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Las drogas tienen un amplio mercado en Argentina, un sistema corrupto aceitado, y una mano de obra barata y desechable de soldaditos consumidores. Propuestas, luchas y esfuerzos para atacar el problema desde el conjunto y no desde la individualidad, y darle combate al invento más perversamente perfecto del capitalismo.

A pocas cuadras del lugar donde la oligarquía ganadera cuenta sus vaquitas, un tímido sol de agosto abriga los estrechos pasillos de la villa 15, más conocida como Ciudad Oculta. Allí nos encontramos con la fundadora de la Red de Madres en Lucha por la Vida, María Rosa González o doña Rosa o simplemente má o tía, como la llaman muchos de los pibes y pibas del barrio.

Rosa relata el comienzo de su lucha allá por el año 2003, impulsada por la difícil situación que atravesaba uno de sus hijos que comenzó a consumir pasta base de cocaína (paco) cuando tenía 17 años. Luego de dos años sin obtener respuesta y con la salud de su hijo extremadamente debilitada salió a la calle en una actitud desesperada. “Empecé la lucha sola y al ver que no tenía respuesta, corté la avenida Eva Perón, vinieron los medios y pedí ayuda, le pedí ayuda directamente al presidente Kirchner”.

El caso de Rosa y el de sus hijos es sólo un ejemplo de miles de situaciones que se repiten silenciosamente en casi todos los barrios de las ciudades más o menos grandes de nuestro país. Según el Área de Investigaciones del Observatorio Argentino de Drogas, entre la población de 12 a 65 años del país que viven en localidades de 80 mil habitantes y más, las sustancias que más se consumen son: alcohol 70% y tabaco 47,3% (ambas de curso legal). Luego se encuentra la marihuana, con una tasa de consumo del 8,1%, y le sigue la cocaína, con el 2,6%. Las tasas de tranquilizantes usados sin prescripción médica alcanzan el 3,1% y un 0,9% el consumo de alucinógenos.

Para darle más terrenalidad a los fríos números que marcan las estadísticas, podemos tomar el ejemplo del paco y su 0,3%, que a simple vista parece ser insignificante pero que en realidad representa que esta sustancia es consumida por más de 61 mil personas. Eso sí se considera que todos los usuarios de drogas ilegales se animan a confesárselo a los encuestadores.

Hablar sobre la problemática de la droga lleva inevitablemente a denunciar al narcotráfico, sus negociados y la complicidad que existe en todos los niveles del Estado. La proporción de drogas que se consumen en el país es directamente proporcional a la cantidad de drogas y dinero que circula y sigue su paso hacia otros lugares del mundo. En parte, en Mascaró nos hemos ocupado puntualmente del narcotráfico en la edición número 15 que llevó como tapa el título “Son todos narcos”.

Rosa de cerca

Volviendo a Rosa, nos cuenta que su lucha tiene dos etapas diferentes. La primera de denuncia y confrontación con los narcotraficantes, con las cocinas que funcionan en la villa y con la complicidad policial y de los funcionarios del poder judicial. “Me han pasado cosas que no pensé nunca que me iban a pasar, a mi me atacaban por donde más me dolía, mis hijos”, explica.

Uno de sus hijos cayó de un puente de 9 metros, la policía dijo que se arrojó él mismo mientras intentaba escaparse en una camioneta Trafic junto a 7 personas más durante una persecución. En el hospital Rosa lo encontró en una chapa del piso de la morgue al borde de la muerte. Fue sólo a través de su insistencia que logró que a Jeremías lo atiendan y que pueda sobrevivir. A otro de sus hijos, junto a un sobrino, lo llevaron preso por el tráfico de casi 9 kilos de marihuana, luego y gracias al accionar de abogados honestos que apoyan la causa de las Madres en lucha por la Vida se comprobó que fue un armado policial y salieron libres de culpa y cargo.

“Ahora me dedico más a los pibes, a preocuparme por ayudarlos”, resume Rosa esta segunda etapa de la lucha. “Estamos esperando que el nuevo jefe de la SEDRONAR (Juan Carlos Molina) nos reciba, a ver si está al tanto de todo lo que está pasando”, comenta con un leve tono de ironía. La realidad de Ciudad Oculta no sale en los noticieros, más preocupados por retransmitir un caso de “inseguridad” que contar sobre la inseguridad constante que genera la desocupación, la pobreza y la muerte habitual en la villa. Tampoco ocupa lugar en ninguna pantalla la dignidad representada en Rosa y en todas las María Rosas que allí habitan. Pero los funcionarios del gobierno sí deben estar al tanto de esta realidad, que no es la de un barrio sino que es la de toda una sociedad resquebrajada por el sistema que la rige.

