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Hugo Chávez fue el protagonista y el responsable del resurgir de la resistencia en toda América Latina. Su muerte despertó la expresión de amor más grande de un pueblo hacia su líder que se haya visto en la historia de estas tierras. Un pueblo dispuesto a defender la Revolución en las calles, a no dar un paso atrás.

| Desde Venezuela

 

“Chávez vive, la lucha sigue”

Hacía sólo unos días desde que el frescor decembrino había dado sus últimos estertores para dejar paso al calor húmedo y agobiante típico del caribe. Era marzo y no llovía desde unas semanas atrás. Incluso ya se habían dado algunos pequeños focos de incendios en las frondosas laderas del Ávila, cerro guardián de Caracas, rebautizado con ese nombre por los españoles, pero llamado originariamente por la etnia de los caribes como Waraira Repano, “la ola que vino de lejos” según la leyenda. Ese día, el 5 de marzo, amaneció cubierto de nubes, aferradas a la cumbre de la montaña, que teñían todo el valle de gris. Por la mañana, llovió y paró. A la tarde, cerca de las cuatro, comenzó a caer un tímido rocío, que bailaba en el aire cambiando de dirección bruscamente según los coletazos de la brisa. La noticia golpeó confirmando lo peor. La tristeza bajó del cielo junto con el rocío.

Luego del cimbronazo general, del estupor y del shock desgarrador, las calles del centro caraqueño comenzaron a llenarse de banderas, remeras rojas y pancartas. La mayor congregación se dio en las puertas del Hospital Militar, pero también en la plaza Bolívar una muchedumbre se juntó alrededor de la estatua ecuestre del Libertador, coreando consignas, cantando el himno. En algún momento impreciso, alguien levantó la mirada al cielo. Luego otro, y otro, hasta que todos los que estaban en la plaza coincideron unos breves instantes con sus cabezas apuntando hacia arriba. El rumor se esparció y se extinguió en un segundo, suficiente para reafirmar la honda convicción de esa vigilia y de todas las vigilias que vendrían: el cielo estaba rojo. La noche, pesada como una sentencia, se vestía de rojo para despedir al Comandante.

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Luego de cuatro operaciones, casi dos años después de su primera intervención quirúrgica en La Habana, el presidente Hugo Rafael Chávez Frías se inmortalizó definitivamente el 5 de marzo pasado a las 16:25. Ya alcanzado por el cáncer, había ganado la última elección en octubre con casi el 54 por ciento de los votos en unas jornadas históricas, récord por el alto nivel de participación popular.

Líder de la Revolución Bolivariana, creador y principal promotor del socialismo del siglo XXI, dejó a sus seguidores después de 14 años de gobierno. Tiempo en el cual la pobreza se redujo drásticamente y la inclusión social otorgó visibilidad y una vida digna a amplios sectores que habían estado marginados durante años. Al frente del Movimiento Quinta República (MVR), Chávez ganó las elecciones en 1998 con la promesa de refundar y borrar con hechos todos los resabios de la “democracia puntofijista”, así llamada por el Pacto de Puntofijo de 1958, en el cual los partidos políticos tradicionales (Copei, Acción Democrática y Unión Republicana Democrática), luego de derrocar al dictador Pérez Jiménez, habían acordado iniciar un proceso “democrático” proscribiendo al comunismo y persiguiendo a la guerrilla.

La tarea no era fácil: cuatro décadas de políticas neoliberales, de capitalismo salvaje, de exclusión y opresión a las grandes mayorías, de secuestros, desapariciones, torturas y asesinatos. Convencido, irreverente y carismático, Chávez logró lo que nadie creía ya posible: retomar los ideales socialistas y combatir al capitalismo en Venezuela y al imperialismo en la región, apoyándose en el protagonismo del pueblo y en la unión latinoamericana bajo las banderas de Simón Bolívar, el Che y la revolución cubana. La sensación generalizada luego de su partida es que esa tarea recién había comenzado. Lo que se vio en las calles, entonces, fue un pueblo decidido a continuarla.

 

“Chávez al Panteón, junto a Simón”

La columna oficial, con la Guardia Nacional asegurando el cordón de seguridad, iba encabezada por algunas camionetas y camiones repletos de periodistas de todo el mundo. Entre el nutrido grupo que acompañaba el féretro, se destacaba el cuerpo alto y enjuto de Nicolás Maduro, el sucesor que el mismo Chávez había nombrado, acompañado de Diosdado Cabello, con su mirada dura y socarrona esta vez reblandecida por las lágrimas, y Evo Morales, a paso cansino entre la multitud.

