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En el siglo XXI las sociedades occidentales van accediendo a espacios de libertad abiertos por los feminismos y las militancias sociosexuales que han contribuido a desmontar límites y confinamientos identitarios de la existencia humana. Un claro ejemplo es la incorporación de los principios sobre la aplicación de la legislación internacional de derechos humanos en relación con la orientación sexual y la identidad de género a partir de 2006.

Dicho de otro modo, es posible el cambio, aunque de modo contingente y parcial. Los cambios sociales que han generado las militancias feministas y sociosexuales se han visto propiciados, entre otras cosas, por un cambio de perspectiva de estos movimientos respecto de las tecnologías, su producción, su uso, su valor. O sea, desde la asunción de una mirada tecnológica de lo social que implica dos cuestiones principalmente.

Por un lado, una perspectiva afirmativa sobre la producción tecnológica, que en lugar de verla como un factor de opresión que impide el cambio, pasa a considerarla un elemento de posible transformación de lo instituido a condición de que se realice siempre una apropiación y una resignificación de sus condiciones patriarcales y capitalistas de producción. En este sentido van las teorizaciones de feministas como Donna Haraway y Beatriz Preciado.

Por otro lado, una perspectiva tecnológica sobre lo social implica entender las prácticas sociales como relaciones de poder que resultan productivas de saberes, sujetos y verdades. En este sentido va la teorización post-estructuralista de Michel Foucault, fundamentalmente su noción de dispositivo de poder, que permite visualizar el surgimiento de efectos sociales de gran eficacia.

Desde esta mirada tecnológica de lo social Foucault conceptualizó el dispositivo de sexualidad, cuyo efecto principal es instituir la dicotomía de los sexos y la heteronormatividad, contribuyendo a la normalización de prácticas sexuales centradas en el coito orientado a la reproducción.

Posteriormente, Preciado elaboró el concepto de dispositivo de género, cuyo efecto principal es esencializar las identidades genéricas, consolidando la coherencia de las posibilidades dicotómicas varón / mujer en una linealidad que ata sexo, orientación sexual, deseo, práctica sexual y apariencia de género.

Estas conceptualizaciones permiten comprender qué caminos tienen por desandar las militancias preocupadas por desactivar las eficacias de ambos dispositivos. En este sentido, resulta preferible hablar de “disidencias identitarias” antes que de “diversidad”, ya que la primera expresión no elude la interpelación a una normatividad; mientras que la segunda parecería ser celebratoria de la falta de conflicto.

Un concepto mediador de ambas producciones teóricas es la figura del cyborg propuesta por Haraway. El desafío de esta autora en la década del 80 fue proponer una metáfora de sujeto que no coincidiera con la noción de individuo y que no fuera encasillable en las marcas dicotómicas heredadas de la modernidad: cuerpo / mente, naturaleza / cultura, sexo / género, natural / artificial, varón / mujer, humano / animal, heterosexual / homosexual… Su propuesta constituye todavía un desafío como manera de asumir la mirada tecnológica sobre lo social y la imposibilidad de pensarnos por fuera de los atravesamientos y las incorporaciones de elementos tecnológicos. Al decir de Beatriz Preciado, los modos en que nos subjetivamos a partir del consumo de fármacos y de las extensiones prostéticas de nosotros mismos, hace que en gran medida ya seamos cyborgs, seres tecnovivientes.

Ahora bien, desde el sentido político de un sujeto para las militancias de las disidencias sexuales y genéricas, el cyborg representaría la posición ambivalente de anclarse en una identidad de modo fugaz, como tránsito hacia su borramiento. En la perspectiva de Haraway, una especie de yo personal y colectivo, desmontado y vuelto a montar. Se trata del desafío de desmarcarse de la identidad pre-establecida para gestar otra, también ficticia, provisoria, contingente, sin buscar una legitimidad definitva.

* Profesora en Filosofia de la UBA y Magister de la misma Universidad en análisis del discurso. Doctoranda en Investigaciones Feministas por la UPO, es Docente e investigadora en estudios de género en el CINIG de la UNLP y la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA.

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