agosto pasado, avivó el debate en torno a la educación tradicional. A lo largo del film dirigido por Gabriel Coin, queda clara la crítica al sistema educativo formal. Allí, los profesores responden a las exigencias del sistema, deshumanizando a los alumnos, e imponiéndoles premios y castigos. Esta crítica a la escuela autoritaria y disciplinaria, es la misma que desplegaba Pink Floyd, con la película The wall allá por los años ochenta, y condenaba a gran parte de la comunidad educativa.

Ahora bien. Como alternativa, el film propone una educación a través de la experiencia; apoyada en la corriente de la Escuela Nueva, bajo el paradigma del espontaneismo pedagógico. Esta pedagogía defiende la idea de que todo nace del niño, que es más importante que el niño sea cuidado, antes que educado. No debe haber institución o autoridad que coarte la libertad, ya que cada uno construye su propia conducta. Pero esto tornaría innecesaria a la escuela, ya que niños y jóvenes pueden adquirir los conocimientos de forma individual, prescindiendo del maestro o profesor.

Este paradigma educativo propone la desescolarización de la escuela. En él, el Estado no tiene ningún rol sobre la educación. Las diferentes experiencias educativas nombradas en el film, pertenecen al sector privado, excluyendo a los sectores sociales que no poseen poder adquisitivo. Ejemplo de ellos es que varios de los entrevistados son chilenos de escuelas privadas. En Chile se aplicaron las políticas de privatización a partir de la dictadura de Pinochet, cuyas consecuencias siguen vigentes; de ahí las fuertes luchas de los estudiantes.

Aún más. Para los espontaneístas, no hay Estado en la educación. Si no hay Estado, no cabe ninguna política educativa pública y democrática, en el marco de un proyecto de país. Se desestima a la escuela pública, y su imprescindible formación básica. Sin embargo, sabemos que no se puede pensar en políticas educativas verdaderamente liberadoras separadas de una igualdad real. Si cada uno aprende en espacios de la esfera privada, como en su propia casa, clubes, etc., tal como sugiere la película, dicha educación no se establece en condiciones de igualdad, ya que cuando se trata de la esfera privada, pocos constan de recursos y privilegios. El documental trasluce una posición política-ideológica neoliberal que incorpora la categoría de autonomía para referirse al cómo deben educarse los niños/as o jóvenes, fomentando el individualismo y la competitividad, y no resignificando a la escuela como espacio de socialización democrática y participativa.

Es la tarea de quienes creemos que la educación debe ser digna, liberadora y democrática, desechar todo embate ideológico impuesto por estas corrientes. La escuela tomada sólo como sistema pedagógico, no tiene en cuenta las variables políticas, económicas y culturales, lo que se traduce en no considerar a las clases populares desde sus necesidades, intereses y posibilidades de transformación revolucionarias.

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