Alrededor de 20 kilómetros desde el Hospital hasta la Academia Militar viajaron los restos del amigo de Fidel, acompañado por una multitud nunca antes vista, que se sumaba al cortejo a medida que la procesión avanzaba por las calles del oeste humilde caraqueño.

Junto con la marea humana se ubicaban cada 20 o 30 metros camiones pequeños con parlantes que repetían una y otra vez las palabras de Alí Primera, palabras que calaban hondo en los huesos, junto con el canto colectivo y las miradas en alto:

Los que mueren por la vida
no pueden llamarse muertos
y a partir de este momento
es prohibido llorarlos

que se callen los redobles
en todos los campanarios

¡vamos cumpa carajo!
que para amanecer
no hacen falta gallinas
sino cantar de gallos …

 

Un hombre arrugado y encorvado, caminaba casi arrastrando los pies detrás de uno de los camiones, con los ojos vidriosos y la cabeza gacha, cubierta del sol por un sombrero de paja, y cantaba en silencio, moviendo los labios y recitando en voz baja todos y cada uno de los versos.

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El edificio de la Academia Militar, donde Chávez se había juramentado como cadete décadas atrás y ahora estaba siendo despedido por su pueblo, se levanta imponente al final de una obra arquitectónica monumental, inaugurada por el dictador Pérez Jiménez, en los cincuenta, para rendir culto a la grandeza pasada de Venezuela: el Paseo Los Próceres.

Tanta solemnidad y monumentalidad fue desbordada por una marea roja el día del traslado del cuerpo para las exequias, tan sólo unas horas luego del fallecimiento, y así siguió durante una semana y media, con cientos de miles de personas arribando desde los cuatro rincones del país para hacer la fila del último adiós. “No venimos a despedirnos, sino a jurar lealtad”, se escuchaba por ahí. Desmayos, esperas de 23 horas, todo un pueblo entregado y decidido a rendir los honores y no bajar los brazos. Luego de los diez días de luto y vigilia, los restos se trasladaron en una nueva caravana, esta vez hacia el Museo de la Revolución, en la barriada del 23 de Enero, zona de las más combativas de Caracas y cuna de numerosos colectivos revolucionarios. Todo un símbolo: el cuerpo de Chávez descansando con los suyos, a los que les regaló su vida, seguramente antes de ir a su morada definitiva, en el Panteón Nacional, junto a Simón Bolívar.

 

“Yo soy Chávez”

Es el último día en que los cientos de miles podrán ver a su Comandante. La incalculable cantidad de personas forman ahora una sola fila, tan larga que la mirada sólo alcanza a abarcar un pequeño trecho.

Resguardándose del sol bajo un grupo de árboles del Paseo, se encuentra un grupo de unas quince mujeres, niños y niñas y unos pocos hombres. Ellas con sus vestidos largos y amplios, en tonos cálidos de rojos y amarillos, sus caras graves y curtidas. Desde el estado del Zulia hasta la capital es casi un día de viaje en camionetica o buseta (colectivo pequeño, el transporte terrestre más popular en estas latitudes). Minerva Durán, de 47 años, es una dirigente wayú o guajira, pueblo originario que habita en el occidente venezolano, una de las comunidades más resistentes al embate de la civilización occidental, que todavía hoy vive conservando muchas de sus costumbres ancestrales en las profundidades de la selva de la frontera colombiana. Cuando habla de lo que significa Chávez para ella, lo hace en su lengua, y luego traduce con voz firme: “vinimos porque sentimos que es un gran compromiso con nuestro presidente, nosotros estamos muy contentos con Chávez porque nos logró incluir en la sociedad, porque éramos unos excluidos, y lo llevaremos por siempre en nuestro corazón, ya que gracias a él nosotros aparecemos en la Constitución, y gracias a él gozamos de muchos beneficios: escuelas en buenas condiciones, autobuses para los niños, las canaimitas”. El proyecto Canaima Educativo es un emprendimiento integral que lleva 2 millones de computadoras portátiles repartidas a estudiantes de primaria, junto con el desarrollo de plataformas informáticas para la educación, todo bajo el diseño autóctono de software libre.

“Antes éramos maltratados por todos los organismos, no existíamos. La Cuarta República fue muy triste para nosotros los indígenas, éramos maltratados hasta por la Guardia Nacional. Nos ignoraban. En la Quinta, con nuestro presidente, fue que nosotros salimos de donde estábamos”, sigue contando Minerva, con su brazalete de luto de la bandera tricolor venezolana en un brazo y las manos aferradas a un morral tejido de mimbre.

