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La alimentación de los argentinos se caracteriza por su escasez en la variedad de los productos que se consumen. Si quisiéramos encontrar el origen de esta particularidad quizás lo podríamos hallar en el gaucho solitario alimentado a mate y galleta, guiso sancochado y asado cuando se podía carnear algún bicho. Claro que en aquellos tiempos incluso esa alimentación contaba con una ventaja, porque los animales solían pastar tranquilos en la inmensa llanura.

Ahora, en cambio, el sistema de ganadería pastoril pierde terreno frente a los métodos de feedlot, es decir la cría de animales en corrales de engorde (podríamos decir simbólicamente acorralados por la soja), con una dieta a que no es natural para ellos, hacinados y llenos de antibióticos para eludir las infecciones que pueden contraer por encontrarse en esas condiciones.

La carne producida en el sistema pastoril, contiene menos colesterol, una buena relación entre el omega 3 y el 6, más antioxidantes y otras tantas ventajas frente a la carne de feedlot, repleta de grasa intramuscular y saturadas. La forma de producción concentrada en pollos y cerdos, no difiere demasiado de la técnica del feedlot.

Agravando este hecho, los argentinos no contamos con el derecho a saber lo que comemos. Nada nos indica si la carne que compramos es de sistema pastoril o de corral, así como tampoco existe un etiquetado de los productos que distinga entre los que provienen de la agricultura tradicional y los que se producen en laboratorios genéticos.

La mayoría de los trabajadores y trabajadoras no cuentan con la posibilidad de tomarse un tiempo para prepararse la comida sana y con muchos colores en el plato que nos muestra el Dr. Cormillot cada tarde en su programa de televisión. Se desayuna unos mates con lo que se encuentre en la alacena. En el tiempo del almuerzo que dan en el trabajo se elige la comida más barata y rápida, y la merienda es probablemente un alfajor y una coca en el tren. Con suerte a la noche te preparás unos fideos, un guiso o, los primeros días del mes, algún churrasco a la plancha con lechuga y tomate, en lo posible un tomate redondito, perfecto, fumigado con el insecticida requerido por la variedad especificada del fruto.

Caminando por la calle o haciendo zapping, la publicidad nos ofrece las dos caras de la moneda. En este trajín cotidiano se puede optar por la súper hamburguesa que por sus dimensiones no puede ser mordida por ninguna boca, con papas fritas y coca-cola. Y por otro lado, y sobre todo cuando se acerca el verano, unos cuerpos a lo Catherine Fulop, con ropas deportivas nos invitan a comer diet, light o 0%. Todos los alimentos de cartón envueltos en paquetitos verdes.

Aunque esta cuestión relacionada a los malos hábitos de alimentación se encuentran en todas las clases sociales, los sectores con mayor poder adquisitivo tienen la posibilidad de acceder, por ejemplo, a un nutricionista y lo que es más importante, seguir la dieta que el tratamiento demande. Aunque la problemática sea transversal porque está relacionada con una cuestión de educación y cultura, estos sectores tienen mayores posibilidades de sortearlo.

Ante esta realidad es el Estado quien debería tener una política activa en la promoción de la alimentación sana de la población. No significa que los Cocineros Argentinos preparen el almuerzo de 40 millones de personas, sino de que en un país con la capacidad de alimentar a más de cuatrocientos millones de seres humanos, se hagan los esfuerzos necesarios para que todos puedan acceder como dice la Declaración de los Derechos Humanos “a un nivel de vida adecuado que le asegure, así como a su familia, la salud y el bienestar, y en especial la alimentación…”

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