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> Por María Petraccaro
En octubre se realiza, como desde hace 27 años, otro Encuentro Nacional de Mujeres. En el marco de los cambios que se vienen dando en los últimos tiempos, hay quienes preguntan qué más queda por hacer respecto de las problemáticas de género. Aquí, algunos esbozos de respuestas, debates pendientes y políticas que se han quedado a medio camino entre la declamación y la acción.
Mucho se afirma y se habla de los avances que en los últimos años se han producido en la Argentina en materia de derechos que tienen que ver con las problemáticas de género. Muchos de ellos reales, vale la pena aclarar. Y muchos otros que, aún cuando fueron un efectivo otorgamiento de derechos e insoslayables avances, dejan la duda sobre cuánto efectivamente influyen en la cotidianeidad de las realidades, las violencias, las discriminaciones que a diario padecen mujeres, hombres, homosexuales y trans.

En prácticamente todos los estamentos gubernamentales existen secretarías, direcciones, comisiones y áreas de la mujer. En algunos menos, también de diversidad sexual o similares. Lo mismo sucede en la mayoría de los organismos públicos y privados, partidos políticos, organizaciones sociales, culturales, estudiantiles y sindicales. Son innumerables las ONG’s que dedican a estas temáticas su principal actividad. Quizás el mayor ejemplo de esta movida sea la realización, desde hace 27 años, del Encuentro Nacional de Mujeres, que reúne a miles de ellas provenientes de todo el país, de todas las edades y de diversas filiaciones políticas, donde se debaten temáticas tan diversas que incluyen desde la familia al trabajo, del aborto a la prostitución, desde el arte hasta la realidad latinoamericana, todo desde la mirada femenina.

Este gigantesco cúmulo de manifestaciones evidencia, sin lugar a dudas, necesidades insatisfechas y derechos faltantes, problemáticas irresueltas o a medio resolver. También demandan políticas y acciones concretas y denuncian que es mucho lo que falta todavía por hacer en términos de la cuestión de género.

ACLARANDO LOS TANTOS

La categoría “género”, aunque fue usada por primera vez en el famoso libro “El segundo sexo”, de Simone de Beauvoir, en 1949, comienza a tener peso en las ciencias sociales y, fundamentalmente, en el discurso feminista, recién en la década del setenta. Sin embargo, fue a finales del siglo veinte que el término se afianza e impacta en las políticas públicas.

En principio, hablar de género no es lo mismo que hablar de sexo. El concepto de “sexo” remite a las diferencias biológicas que se presentan naturalmente entre quienes integran la especie humana. El género, por su parte, aunque inevitablemente incluye al sexo para su definición, va mucho más allá, en tanto categoría social, cultural, económica y política.

En el Diccionario de Estudios de Género y Feminismos, Susana Gamba explica que “esta categoría analítica surgió para explicar las desigualdades entre hombres y mujeres, poniendo el énfasis en la noción de multiplicidad de identidades. Lo femenino y lo masculino se conforman a partir de una relación mutua, cultural e histórica. (…) Las elaboraciones históricas de los géneros son sistemas de poder, con un discurso hegemónico y pueden dar cuenta de la existencia de los conflictos sociales. Y la problematización de las relaciones de género logró romper con la idea del carácter natural de las mismas. Lo femenino o lo masculino no se refiere al sexo de los individuos, sino a las conductas consideradas femeninas o masculinas”.

Para esta autora, tener una perspectiva de género a la hora de mirar la realidad implica reconocer las relaciones de poder que se dan entre los géneros, teniendo en cuenta que esas relaciones fueron construidas social e históricamente, siendo constitutivas de las personas, y sabiendo que atraviesan todo el entramado social, articulándose con otras relaciones sociales, como las de clase, etnia, edad, preferencia sexual y religión.

Aún cuando muchas veces se confunda con una mirada excluyente desde y hacia las mujeres, la visión de género incluye a los hombres, a homosexuales y trans, dado que como categoría social, tiene que ver con los roles asignados a cada sector en una sociedad y tiempos determinados.

LAS NENAS CON LAS NENAS

Esos roles no son, lógicamente, algo que se cambie por ley o por decreto. Son pautas culturales profundamente arraigadas, cuyos procesos de cambio demandan muchos años. Y aunque la legislación no pueda directamente con ellos, sí puede aportar para que los cambios se produzcan. Es el caso de la educación no sexista, de la formación en derechos sexuales y reproductivos, las reformas de ciertas leyes laborales, o la perspectiva de género en los medios de comunicación.

Nota completa en edición impresa. Mascaró #6, octubre 2012.