Además de visibilizarlos, entre otras acciones el Estado les ha devuelto cerca de 2 millones de hectáreas a unos 40 mil indígenas, habitantes de 330 comunidades.

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A un costado de la cola, una mujer de unos 40 años se abanica pesadamente, sentada en un banquito plegable, que parece a punto de romperse bajo su inmensa y desbordante humanidad. Es la segunda vez que Judith Barbosa viaja desde el estado Carabobo para despedir a Chávez. Entre risas y bromas, su discurso no deja de ser encendido: habla agitando las manos y se pone seria cuando afirma: “él es todo para mi. Mi papá es revolucionario de cuando el MBR-200 y por eso tengo sangre revolucionaria.” El Movimiento Bolivariano Revolucionario fue una organización de militares liderada por Chávez que protagonizó el intento de golpe del 4 de febrero de 1992. Considerado por muchos como el comienzo de la Revolución, significó el alumbramiento público del joven teniente coronel en el rol de combatir al gobierno neoliberal de Carlos Andrés Pérez, durante el cual unos años antes había ocurrido un levantamiento popular conocido como el Caracazo. Ese 27 de febrero del ‘89 el saldo fue una brutal represión y centenares de muertos, pero también significó la primera chispa del fuego que estaba por venir.

Judith continúa, con una sonrisa dibujada en el rostro: “yo trabajo con la Gran Misión Vivienda, estoy en el Consejo Comunal, en el Comité de Tierras. Allí estamos pendientes de que las obras estén bien hechas, de los pavimentos, las aceras, los locales, y por eso es que adoro a mi Comandante, porque ahora nosotros mismos construimos nuestras casas”. En el 2013 se prevé la construcción de 380.000 viviendas. Desde la implementación de la Gran Misión Vivienda, en 2011, se realizaron, en promedio, una casa cada tres minutos.

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Daniel Díaz tiene 32 años. Una cicatriz le cruza el ojo derecho, mientras habla se acomoda una y otra vez la gorra del Che Guevara que lleva para defenderse del sol. Cuenta que se pudo graduar de bachiller gracias a la Misión Ribas, plan para dar la posibilidad a adultos de completar la secundaria. “Si el Comandante nos regaló 14 años de gobierno próspero, cómo no le voy a regalar unas horas para despedirlo. Él significa todo para mí, el tamaño que tengo, la cultura que tengo.”

Las Misiones Ribas y Sucre permitieron estudiar a miles de jóvenes adultos. La tasa de escolarización secundaria pasó de un 53,6% en 2000 a un 73,3% en 2011. El número de niños escolarizados pasó de 6 millones en 1998 a 13 millones en 2011 (93,2% de los niños). Además, cerca de 1,5 millones de venezolanos aprendieron a leer y escribir gracias a la campaña de alfabetización denominada Misión Robinson.

Nicolás Maduro no es Chávez, lo dijo él mismo varias veces, pero el apoyo es unánime y la última voluntad del líder no dejó lugar a dudas: compromiso incondicional con el ex canciller. “Que sea chofer es un orgullo. Yo antes era albañil, y si tuviera la oportunidad de ser presidente, eso no me desprestigiaría bajo ninguna circunstancia, porque él es de la clase obrera; eso se llama pueblo, no es como otros un rico de cuna, que no sabe lo que es el trabajo, lo que es pasar hambre.”

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Los motorizados se trasladan en grupos enormes como una caballería sobre ruedas portando banderas y estandartes que flamean con el viento, dan vuelta a la pista, esquivando a la gente mientras gritan consignas. En el golpe de la derecha que derrocó a Chávez en abril del 2002, fueron una pieza clave para la recuperación de la democracia al movilizarse desde las barriadas exigiendo la restitución del presidente y sirviendo como medio de comunicación y coordinación de los colectivos populares activados. De unos parlantes ubicados en una tarima se eleva el último canto de Chávez en vida, que realizara luego de anunciar su nueva operación el 8 de diciembre:

“…Patria, Patria, Patria querida,

tuyo es mi cielo, tuyo es mi sol.

Patria, ¡tuya es mi vida,

tuya es mi alma, tuyo es mi amor!

 

En una entrevista de hace años, donde repasa su juventud y su infancia, Chávez cuenta que al recibirse de cadete en la Academia Militar, le hicieron juramentar defender la Patria hasta perder la vida. “No sólo defenderla, digo yo, amarla”, cuenta, “porque para defenderla hasta perder la vida necesario es amarla. La Patria es en primer lugar, como dice Alí Primera, el hombre, el ser humano.’Hace 400 años que mi patria está preñada -decía Alí Primera- ¿quién la ayudará a parir pa’ que se ponga bonita?’. Entonces, yo juré ese 7 de julio de 1975 salir con aquel sable a defender esta patria, amándola, y para defenderla dar incluso la vida.”

