COMPARTIR

Entrevista con Mabel Bellucci. Periodista y activista feminista queer. Autora de “Orgullo. Carlos Jáuregui, una biografía política” (Planeta 2010) y de “Historia de una desobediencia. Aborto y Feminismo” (Capital Intelectual 2014).

¿Cómo feminista cuál es tu mirada sobre la diversidad sexual?

Diversidad me resulta un concepto más vinculado a la institucionalización de la comunidad. Yo hablaría de desobediencias sexuales. Por esta vía inmediatamente salta la pregunta: ¿a quiénes desobedecemos? A la heterosexualidad como régimen político, con todo lo que ello implica. Pocxs perciben que este régimen te precede, está impuesto. La heterosexualidad no es una elección sexual, es un régimen sostenido por instituciones que configuran subjetividades autorreguladas. Si no ¿cómo se reproduce? ¿Por contagio? No, básicamente a través de los mandamientos sagrados impuestos por la familia, la relación conyugal, el amor romántico y la maternidad compulsiva. Todos estos dispositivos regulatorios fuerzan a un binarismo genérico hombre-mujer indispensable para su persistencia. A mi entender esa línea se ha agotado, hay que abrirse a lo no familiar, lo no nacional, lo no racial, lo no generizado.

¿Cómo atraviesa a las identidades desobedientes de la heteronorma la lucha por la legalización del aborto?

Con la corriente heterofeminista centro mi discusión alrededor del sujeto político del aborto voluntario. Suponer que sólo es la mujer heterosexual la que aborta es pensar con una cabeza heterosexualizada. Como es clandestino e ilegal, no aparecen datos relevantes que confirmen ese vaticinio. ¿Por qué no reconocer que también son bisexuales, lesbianas o varones trans? Es decir, todo cuerpo que porte un útero. Lo mismo se aplicaría para los varones comprometidos en ese embarazo que devino en un aborto. ¿Todos ellos también son heterosexuales?

¿Se pierde la posibilidad de pensar esas identidades como transitorias?

Existe una disputa de sentidos en torno a las sexualidades y a los géneros, tal como lo expresa en 1975, la antropóloga y activista Gayle Rubin, al proponer “que nosotras no estamos solamente oprimidas como mujeres: estamos oprimidas por tener que `ser´ mujeres o varones, según el caso… pienso que el movimiento feminista tiene que soñar con algo más que la eliminación de la opresión de las mujeres: tiene que soñar con la eliminación de las sexualidades y los papeles sexuales obligatorios”. O qué mejor oportunidad para retomar la idea de la filósofa queer Beatriz Preciado: “No creo en la violencia de género, creo que el género mismo es la violencia”. En efecto, el “soy” es el que marca y sella la identidad, el género impreso como un uniforme. En cambio, el “estar” representa un estado transitorio, un franquear fronteras.

En ese transitar, ¿hacia dónde debería tender esa desobediencia?

Hacer esta sumatoria de identidades en un listado alfabético que nos acostumbramos a repetir sobre la comunidad LGTTBI no sé si políticamente aporta radicalidad. Por el momento sería una propuesta que sirve para visibilizar cuerpos no dóciles y normalizados por la heteronormatividad. Quizás ya nos empiezan a incomodar esos casilleros fijos como nos incomoda el binarismo varón/mujer, homosexual/heterosexual. Tomemos a nuestro favor la fórmula spinoziana: “Nadie hasta ahora ha determinado lo que puede un cuerpo”. Un cuerpo dispone de una potencia vital que no puede encorsetarse bajo matrices irrevocables que resisten los modos de desear, los modos de obtener placer diferentes.

¿Por qué crees que las luchas LGTTBI han tenido un alcance más legal y seguimos esperando la legalización del aborto?

Cuando se habla de aborto voluntario estamos visibilizando una desigualdad social, económica y cultural entre mujeres, es decir, la posibilidad de recursos de unas sobre otras, del deseo soberano para decidir sobre tu cuerpo, de las instituciones disciplinarias y represivas, de la separación del Estado y la Iglesia, del no uso de métodos anticonceptivos, de la negociación o no dentro de un vínculo sexo-afectivo, de las corporaciones médicas y de los laboratorios. Y por cierto, estamos hablando de un cuerpo que resiste a una maternidad obligatoria. En fin, ahí es donde las instituciones pierden el control sobre los cuerpos

Si bien al encorsetar al aborto sólo en un derecho a conquistar lo estás disciplinando, el aborto es totalmente indisciplinado. Cuando las mujeres queremos abortar, abortamos. No pedimos permisos.

El movimiento pro abortero tiene una larga trayectoria de disputas y una genealogía sumamente rica dentro y fuera del feminismo.

En cuanto al movimiento LGTTBI posee más referentes mediáticos, recordemos la figura de Carlos Jáuregui, de Ilse Fuskova, de Lohana Berkins y de María Rachid, con el debate televisivo ellxs lograron revertir lo abyecto del pasado y eso mismo es lo que no se consigue con el aborto. A la vez, con la ley de matrimonio igualitario o con la de identidad de género hubo una voluntad política para que el parlamento nacional se viese obligado a legislar. En esas instancias, el activismo no lidió con una derecha católica y política asentada en encuadres totalmente cientificistas como es con nuestra demanda. Quien cree que ese sector que apunta su mira sobre el aborto voluntario es retrógrado, no está entendiendo el discurso actual.

SIN COMENTARIOS

RESPONDER