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“Estados Unidos es el mayor consumidor de drogas y, a la vez, el mayor suministrador de armas”.

Se podrían escribir varios libros acerca de cómo ha utilizado Estados Unidos el negocio de la droga para sacar beneficios, tanto desde el punto de vista económico (Naciones Unidas sostiene que el negocio del narcotráfico en el mundo mueve 300 mil millones de dólares al año) como desde el punto de vista de la estrategia para sostener su hegemonía militar.

Estados Unidos, que tan solidariamente se preocupa por combatir al narcotráfico en varios países del globo es, según la Organización Mundial de la Salud (OMS), el mayor consumidor de drogas del mundo. Bill Clinton declaró en el año 1997 que su país consume la mitad de la droga del mundo, siendo que éste representa el 5% de la población. Este dato es paradójico porque el problema que los norteamericanos intentan solucionar fuera de sus fronteras es generado en gran medida por su propia situación interna. Lo reconoció el mismo secretario de Estado durante la primera presidencia de George W. Bush, Colin Powell, cuando dijo que “la razón principal por la cual los países andinos se enfrentan a dificultades para doblegar la producción de drogas, particularmente de cocaína, es la gran demanda que existe en Estados Unidos. El verdadero problema de la región no es causado por la región: es causado por lo que ocurre en las calles de Nueva York, en las calles de todas nuestras grandes ciudades”.

En el año 2006 el Departamento de Justicia de Estados Unidos comenzó las investigaciones sobre la intervención de la Agencia Central de Inteligencia (CIA) en Nicaragua en la década del 80 financiando a los grupos contrarrevolucionarios, los “Contra”, a través de las ganancias que generaba la venta de droga, sobre todo Crack, en los “ghettos” de su propio país. Por supuesto no fue sólo Nicaragua. Con los ingresos que aportaba la heroína producida en Afganistán se financió a los grandes aliados de la CIA en esa región. En 1978 triunfó la Revolución de Abril apoyada por la Unión Soviética (a la cual los muyahidines combatieron). Este gobierno erradicó las plantaciones de opio, excepto en las zonas controladas por los amigos del Pentágono. Hoy, bajo manto norteamericano, Afganistán se convirtió en el primer productor de heroína.

En Colombia la lucha (o el control) yanqui hacia el narcotráfico se dio a través del llamado “Plan Colombia”.En su primera asignación presupuestaria estaban designados 704 millones de dólares al Ejército colombiano; 205 millones más para la Policía y la Armada; 410 millones para medidas de seguridad en los países vecinos, de los cuales, 325 serían para gastos adicionales de agencias de Estados Unidos, que cuenta además, con doce bases militares en ese país -de las cuales sólo siete fueron declaradas- y 36 bases en total diseminadas por todo el continente.

Estos son sólo algunos ejemplos de que en realidad el imperio yanqui nunca tuvo intenciones reales de luchar contra el narcotráfico, sino que fue una excusa más para justificar su intervención y a la vez desplegar todo su poderío militar -usando fuerzas propias o a través del financiamiento de ejércitos mercenarios- para poder perpetuar su hegemonía como máxima potencia mundial.

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