Una historia dada vuelta

Para entender cómo se llegó a los actuales niveles y formas del consumo, es preciso hacer un recorrido histórico determinando la evolución de la problemática a partir de las diferentes transformaciones que ha sufrido nuestra sociedad.

El uso de diferentes tipos de plantas psicotrópicas estuvo vinculado al desarrollo cultural de muchas civilizaciones antiguas. Sin embargo, se utilizaba de una forma muy diferente a la que hoy en día conocemos, se usaban en rituales mágico-religiosos o para un uso medicinal. Fue a partir del colonialismo que el uso de las drogas comenzó a expandirse lentamente y a jugar otro rol. Hasta entonces existían las drogas, pero no los drogadictos.

Cuando los europeos llegaron a América descubrieron drogas que hasta entonces ignoraban y como el mismo viaje había sido motivado por el comercio, estas nuevas sustancias fueron incorporadas a esa lógica. Al valor de uso que tenían hasta entonces se les sumó un nuevo valor, el valor de cambio. Es decir que pasaron a convertirse en mercancía, en esta primera etapa, al alcance de las clases altas, la intelectualidad y los artistas europeos. Otro de los usos que se le dio fue el de estimulantes (en el caso de la hoja de coca) que se les suministraban a los esclavos para que puedan realizar el durísimo trabajo en la extracción minera.

En “La situación de la clase obrera en Inglaterra”, escrita en el año 1845, Federico Engels dice: “Hay también otras causas que debilitan la salud de un gran número de trabajadores. En primer lugar, la bebida… Para ellos, es casi la única fuente de alegría, y todo contribuye a ponérselo al alcance de la mano. El trabajador regresa a su casa fatigado y agotado por su labor; halla una vivienda sin la menor comodidad, húmeda, inhospitalaria y sucia; tiene necesidad urgente de distracción, necesita alguna cosa que haga que su trabajo valga la pena; que le haga soportable la perspectiva del amargo mañana”.

A pocas cuadras del lugar donde la oligarquía ganadera cuenta sus vaquitas, un tímido sol de agosto abriga los estrechos pasillos de la villa 15, más conocida como Ciudad Oculta. Allí nos encontramos con la fundadora de la Red de Madres en Lucha por la Vida, María Rosa González o doña Rosa o simplemente má o tía, como la llaman muchos de los pibes y pibas del barrio.

Rosa relata el comienzo de su lucha allá por el año 2003, impulsada por la difícil situación que atravesaba uno de sus hijos que comenzó a consumir pasta base de cocaína (paco) cuando tenía 17 años. Luego de dos años sin obtener respuesta y con la salud de su hijo extremadamente debilitada salió a la calle en una actitud desesperada. “Empecé la lucha sola y al ver que no tenía respuesta, corté la avenida Eva Perón, vinieron los medios y pedí ayuda, le pedí ayuda directamente al presidente Kirchner”.

El caso de Rosa y el de sus hijos es sólo un ejemplo de miles de situaciones que se repiten silenciosamente en casi todos los barrios de las ciudades más o menos grandes de nuestro país. Según el Área de Investigaciones del Observatorio Argentino de Drogas, entre la población de 12 a 65 años del país que viven en localidades de 80 mil habitantes y más, las sustancias que más se consumen son: alcohol 70% y tabaco 47,3% (ambas de curso legal). Luego se encuentra la marihuana, con una tasa de consumo del 8,1%, y le sigue la cocaína, con el 2,6%. Las tasas de tranquilizantes usados sin prescripción médica alcanzan el 3,1% y un 0,9% el consumo de alucinógenos.

Para darle más terrenalidad a los fríos números que marcan las estadísticas, podemos tomar el ejemplo del paco y su 0,3%, que a simple vista parece ser insignificante pero que en realidad representa que esta sustancia es consumida por más de 61 mil personas. Eso sí se considera que todos los usuarios de drogas ilegales se animan a confesárselo a los encuestadores.

Hablar sobre la problemática de la droga lleva inevitablemente a denunciar al narcotráfico, sus negociados y la complicidad que existe en todos los niveles del Estado. La proporción de drogas que se consumen en el país es directamente proporcional a la cantidad de drogas y dinero que circula y sigue su paso hacia otros lugares del mundo. En parte, en Mascaró nos hemos ocupado puntualmente del narcotráfico en la edición número 15 que llevó como tapa el título “Son todos narcos”.

Rosa de cerca

Volviendo a Rosa, nos cuenta que su lucha tiene dos etapas diferentes. La primera de denuncia y confrontación con los narcotraficantes, con las cocinas que funcionan en la villa y con la complicidad policial y de los funcionarios del poder judicial. “Me han pasado cosas que no pensé nunca que me iban a pasar, a mi me atacaban por donde más me dolía, mis hijos”, explica.

