COMPARTIR

Apago el último pucho antes de entrar. Se me tensan los músculos, siento un nudo de carne y nervios en la boca del estómago y se me cierra la garganta. No es como la vez anterior. Esa vuelta fuimos arriba, las oficinas eran más grandes. Hoy nos atienden abajo, como para despacharnos rápido. El olor a café que se enfría me da una pista de a dónde quieren huir. Los veo de nuevo, fingiendo una preocupación inexistente. “Burócratas de mierda”, pienso. Cómo se nota que nunca pisan la fábrica. Aparecen para negociar con la patronal, sin ninguna propuesta, pero con nosotros no hablan.  Lo miro al Tuca, está nervioso. Nunca se metió en quilombos y tiene miedo. Pobre Tuca, tiene una nena de dos meses y la mujer lo quiere colgar de las bolas. Pero está convencido, siente que lo mejor que puede hacer por esa hija es enseñarle la dignidad luchando. Nos sentamos. Los funcionarios hacen cara de “henos aquí otra vez”, como si hubieran hecho algo para mediar de verdad en los problemas que tuvimos. “Soretes, siempre hacen todo para beneficiar a los jefes”, pienso.

Empiezo a hablar. La mujer que nos recibió manda mensajitos, mientras hace gestos. Tengo perfectamente claro que lo que digo le importa poco, o nada… Los abogados del sindicato aprietan los labios y mueven la cabeza en sentido vertical. “Es un conflicto pluriindividual muchachos”, dicen. Cambian las palabras para decirnos que tienen tantas ganas de rajarnos, como la patronal. El del Ministerio mira con su barba prolija y asiente. Discutimos un rato. “¡Es un conflicto colectivo!, ¡¡¡dicten la conciliación obligatoria, forros!!” pienso. Guardo mi enojo y sigo discutiendo. No hay acuerdo. Nos pasan a Nación.

Los abogados del sindicato no aparecen más, la patronal nos cerró la fábrica y trasladó la producción. Intentó meternos denuncias penales, pero no prosperó ninguna. Nos mandaron canas y perros al piquete. El Sordo se comió un par de piñas, estaba en la última parte de recuperación de un “accidente” re fulero en el trabajo, pero zafó. Le podrían haber arruinado la vida.

Me siento cansado, por momentos sobrepasado como nunca. Llevamos dos semanas cortando el acceso a la planta. Y cuando ya creo que vimos casi toda traición posible, vamos al Ministerio de Nación. Ya  nos lo contaron varios. El gordo con su bigote en su silla negra, con cara de chanta, está para cagar a todo obrero que pise su oficina. Cuando caés ahí es porque el verdugo ya se puso la capucha.

Y para zafar del hacha, queda mirar alrededor. Es ahí cuando se ve esto que yo no conocía muy bien antes, o no le daba mucha pelota: la solidaridad. Pibes y pibas vienen con los trapos a hacer el aguante. A veces te la vuelan un poco, o proponen algunas pelotudeces a la asamblea y uno no tiene más ganas de renegar. Pero lo hacen con buena intención, al final ellos también son parte. Y las chicas, cómo se la bancan frente a los escudos de la cana. Los torean con el pecho, le clavan el megáfono en el casco. Y los viejos, tipos grandes, que vienen de los 70, dirigentes de sindicatos que no tienen obligación de estar y sin embargo siempre están. Qué aguante loco, qué aguante.

Son las 6 de la mañana. El sol tira los primeros rayos y suena la sirena de entrada del turno. Me prendo un pucho. La fábrica está vacía. Nosotros llenos de gente que nos banca y de bizcochos que la Elba amasa en su casa de Villa Manuelita. Y la Elba tiene como 10 pibes y más carencias, pero nos llena de bizcochos y tortas asadas. Tengo los ojos delineados por el humo de las cubiertas… en realidad mi cara está oscura, y los ojos resaltan…“te parecés al negro robot de la serie esa del futuro”, me tira el Sordo mientras baja cubiertas de la estanciera del Tordo. Me cago de risa. Y me acuerdo que una vez en un acto escuché algo que me quedó picando: “la alegría es nuestra mejor arma”. Y cómo no estar alegres, si entre tanta mierda y garca, lo tengo al Tuca y a la mujer que ahora organizó a las familias, al Sordo, a las pibas y los pendejos, a los viejos que nos enseñan y nos cuidan. A la Elba y sus bizcochos. La pucha, che. Cómo no seguir peleando.

SIN COMENTARIOS

RESPONDER