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La recuperación de protagonismo de las organizaciones sindicales en los últimos años ha abierto, nuevamente, el debate sobre la fuerza social y política de la clase obrera en nuestro país. Proponemos aquí una serie de reflexiones. La primera, que la recomposición sindical durante el kirchnerismo lejos de ser un “retorno del viejo modelo sindical peronista” ha sido un doble proceso, no exento de tensiones. Por una parte, una recomposición “por arriba” a través de tres mecanismos: restitución de paritarias y Convenios Colectivos de Trabajo; cierta legitimación de las demandas sindicales por salario; y cierto protagonismo político de las dirigencias sindicales (particularmente la CGT moyanista) en el armado gubernamental y del PJ, y en menor medida, en el reparto de cargos en las elecciones legislativas. Estos tres mecanismos mostraron su fragilidad en 2012 con la ruptura del gobierno de CFK con Moyano y hoy están, con desigualdad de velocidades, en retroceso.

El caso de la condena a cadena perpetua de los petroleros de Las Heras y la amenaza de cerrar la paritaria docente con un aumento por decreto, son los signos evidentes (y represivos) de la crisis de la política sindical del kirchnerismo. ¿Cuáles son las bases, más allá de la coyuntura política, de esta crisis?  Las propias contradicciones de la recomposición sindical de 2003 en adelante, que no implicó un proyecto de “re-ciudadanización” de la clase trabajadora sino que se llevó adelante sobre la base del mantenimiento de las condiciones de explotación de la década del 90.

Si jugáramos con la idea de “ciudadanía” podríamos decir que, si el primer peronismo (el del 45) fue el de la “ciudadanización” de los trabajadores y las masas (al costo de la estatización de las organizaciones obreras), y el tercero (el menemismo) fue el de la “des-ciudadanización” (con la expropiación de los derechos conquistados) ), el kirchnerismo pasó sus años de crecimiento sin crear una nueva ciudadanía para las masas, no por torpeza, sino porque su objetivo era justamente ese: acusar recibo del cambio en la relación de fuerzas entre las clases que significó diciembre de 2001, al tiempo que licuar ese cambio manteniendo lo más posible lo que Maristella Svampa llamó la “desafiliación de los 90”. Esa tensión entre recomponer los sindicatos y mantener la “desafiliación” es la que entró en crisis ante el agotamiento del modelo kirchnerista.

Para desgracia de las ilusiones estatalistas, la relación entre las clases no puede digitarse desde los ministerios. El proceso de recomposición sindical por arriba tuvo, como consecuencia no deseada, un crecimiento de organización y lucha “por abajo” que se hizo visible en el sindicalismo de base o sindicalismo antiburocrático. Ese proceso que ocupó primeras planas de los diarios con los conflictos del subterráneo de Buenos Aires y la huelga de Kraft en 2009, se nutre de al menos cuatro elementos: el desprestigio de las direcciones sindicales que continúan desde los 90; la renovación generacional en los lugares de trabajo impulsada por la inyección de 4 millones de nuevos puestos de trabajo; la fuerte tradición argentina de organización en Comisiones Internas; y la participación de la izquierda en esos organismos sindicales de base cuya presencia se vuelve cada vez más visible.

Este sindicalismo de base enfrenta hoy una fortaleza y un desafío. Su fortaleza: la experiencia de 10 años de construcción sindical y de lucha con conquistas importantes y el surgimiento de dirigentes jóvenes muchos de los cuales reponen la tradición clasista en Argentina. El desafío: trascender los lugares de trabajo y buscar formas de unidad de los sectores combativos para responder a lo que se presenta como ataques no fragmentarios, sino generalizados, a los trabajadores. El Encuentro Sindical Combativo es un paso importante en este sentido.

* Politóloga, militante del Partido de los Trabajadores Socialistas

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