Uno de sus hijos cayó de un puente de 9 metros, la policía dijo que se arrojó él mismo mientras intentaba escaparse en una camioneta Trafic junto a 7 personas más durante una persecución. En el hospital Rosa lo encontró en una chapa del piso de la morgue al borde de la muerte. Fue sólo a través de su insistencia que logró que a Jeremías lo atiendan y que pueda sobrevivir. A otro de sus hijos, junto a un sobrino, lo llevaron preso por el tráfico de casi 9 kilos de marihuana, luego y gracias al accionar de abogados honestos que apoyan la causa de las Madres en lucha por la Vida se comprobó que fue un armado policial y salieron libres de culpa y cargo.

“Ahora me dedico más a los pibes, a preocuparme por ayudarlos”, resume Rosa esta segunda etapa de la lucha. “Estamos esperando que el nuevo jefe de la SEDRONAR (Juan Carlos Molina) nos reciba, a ver si está al tanto de todo lo que está pasando”, comenta con un leve tono de ironía. La realidad de Ciudad Oculta no sale en los noticieros, más preocupados por retransmitir un caso de “inseguridad” que contar sobre la inseguridad constante que genera la desocupación, la pobreza y la muerte habitual en la villa. Tampoco ocupa lugar en ninguna pantalla la dignidad representada en Rosa y en todas las María Rosas que allí habitan. Pero los funcionarios del gobierno sí deben estar al tanto de esta realidad, que no es la de un barrio sino que es la de toda una sociedad resquebrajada por el sistema que la rige.

Una historia dada vuelta

Para entender cómo se llegó a los actuales niveles y formas del consumo, es preciso hacer un recorrido histórico determinando la evolución de la problemática a partir de las diferentes transformaciones que ha sufrido nuestra sociedad.

El uso de diferentes tipos de plantas psicotrópicas estuvo vinculado al desarrollo cultural de muchas civilizaciones antiguas. Sin embargo, se utilizaba de una forma muy diferente a la que hoy en día conocemos, se usaban en rituales mágico-religiosos o para un uso medicinal. Fue a partir del colonialismo que el uso de las drogas comenzó a expandirse lentamente y a jugar otro rol. Hasta entonces existían las drogas, pero no los drogadictos.

Cuando los europeos llegaron a América descubrieron drogas que hasta entonces ignoraban y como el mismo viaje había sido motivado por el comercio, estas nuevas sustancias fueron incorporadas a esa lógica. Al valor de uso que tenían hasta entonces se les sumó un nuevo valor, el valor de cambio. Es decir que pasaron a convertirse en mercancía, en esta primera etapa, al alcance de las clases altas, la intelectualidad y los artistas europeos. Otro de los usos que se le dio fue el de estimulantes (en el caso de la hoja de coca) que se les suministraban a los esclavos para que puedan realizar el durísimo trabajo en la extracción minera.

En “La situación de la clase obrera en Inglaterra”, escrita en el año 1845, Federico Engels dice: “Hay también otras causas que debilitan la salud de un gran número de trabajadores. En primer lugar, la bebida… Para ellos, es casi la única fuente de alegría, y todo contribuye a ponérselo al alcance de la mano. El trabajador regresa a su casa fatigado y agotado por su labor; halla una vivienda sin la menor comodidad, húmeda, inhospitalaria y sucia; tiene necesidad urgente de distracción, necesita alguna cosa que haga que su trabajo valga la pena; que le haga soportable la perspectiva del amargo mañana”.

Con el desarrollo industrial capitalista las drogas fueron utilizadas por los nuevos trabajadores de las nacientes metrópolis para sobrellevar las pesadumbres de su “no-vida” en las fábricas. En el mecanismo de la producción industrial el hombre se vuelve máquina. Fuera del trabajo lo espera la comida, la bebida y el sexo, actividades netamente animales que paradójicamente son las únicas que lo hacen sentir humano. Es decir que el trabajo, que es la actividad que distingue a la especie humana de cualquier otro ser vivo, lo convierte en animal. En fin, el trabajador no logra escapar nunca de su estado animal, la “ley de la selva” es una de las legislaciones que más conoce. De este modo, el consumo de cualquier sustancia que lo haga escapar de esta realidad es una nueva salida animal que lo lleva a alcanzar niveles inauditos de alienación, es decir de deshumanización. Las drogas se transforman así en una poderosa herramienta de dominación que ofrece “vías de escape” a una vida bestializada.

Nota completa en edición impresa. Mascaró #25 de Septiembre 2014.

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