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La diversidad es más que una acumulación de consonantes, colores o incluso identidades. ¿Cuáles son las discusiones sobre las formas de nombrarse y definirse en el plano de la sexualidad? ¿Cuán posible es vivir nuestras identidades de manera transitoria?

 

La historia, es un lenguaje?

Tiene que ver este lenguaje con el lenguaje de la historia

o con la historia del lenguaje

en donde balbuceó

tiene que ver con este verso?

lenguas vivas lamiendo lenguas muertas

lenguas menguadas como medias

lenguas, luengas, fungosas:

este lenguaje de la historia / cuál historia?

si no se tiene por historia la larga historia de la lengua

TUYÚ*
(Fragmento del poema de Néstor Perlongher)

 

Tal vez sea familiar a los oídos de muchxs el término “diversidad”. Familiar no es sinónimo de representativo o significante, valga la aclaración. Es entonces cuando es más fehaciente creer que es una definición plagada de dinamita por dentro, pronta a extinguirse. ¿Es eso bueno o malo? Sólo la historia lo dirá. Pero aún así, frente al borde del precipicio, hay discusiones que no se han alcanzado o no se han socializado lo suficiente.

La diversidad, en relación a la sexualidad se pinta de arcoiris. un arcoiris al que los colores, por cierto, le van quedando cortos. Bajo la lógica de que los seres humanos estamos diferenciados en dos tipos de genitales (y no más que dos. Ver recuadro: Intersexualidad), varones y mujeres podemos identificarnos con un género (también tendencioso en lo binario, masculino/femenino) que se construye socialmente.

Pero así como los colores y formas que podemos imprimir en un papel son ilimitados, ni nuestros cuerpos son hojas en blanco, ni las impresiones de género que tenemos son unilaterales, lineales o coherentes siquiera.

Lo más difícil es quedarse en el lugar

Se comienza centrando la intriga en una misma, o uno mismo; preguntándose por aquello que se quiere y lo que no. La primera puerta es la duda. Se continúa probando. Como con la comida, el vestuario, la pareja. O no. O en realidad nada de todo lo que tomamos por opciones es elegido, sino que es como el amor que cuenta Cortázar, ese que te parte al medio en el patio sin pedir permiso, sin avisar. Tal vez sea un juego, una campera reversible o un camino de ida. O quizás el único camino posible, el que no se negocia, el de la autenticidad y el placer. Después, mucho después, vienen los nombres y las etiquetas. Y aún luego, pero no con seguridad, la confianza, la afirmación y la complacencia.

Quien esté conforme con su vida, que muera ahora. Que duerma para siempre quien no se inquiete o quiera inquietar, quien haya dejado de buscar.

Una de las críticas más cabales al feminismo ha sido su creciente academicismo y consecuente codificación encriptada. Pero cuando el trabajo teórico de un movimiento que constantemente se esfuerza por definir y redefinir las condiciones en que nos constituimos sujetxs y nos relacionamos con otrxs, se alía y camina a la par de la militancia que señala dónde esas relaciones son opresivas o injustas, ocurre también que se imponen ciertas terminologías y palabras que acaban por trillarse.

En el diccionario de estudios de género y feminismos cuya edición fue coordinada por Susana Beatriz Gamba se define como diversidad sexual a la circunstancia en la cual “cada deseo se convierte en un centro de afirmación política y posible identidad social” que tiene una vigente “tendencia a formar y defender categorías”.

Cuando lo políticamente correcto se vincula a ciertos términos pasan dos cosas. Por un lado se obtienen logros que, de otra manera serían imposibles, tales como la regulación legal explícita que ha favorecido a la “comunidad” LGTTBIQ (los casos emblemáticos del matrimonio igualitario y la ley de identidad de género). Figuras claves de la militancia identificada como “de la diversidad” (como lo son Lohana Berkins o Marlene Wayar) han manifestado en más de una ocasión la extrañeza de estar de repente siendo reconocidxs como parte de una agenda legislativa oficial y de tener la oportunidad de que sus luchas fueran tratadas y se concreten los derechos a los que se apuntaba. Es, sin ir más lejos similar y consecuente a la política de Derechos Humanos adoptada por el kirchnerismo.

