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> Entrevista con Diana Maffía
(Doctora en filosofía de la UBA – investigadora del instituto de estudios de género)
Desde distintos sectores se insiste en la necesidad de avanzar en políticas públicas con perspectiva de género, ¿qué significa?
Las políticas públicas son las intervenciones del Estado necesarias para que los ciudadanos y las ciudadanas ejerzamos nuestros derechos. Una perspectiva de género implica en primer lugar tener claro que hay estereotipos de género y que se deben orientar y comprometer recursos y políticas para no profundizar esos estereotipos. Esas son las primeras exigencias. Luego, como las relaciones de género suelen ser relaciones jerárquicas y muchas de opresión y muchas de violencia como método de disciplinamiento de las jerarquías, las políticas públicas deben intervenir además intentando establecer equidad ahí donde haya jerarquías desiguales. Muchas veces es el Estado el que ejerce violencia institucional e imprime jerarquías o hace impune la violencia para que nadie se salga de los roles sociales. Cuando uno quiere salir de los roles establecidos hay dos botones: por un lado la persuasión, y como plan B aparece el castigo, la violencia y la persecución.

¿Cómo se mantienen los roles de cada uno en la sociedad?

La mayoría de los casos de violencia de género resultan impunes porque quienes deben intervenir comparten esos valores. Entonces la mujer va a la policía y le dicen “bueno pero seguro algo le hiciste a tu marido”. O va a a la Justicia y le dicen: “pero usted lo quiere abandonar, cuando en realidad él tiene un derecho sobre usted”. No se puede romper el matrimonio a pesar de que reciba golpes, porque la prioridad es mantener esa unidad que es la estructura de la familia nuclear, que está conformada al servicio del sistema económico capitalista. Es que surge para eso, porque en realidad la familia no surge para que la gente se quiera y se cuide.

El famoso lema de la familia como base de la sociedad…
Claro, la legislación intenta mantener a la familia porque ahí está legislándose la herencia, la legitimidad de la progenie. El encierro de las mujeres en las casas tiene que ver con garantizar esa legitimidad. El aspecto nuclear tiene que ver con que las mujeres van a ser las reproductoras biológicas de la fuerza de trabajo, y que entonces quien sea el dueño de los medios de producción no va a tener que financiar la reproducción de la fuerza del trabajo con el salario, sino que lo va a tener gratuitamente porque la cultura impone que las mujeres gratuitamente reproducimos la fuerza de trabajo. Quien se queda con esa doble plusvalía es quien tiene los medios de producción. La familia está al servicio de un modelo de acumulación económica.

¿Y qué hay de cierto de la crisis de la familia como institución?

En la argentina, el 40% de las hogares son monoparentales, con jefaturas de mujeres a cargo de la familia. Y creo que hay una crisis del modelo ideológico de familia, entre otras cosas porque esta función de la mujer se torna inaceptable. La estructura cambió en parte por ciertos debates en torno a las relaciones, como la ley de identidad de género y la ampliación de la ley de matrimonio, y ahora los cambios en el código civil que proponen que no exista una tutela judicial sobre la estructura familiar. Porque el problema es que la Ley protegía no a cada individuo sino a la estructura familiar como propiedad del patriarca.

En la marcha cacerolera había muchos carteles con reclamos sobre las libertades individuales, pero difícilmente alguno de los manifestantes se estuviera refiriendo al aborto.
Aún en términos de derechos individuales el derecho al aborto tendría que ser un derecho. De hecho las mujeres que tienen capacidad económica abortan, no le preguntan a nadie ni tienen el problema de la barrera pública. En cuanto a las consignas, algunas eran razonables y otras eran espantosas, totalmente misóginas.

Una vez escribí una nota en el desaparecido Diario Crítica en la que hablaba con cierta ironía de una declaración de Cristina durante el lanzamiento de una línea de créditos que según ella era para que “los hombres se compraran autos y las mujeres se compraran lavarropas”. A mi me pareció una brutalidad. El artículo se llamaba Cristina y el síndrome Doris Day y tuvo como cincuenta páginas de comentarios de lectores. A cuál más misógino. Los comentarios eran tan gorilas y tan misóginos que me dije yo no escribo más. Porque si yo le estoy dando aliento a semejante reacción, a gente ultra conservadora, es como tirar un boomerang. Aunque me lo han pedido por ser opositora y crítica a muchas de las medidas que toma el gobierno, no quiero abonar a este tipo de argumentos.

Lo que refleja esto es que hay una sociedad machista. En el cacerolazo del otro día vos veías incluso mujeres diciendo “yegua, puta”, y eso habla de que hay una consideración ideológica, porque en definitiva el machismo es una ideología, no depende de la dosis hormonal sino de lo que tenés en la cabeza, y la ideología dominante es machista. Muchos de los obstáculos políticos tienen que ver con esta cuestión ideológica profunda.

¿Cómo romper con la cultura machista?

El paso más relevante es la desnaturalización, porque mientras se considere que las diferencias son naturales y los roles son naturales, no hay ninguna intervención que hacer. Porque no se armaría un sindicato de gacelas para que no sean comidas por los leones, ni se harían talleres de revisión de la conducta alimenticia de los leones para que no se coman a las gacelas. No se hace eso porque la depredación es una relación natural. Pues las relaciones de género no tienen que ver con la depredación natural, y entonces tendrían que ser modificadas y tendríamos que poder intervenir.

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