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A comienzos del mes de mayo se dio a conocer el fallo de la Corte Suprema que habilitaba el beneficio del 2×1 a los genocidas de la última dictadura cívico-militar argentina. Al mismo tiempo, la Conferencia Episcopal Argentina (CEA), organismo de la Iglesia Católica que nuclea a obispos del país, enviaba una carta al papa Francisco para informarle sobre el “itinerario de reflexión” que habían iniciado en “orden a crecer en la cultura del encuentro, que el Papa promueve, tanto hacia el interior de la Iglesia como en la amistad social de la Argentina” en relación a los hechos ocurridos durante la dictadura. Este “proceso de encuentro” incluía recibir en su asamblea plenaria a familiares de desaparecidos y de represores para ponerlos en diálogo.

Ante la llamativa coordinación de agendas entre la Corte y la Iglesia Argentina, el periodista Horacio Verbitsky publicó una nota en Página/12 titulada “Los complotados” en donde aseguraba que el jefe de la Iglesia católica, Jorge Bergoglio, estaba detrás del fallo y que había preparado el terreno en los días previos para lograr la aceptación popular. Ante esto, el presidente de la Comisión Episcopal de Pastoral Social, Jorge Lozano, aseguró que sólo hubo una “infeliz coincidencia” en el inicio de los diálogos por la reconciliación impulsados por la Iglesia y el fallo de la Corte. Sin embargo, el obispo Lozano, lejos de condenar la resolución dijo “si ayuda o no habrá que esperar el tiempo para ver cuál es el resultado y en la práctica cómo se aplica”.

En contraposición con esta postura, los sacerdotes Francisco “Paco” Oliveira y Eduardo de la Serna enrolados en el Grupo de Curas en la Opción por los Pobres cuestionaron la iniciativa de reconciliación por considerar que la Conferencia Episcopal “no puede invitar a ese gesto si antes no pide perdón y entrega las pruebas y todo lo que supone ir hacia un proceso de memoria, verdad y justicia”.

Mientras las distintas vertientes de la Iglesia católica discutían sus diversas opiniones sobre el tema, su líder, Bergoglio se llamaba a silencio. Ni siquiera habiendo tenido previamente la carta con el anuncio de la CEA hizo declaraciones, habló sobre el tema o intervino para que los obispos revieran su postura.

Ante esta situación, las Abuelas de Plaza de Mayo emitieron un mensaje en rechazo a la política de reconciliación que propone la Iglesia y pidieron que el Papa se expidiera al respecto. Las expectativas del organismo de derechos humanos son difíciles de cumplir si se tiene en cuenta que en abril de 2015, luego de la visita de Estela de Carlotto al Vaticano, Francisco ordenó la apertura de los archivos secretos de la Iglesia católica (que incluyen 3 mil cartas y documentos con pedidos que llegaron a la Iglesia para conocer el paradero de detenidos y desaparecidos y que se conservan en el Episcopado, en la Nunciatura y en la Santa Sede) y a pesar de ello, la CEA anunció que sólo podrán acceder a dichos archivos quienes cumplan con un protocolo determinado. Es decir, siguen siendo secretos y clasificados.

Si el jefe máximo del catolicismo a nivel mundial es el Papa. Si la Iglesia católica argentina, desde la CEA como representante de la curia fascista hasta los curas villeros como representantes de los más pobres, se encuentran bajo el mismo ala supuestamente progresista que denota Francisco, ¿cuál es, entonces, la línea predominante en la iglesia argentina? ¿Cómo debe entenderse el silencio del líder? Quizás sea un ejemplo más del doble mensaje constante del papa Francisco que, no hay que olvidar, es Bergoglio.

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