Sin embargo lo tantas veces dicho, acaba a veces no diciendo nada. Se vacía el contenido de una palabra por ejemplo, cuando se generan contradicciones en lo político, como es el caso de que el derecho a acceder al aborto de manera segura, legal y gratuita siga pendiente en democracia o que se siga interviniendo quirúrgicamente los cuerpos de niñxs cuyos genitales no cuadran en un parámetro de normalidad heteronormativa y hegemónica. Se pierde la representatividad de una definición cuando se la enmascara y se la convierte en un paraguas o en una carpa que de manera irreal contempla todas y cada una de las formas en las que los cuerpos se manifiestan o en que lxs sujetxs puedan querer configurarlos, diseñarlos, intervenirlos.

También el término “diversidad” se utiliza en ciertas circunstancias como un opuesto etimológico del término “igualdad”, como si al reconocer nuestras diferencias debiéramos renunciar al justo acceso a iguales derechos. Desde una perspectiva de derechos justamente se entiende que ante las efectivas diferencias de nuestros cuerpos y circunstancias, podemos necesitar distintas contemplaciones para acceder a los mismos derechos. Es evidente, por ejemplo, que en una consulta ginecológica una mujer trans necesitará de un o una profesional dispuestx a correrse de una óptica heterocentrada, para que esa mujer acceda sin problemas a su derecho de una salud sexual que no difiere al de cualquier otra persona.

Categorías, con C de Corset

La militancia de la diversidad hizo visibles relaciones y opresiones que de nuevas no tenían nada y se aferró a legitimar la independencia del deseo respecto de los cuerpos. Pero aún así, a cada forma del deseo le otorgó una identidad y a cada identidad, un color del arcoiris.

Lo que pasa con el lenguaje y con las identidades y personalidades es que son así: maleables, irreverentes, nómades. Queremos cuanto antes definir, rotular y nombrarnos acorde a nuestras identificaciones y pertenencias. Y esas categorías cobran fuerza y entidad en lo colectivo, en la organización que hace visibles las trayectorias vividas por quienes no contaban con esa visibilidad, como también las experiencias de exclusión, marginación y violencia. Estos marcos de exclusión están planteados a costa de una diferencia establecida ante la presuposición de una normalidad en las prácticas heterosexuales. Pero también es entendible que aquello que logramos definir y relatar a los demás nos exceda en algún punto y se salga incluso de la propia palabra que la nombra.

Justamente porque no somos mesas, sillas, pelotas o manzanas, contamos con otra potencialidad: la del inconformismo y el cambio. En el plano teórico las “post-feministas” como Judith Butler, Beatriz Preciado o Rosi Braidotti han escrito y reescrito el género. Estas producciones teóricas están fuertemente influenciadas por Michel Foucault al pensar la sexualidad atravesada por un poder hegemónico que traza los términos de la “normalidad” en la heterosexualidad y el binarismo varón/mujer. Como es de esperar, pensar estos conceptos produce efectos revolucionarios y narcotizantes. Liberar el deseo, pensar el propio cuerpo como un campo de batalla sobre el que lo que otrxs pensaron y proyectaron durante toda la historia se enfrenta a lo que vamos descubriendo y dejando ser.

¿Cómo se hace entonces para no caer también en lo binario de lo correcto y lo incorrecto y vivir sin culpas y sin miedos? Nunca estamos solos, pero no hacemos más que construir pequeños grupos de pertenencia que a veces nos salvan y otras nos ahorcan.

Flavio Rapisardi cuenta que los estudios llamados queer, han ilustrado las disidencias al interior de los movimientos de diversidad y que en un taller, intentando ponerle nombres a distintas relaciones entre personas con distintas orientaciones sexuales o identidades de género diversas, preguntándose por ejemplo: qué sexualidades constituiría la relación entre un varón trans y una mujer lesbiana. Dicha actividad, dice, logró por sobre todo demostrar la limitación de las mismas definiciones.

