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Por Yosjuan Piña Narváez* (Erchxs)

 

Hacía vida en un espacio de educación popular en la Villa 31 Bis. En el Bachillerato Popular Casa Abierta, al que asisten un numero significativo de migrantes. Una vez, en un taller que realizaba junto a una compañera mapuche y un amigx afro-brasileño, preguntamos ¿a quién alguna vez en Buenos Aires le han preguntado “de dónde sos”? Todxs levantaron la mano. La  fantasía de Buenos Aires, que se basa en sujetxs de piel blanca que habitan ese territorio, se rompe cuando cuerpxs negrxs, originarixs, transitan y manchan la ficción de  blanquitud bonaerense.

Inmediatamente viene esa pregunta racista disfrazada de curiosidad: ¿De dónde sos? De aquí, de Abya Yala, respondo cuando extranjerizan mi presencia en un espacio blanco, cuando exotizan/rarifican y hacen muecas de extrañeza ante la presencia de un tono de voz  “no porteño” y de un color de piel que no sea blanco. Yuderkys Espinosa, amiga, negra y feminista, resalta cómo el racismo en la Argentina pasa por “el convencimiento generalizado de que aquí no hay afrodescendientes, que lxs argentinxs todxs vienen de Italia, de España, Francia, de Europa. Ascendencia que cada argentinx que conozco se place en revelar, reconocer, mantener orgullosamente en la memoria”.

Así empieza la construcción naturalizada de lxs cuerpxs de la sospecha. La “rarificación” y extranjerización de nuestrxs cuerpxs negrxs se institucionaliza. Luego de 8 meses de pasar procesos burócraticos para la “residencia precaria”, obtuve un DNI:  prótesis identitaria que coloca en letras mayúscula de color rojo la palabra “extranjero”. Institucionalizando “lo otro ajeno”, borrando mi identidad étnico/racial y autopercepción de género.

Somos criminalizadxs hasta que demostremos lo contrario y presentemos antecedentes penales: somos cuerpxs-D.N.I (De Naturaleza Incierta, diría Guissepe Campusano: travesti, filósofx peruanx). Pasar fronteras implica atravesar barreras políticas y administrativas, barreras de la normatividad-corporal-sexo-genérica. Soy afrodescendiente, nacidx en Venezuela, habito un cuerpx en (de)construcción, no binarix, sexo-género-disidente, pero sobre todo intensamente negrx. Llegué a Buenos Aires a finales del 2015, momento de la explosión del neoliberalismo macrista y todo el despliegue de las tecnologías  de “la alegría”.  Este neoliberalismo racista no menos light que el racismo blanco-europeo en el que también viví.

Migrar en  tiempos de neoliberalismo implica  encarnar el sujetx de la vigilancia y de la sospecha -sujetx negrx/originarix/afrodescendiente-. Este control  biopolítico y racial de nuestrxs cuerpxs no es nada nuevo, es la extensión de los mecanismos coloniales para clasificarnos a partir de la gran ficción blanca- necro-colonial: la construcción de la Raza-racismo. Todo cuerpx que se distancie del sujeto legítimo: hombre blanco-heterosexual “perteneciente al territorio”, con rasgos norte Europeo, encarna el cuerpo de la sospecha. Se construye al sujetx migrante etnoracializadx, proveniente de países no europeos, con estatus de “legalidad” o de “ilegalidad”.

Hoy es el Estado Argentino, un Estado secuestrario que reproduce el complejo industrial de prisiones, instala las políticas globales de encarcelamiento masivo a lxs cuerpxs de la sospecha, ejecuta redadas racistas, deportaciones forzadas, intervenciones policiales de las villas -territorio ocupado por cuerpxs mayoritariamente migrantes-. La política Trumpiana crea franquicias sudamericanas con gobiernos complacientes: un complejo industrial de muros y fronteras militarizados. Un Estado de guerra, de defensa ante la “amenaza” de “lxs que no pertenecemos”. Esto no es victimismo, es dejar en evidencia la arquitectura racista construida desde la supremacía blanca global, replicada por los gobiernos latinoamericanos y  desde la cual nosotrxs resistimos con digna rabia negra.

 

*Investigadxr/activista

 

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