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> Por Carlos Aznárez

Con la reciente aparición de la Alianza del Pacífico, impulsada por los Estados Unidos y contando con diversas complicidades en el continente, se perfila una nueva batalla de las tantas que el Imperio trata de desarrollar para “recuperar en toda plenitud”, según afirma el secretario de Estado gringo John Kerry, a “su” patio trasero.

La intención es transparente: volver a dar luz verde a los dichosos TLC (Tratados de “Libre” Comercio) con países de la región, reflotando ese ALCA que Hugo Chávez y Néstor Kirchner –entre otros- lograron enterrar en Mar del Plata. Para ello se prestan Chile, México y Perú, pero también ya se han ofrecido como cortesanas los falsos progresistas de Uruguay, El Salvador y una importante lista de países que están en lista de espera.

Sin embargo, esta nueva jugarreta de Obama y sus muchachos, puede llegar a servir para que se comprenda de una vez por todas en el continente, que ya no se puede caminar por la línea del medio como pretenden algunos. O se está del lado del Imperio y sus artilugios de poder, o se les hace frente desde la única posibilidad concreta a nivel de bloque regional, que es el ALBA (Alternativa Bolivariana de Nuestra América).

Un ALBA que merece ser relanzada con mayor fuerza de la actual, que si bien opera como entrelazador de experiencias, políticas y economías, aún puede ofrecer más posibilidades, liderando la necesaria batalla cultural que obligatoriamente  hay que dar para sacudirnos la contaminación que viene desde el Norte.

De allí que se precise agrandar el ALBA, sumar más y más países. Obligar, desde la movilización de nuestros pueblos a que gobernantes que se llenan la boca de hermosas intenciones, se animen a cruzar el puente de la integración sin tapujos. De esa manera, mandatarios y mandatarias tendrán que elegir -como es el caso argentino-, entre seguir negociando con la Barrick Gold, Monsanto o Chevron, o asegurar el futuro poniéndose del lado de aquellos que enfrentan al Imperio construyendo alternativas de poder regional.

Sobre todo, en un momento donde la ofensiva imperialista no puede ser objeto de minimizaciones suicidas. No sólo amenazan las economías regionales sino que se han impuesto la tarea de desestabilizar por todos los medios posibles. Desde boicotear la producción, facilitando el desabastecimiento, hasta no permitir la utilización del espacio aéreo a los aviones de Evo y Maduro.

Venezuela, Bolivia, Cuba, Ecuador y Nicaragua saben claramente de qué se trata y están vanguardizando constantemente las respuestas que la prepotencia norteamericana se merece. Dilma Rousseff, a pesar de los conflictos que la asedian internamente, también ha decidido no dejar pasar más agresiones y descalificaciones imperiales, y el portazo dado a su concurrencia a Washington, desairando a Obama, ha sido una buena señal.

Por otra parte, los otros organismos regionales siguen albergando dificultades para un andar más dinámico. La Unasur se ha ido convirtiendo en una plataforma de “urgencias” y no en un estamento planificador de tareas de integración. De hecho, el último traspié cometido en nombre de sumar todo lo que se pueda para engordar la sigla, y que terminó con el regreso de Paraguay a la alianza, habilita peligrosamente futuras intentonas golpistas. Eso está bien para la OEA del señor Insulza pero no para un organismo que nació al calor de una batalla de ideas con el estilo prepotente de los EEUU.

Por último, el Mercosur sigue siendo un gigante de caminar muy lento. Superadas las dificultades para que se produzca el ingreso de Venezuela, y en el marco del conflicto comercial que desde hace años afecta las relaciones comerciales entre Brasil y Argentina, el organismo sigue sin cumplir con los planes iniciáticos de reforzar la unidad regional en todos los ámbitos posibles. Cada uno de sus integrantes tira para su lado y habilita sólo iniciativas que le favorezcan individualmente, desechando el crecimiento colectivo. Con ese comportamiento mezquino, se reitera una de las características del historial del Mercosur, en que los países grandes se terminaban comiendo a los chicos. Diametralmente distinto a lo que ocurre en el ALBA.

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