“El movimiento queer no se queda con lo que se establece, sino con lo que se rompe. La bisexualidad rompe con el modelo de una orientación sexual única u homosexual u heterosexual. La más femenina y vedetonga de las travestis demuestra el carácter performativo de toda identidad aún de la femenina más travestonga. Es crítico, no es la repetición de un modelo dicotómico, es aceptar que se puede llamar trans alguien que tome una estética femenina, como alguien que es una muxe (como se llama a las travestis en Oaxaca México, en una comunidad donde se las acepta y celebra), una chola, una virgen consagrada de rumania, una butch o cualquiera de las masculinidades femeninas. Eso que rompas no lo cierres, porque el arcoiris tiene más colores que los que tiene. Si empezamos a mezclar esos colores van a salir muchas más tonalidades”.

Estx no es una letra

En el terreno del lenguaje es dónde se produce la mayor disputa. Elegir y batallar por el nombre que enmarcará nuestro cuerpo y nuestro deseo en una identidad de género y también, igual de importante, señalar que hasta el lenguaje es insuficiente cuando de ser y estar se trata.

El español es un idioma en el que los artículos y palabras están generizados fuertemente. Lo que no se nombra no existe y el uso del masculino como genérico nunca fue inclusivo.

Como explica Sonia Santoro en el segundo tomo de la recopilación de artículos realizada junto a la periodista Sandra Chaher, “Las palabras tienen sexo”, el primer cuestionamiento sobre el lenguaje se refiere al “uso del masculino genérico para nombrar a hombres y mujeres” y “tiene más que ver con el androcentrismo, que supone la ocultación de las mujeres y pone a los hombres en el centro del universo y el lenguaje”.

Al respecto, la periodista y psicóloga Liliana Hendel, en La Viborera (http://radioestacionsur.org/?cat=32) habló del poder de las palabras que nos constituyen, “si el universal incluye a todas las personas que están en el universo, no puede ser universal y masculino como es el caso del español. Las feministas decimos que el universal masculino borra lo femenino, no lo incluye. El desafío es crear un nuevo lenguaje no insistir en que el universal incluye lo femenino. ¿Qué pasa que hay tanta resistencia a incorporar estas palabras que nos feminizan o que incluyen lo femenino?”.

En el plano de lo escrito se han ensayado y puesto en práctica distintos artilugios que sirven bien para incomodar tanto como para señalar la insuficiencia del lenguaje en femenino o masculino como palabras representativas de las identidades y orientaciones sexuales y de género.

El uso del @, por ejemplo, no tardó en ser criticado por simbolizar de alguna u otra manera una “a” encerrada o contenida en una “o”, lo cual, si bien puede leerse como la mención simultánea a lo femenino y lo masculino, no deja de ser una asociación a lo binario y a la preponderancia envolvente de lo masculino por sobre lo femenino.

La X o el * reemplazarían la a o la o también. Simbólicamente esta práctica resulta más interesante. Una X o un * en medio de una palabra llama más la atención. Quien no esté en tema puede pensar que se trata de un error de tipeo o de impresión, pero si se detiene y encuentra que su ubicación es siempre en aquellos lugares donde se definiría el género en cuestión, el mensaje se subleva, es otro. La equis, que es una cruz, también sugiere no sólo un reemplazo, sino una negación, un rechazo a cualquiera de las formas dicotómicas aceptadas, pero al igual que el asterisco (como ocurre a su vez con el @), no tienen forma de ser pronunciables. Es así, que en la oralidad se ha implementado la “e” como letra que por lo general no se asocia a un género en particular y que surte el mismo efecto de ruido en las palabras que designan una pertenencia a uno u otro género reconocido socialmente.

Molestias y ansiedades mediante, el debate y puesta en práctica de un lenguaje reconfigurado, en busca de ser más inclusivo, está en discusión y redefinición constante.

