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Desde hace algunos años, a nivel nacional y también provincial, se han desplegado una serie de planes y programas educativos tendientes a facilitar la finalización de estudios primarios y secundarios en la Argentina. Con más de medio millón de egresados hacia el 2013, el Plan FINES salió a la escena para ser celebrado por el oficialismo y defenestrado por las oposiciones de todos los colores. Quienes están adentro pueden responder a muchas de los falsos conceptos que giraron en torno a la descripción de las propuestas. Los programas de terminalidad de secundarios barrieron con matrículas en CENS y bachilleratos de adultos para instalarse la mayoría de las veces no ya en escuelas sino en sedes que son clubes de barrio, comedores y, como no podía escapárseles, en locales partidarios del justicialismo clientelar.

Cargos por encargo, docentes sin calificaciones, salones sin ser aulas, todo combinado en un proyecto curricular que corre tras números de indicadores y calificaciones internacionales, primando el llegar a la meta de miles de egresados anuales, descartando calidad y continuidad educativa. Y aunque intente disfrazarse de popular, esta educación carece de la noción de igualdad, en tanto se construye una estructura educativa que nace con la finalidad de la inclusión, es decir que desconoce el punto de partida en la igualdad y crea así opciones educativas diferentes de acuerdo a las condiciones materiales de los y las estudiantes.

No es sólo una cuestión nominal. En cómo nombramos al otro, a nosotros y en cómo nombramos nuestras acciones hay cargas pesadas de sentido que configuran el mundo, tanto como la materia hace a los objetos. En este marco, hay que pensar que los programas de inclusión en educación promovidos por el Gobierno Nacional y los articulados por las provincias (COA, Fines, FINES 2) dan un alerta sobre los nombres que se les ponen a los sujetos y a las acciones que los integran.

Insistamos: no es por una cuestión nominal, sino por una cuestión de sentido. Reemplazar la palabra clase por la palabra encuentro puede encontrarse amigable, pongámosle que irreprochable, pero lo cierto es que una sede no es lo mismo que una escuela, y un tutor no es lo mismo que un docente y cuando decimos que nuestra práctica es inclusiva estaría muy bien que se definiera la caracterización de a quiénes se está incluyendo y a qué.

Las acciones tendientes a valorizar la educación son más que bienvenidas, aquellas que ponen en práctica programas flexibles en cuanto a horarios y regímenes de cursadas pueden ser sin duda una respuesta estimulante para los y las que aun hoy permanecen al margen de las prácticas educativas. Pero la posibilidad de lo educativo tiene que darse abstrayéndose siempre del contexto de las personas involucradas, y a no confundir eso con un descarte de la historia y las experiencias de las personas, se trata de una abstracción que tiene que ver con no partir de las cargas que reducen los grupos de educandos a ciertas características: pobres, marginales, excluidos, diferentes. Todos los programas de inclusión en educación de la Argentina parten de lecturas esquemáticas y estigmatizantes que reducen las condiciones de cursadas de los y las estudiantes, los y las docentes trabajan con condiciones estructurantes de la práctica educativa. Si fuéramos todas las personas iguales, claro, no estaríamos hablando de inclusión. La acción oficialista, con la promoción y reforzamiento de estos planes, sobre todo con la masividad en la difusión del plan FINES 2 reveló un interés supino por actuar sobre la educación secundaria para producir en cantidad egresados y egresadas de una educación que lejos estuvo de parecerse a otras y más lejos aún de acercarse al ideal de una educación liberadora como la que propuso Paulo Freire.

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