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Comodoro Rivadavia, la simbólica ciudad petrolera, es el centro inmobiliario más caro del país, la capital del crimen según un diario nacional, la urbe de los “petrolines” según delatan algunos antropólogos. Para la socióloga Maristella Svampa, esta ciudad es el ejemplo del “mal desarrollo”, es decir de cómo el crecimiento económico puede terminar no sólo por ser contraproducente, sino desembocar en situaciones que van desde lo absurdo hasta la tragedia. Para la investigadora, el tipo de sociedad extractiva genera una variante de “pueblo-campamento” que no es exclusiva de Comodoro, pero que sí lleva aquí todas sus características al extremo. La economía extractiva genera una sociedad fuertemente desigualitaria, con poblaciones que en un gran porcentaje eligen la ciudad como destino “provisorio”, “estacionario” y sobreviven en un contexto de “desarraigo”. La idea es juntarla rápido, fácil y marcharse; aunque ninguno de esos tres pasos  son tan sencillos ni están al alcance de todos.

Esas características traen aparejadas otras aún más oscuras: es un caldo para la prostitución, la trata de personas, la violencia; se suma, además, la morfología de una ciudad que creció al punto que engulló viejos y aledaños campamentos petroleros: no sólo se configura una sociedad desigual, con flagelos violentos sino que también convive con pasivos ambientales a la vuelta de la esquina.

Los medios de comunicación se hicieron especialistas en narrar los hechos policiales. En 2010 se cometieron 36 homicidios, y la media anual no pareció bajar desde ahí a menos de veintitanto. Este registro de hechos luctuosos llevó a cambiarle los pergaminos a la ciudad: de la pretensiosa capital del petróleo a la capital del crimen.

Se instalan cámaras de seguridad, se compran patrulleros, se suman efectivos policiales y se les paga mejor a los agentes; pero el resultado es el crimen. Dos terceras partes de los crímenes se da entre personas que se conocen; es decir: se “desconocen” al punto de matarse o se odian tan apasionadamente que pueden llegar a quitarse la vida. La política no lo resuelve y tampoco lo puede interpretar: Comodoro tiene un índice de desocupación menor al 5 por ciento y un gran porcentaje de la población goza de los salarios más altos del país; pero la violencia no cesa.

La explicación tiene la figura de una fractura; pero la clase política vive dentro de ella entonces no puede distinguir ni sus márgenes, ni su ancho, ni su profundidad.

Esa fractura no sólo es una brecha por el acceso a la riqueza y a la calidad de vida; sino también al prestigio social, que en esta ciudad patagónica no tiene nada que ver con el salario, ni con el goce de los artificios electrónicos; pero sí con la apariencia en los modos de consumo. Los antropólogos Alejandro Grimson y Brígida Baeza estudiaron el caso Comodoro y su conclusión es que los trabajadores petroleros no gozan de prestigio social e incluso son discriminados por el resto de la sociedad; vulgarmente se los denomina “petrolines”.

“Los petroleros son objeto de cuestionamiento permanente, de burla acerca de su estilo de vida, de sus consumos, de su modo de hablar y su (in) cultura”, analizan.

Sin embargo, lo que estos antropólogos no destacan es que esta percepción de los trabajadores del crudo es bastante reciente; y tiene un trazo histórico a partir de las graduales privatizaciones de la actividad petrolera.  En sus primeros años, la ciudad era un mero puerto para sacar la producción agrícola regional. Pero buscando agua se trajo una potente excavadora para escarbar hasta los manantiales subterráneos: algunos sospechan que ya intuían que más que agua lo que había en las entrañas era oro negro, era crudo.

Tiempo después, ya con el petrolero y luego con la empresa estatal YPF, trabajador y vida eran una suerte de mancomunión indisoluble; pero hoy la épica petrolera, parece haber quedado tapada por el crudo.

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