Orgullo y prejuicios

No son sólo las prácticas de la sexualidad las que se han corrido de la normalidad definida por médicxs y psicólogxs. Se dinamita y vuelve a armar la idea de pareja, de maternidades y paternidades, de familia. Respecto a esto último, Marta Dillon (en entrevista con La Viborera) es clara en señalar una concepción de familia que rompe estructuras y se sincera con formas más auténticas de vincularse y relacionarse. “Yo pienso la familia como un entramado de vínculos que te ayudan a estar en el mundo, con quienes contás en momentos buenos y momentos malos y para mí una de las razones más fuertes de la familia es cuidar y sostener a las personas más débiles de ese entramado. Generar una red para ayudar a niños y niñas a crecer y para cuidar a las personas mayores. Y también para aprender, es como un laboratorio donde una aprende a amar, a resistir, a negociar”. ¿Hay acaso una familia que no se pueda sentir incluida en estas palabras? Esta concepción no tiene nada que ver, como afirma Dillon “con la pareja sexual y amorosa (…) hay otros estereotipos de género que se replican y son muy difíciles de desmontar, no podría decir que hay un mejor reparto de tareas porque haya 2 mujeres”.

Uno de los prejuicios sobre la “diversidad” tiene que ver con que las orientaciones e identidades que la componen son parte de una minoría. Entonces la heterosexualidad, la monogamia, lo femenino y lo masculino, siguen conservando el lugar de la norma. Todo lo otro puede ser aceptado siempre y cuando se le coloque alrededor un cerco que enmarca la comunidad, cual gheto. Y en tanto esta relación se mantenga de este modo, se perpetúa también la homofobia, lesbofobia y transfobia.

La palabra con la que las identidades gays, lésbicas, trans, bisexuales, intersex o queer han tomado las calles y no sólo el espacio público, frente a años de silencio, invisibilización, discriminación y violencia, es el orgullo. Las marchas del orgullo se caracterizan más que en la diversidad, en los colores (siempre más que los del arcoiris), la música, la alegría. Puede que también inquiete la sobre exposición de algunos cuerpos, pero ¿a quién deberíamos complacer o tranquilizar?

Entonces, a la palabra diversidad, plagada de asociaciones amigables y asimilacionistas, se contrapone la desobediencia, la irreverencia, el disonar. La profesora en Antropología, Luciana Lavigne, en su artículo “Cuerpos “monstruosos” contemporáneos” dentro de la compilación de Elina Matoso, “El cuerpo in-cierto”, hace mención a “lo imbricado que se halla el cuerpo con las representaciones ideológicas que constituyen las miradas, formas de actuar e intervenir y clasificar en cada tiempo y lugar (…) No existe una única representación del cuerpo, sino que existen múltiples y diversas, aunque también es cierto que ciertas representaciones se construyen como hegemónicas en un momento. Sin embargo las mismas son susceptibles de cambios, transformaciones sociales y culturales y allí es donde notamos el aspecto liberador -en la medida en que se desnaturalizan aquellos procesos identitarios naturalizados- de los constreñimientos, límites y disciplinamientos”.

El cambio, pero también la autenticidad en nuestros deseos puede llevarnos a salir de la normalidad. Lavigne explicita que “La normalidad constituye un parámetro, una pauta de ordenamiento y clasificación que, insistimos, es posible interpelar y deconstruir para promover el surgimiento de nuevas representaciones, así como la producción y expresión de múltiples identidades”. Las posibilidades son, como lo sugiere Flavio Rapisardi, infinitas: “El cuerpo está semiotizado, entonces me parece que nosotros tenemos que jugar con esa proliferación de semiotizaciones, siempre y cuando esas semiotizaciones no ataquen a la dignidad de otra persona y a la dignidad humana”.

Cambiar no siempre es dinamitar quienes fuimos, pero el cambio debe, sin dudas, ser motivado por un porcentaje importante de rebeldía, de inconformismo, de divergencia frente a todo aquello que nos insta a permanecer iguales, en iguales posturas y lugares.

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