El rugir de las motos se desvanece. Una pareja de jóvenes hace fila tomada de la mano entre dos puestos de buhoneros, uno donde venden por montones la última foto de Chávez, recostado y acompañado por sus dos hijas mayores, y otro donde yacen sobre un paño rojo los brazaletes del luto, con el azul, amarillo y rojo de la bandera, y otra variedad de artículos alegóricos, como gorras, llaveros y pósters. Él, Esteni Gutiérrez, tiene 23 años, es obrero de una fábrica de plástico y vive en un cerro, donde se concentran los barrios pobres de la Gran Caracas. “Venimos a asegurarle que no aró en el mar, como decía Bolívar. Que gracias a él nos convertimos en la generación de oro y vamos a luchar porque esto continúe y haya sido sólo el principio”, dice Esteni ante la mirada atenta de Yurisay, su novia de 18 años.

“Barrio Adentro”, continúa Esteni, “es la misión que más le agradezco personalmente, porque me dio la oportunidad de ver nacer a mi hijo, porque cuando mi hijo nació en el barrio no podíamos bajar, porque era de madrugada y no había transporte a esa hora. Entonces el niño nació en un centro de salud a pocas casas de donde vivimos y tuve la oportunidad, que no todo padre tiene, de ver y asistir el parto de mi primer hijo varón. Eso es gracias a la Revolución y gracias a que el Comandante se preocupó porque hubiera unos médicos cubanos ahí a la vuelta de la esquina”. Y agrega emocionado: “ha hecho crecer en mi ese compromiso de seguir defendiendo esto. Ahora nos toca a nosotros que siga.”

Yurisay asiente y cuenta que para ella la mejor iniciativa fue la Gran Misión en Amor Mayor, ya que muchos ancianos que no tenían seguro social ni pensión pudieron comenzar a recibir ingresos dignos. Esteni vuelve a tomar la palabra: “nosotros aquí siempre decimos que es muy fácil entender el dolor de otro pero no cualquiera se alegra de la alegría del otro. Chávez nos enseñó eso, que si uno está contento todos estamos contentos. Independientemente de todo lo que digan y lo que quieran satanizar los periodistas extranjeros, Chávez con amor logró hacernos despertar. Cuatro letras: a m o r”.

 

“Más nunca volverán”

Días antes de la noticia de la muerte de Chávez, utilizando como disparador un tiroteo entre la policía y una banda armada se intentó, desde la red social Twitter, sembrar rumores de saqueos que no prosperaron. El día del anuncio del fallecimiento, Maduro denunció públicamente planes desestabilizadores encabezados por agentes estadounidenses, y echó del país a un miembro de la agregaduría militar de esa embajada. Recientemente, también apuntó que hay planes para embarrar la campaña electoral de miras al próximo 14 de abril con intentos de atentados hacia el candidato opositor, Henrique Capriles Radonski.

Para entender esos hechos hay que considerar que durante décadas las compañías petroleras de Estados Unidos tuvieron vía libre para explotar el petróleo y pagar el mínimo de regalías al fisco venezolano. Los campos de explotación eran pseudo feudos donde la ley la imponía el “gringo”, que mantenía a los obreros en condiciones de esclavitud, llegando a castigar “las faltas de respeto” a la autoridad encerrándolos en calabozos y engrillándolos al suelo de pies, manos y cuello.

En palabras de Esteni, Venezuela siempre había sido “la cenicienta de Estados Unidos”. Pero fue Chávez quien “tuvo el valor de decir lo que muchos pensaban y nadie dijo. Está bien que ahora seamos sonados en el norte y el resto del mundo como un país rebelde, un país revolucionario. Siempre estaremos dispuestos a hacer las paces con el pueblo estadounidense, pero mientras sigan los grandes poderes económicos siendo los que manejan ese país, nosotros no estamos dispuestos a vivir como ellos, con esa venda en los ojos”.

 

“Con Chávez y Maduro, el pueblo está seguro”

El pueblo venezolano deberá afrontar, el próximo 14-A, la segunda elección presidencial en poco más de seis meses. La sensación generalizada es que la Revolución tiene quien la apoye y la salga a defender en las urnas: las primeras encuestas dan ganador a Maduro por una diferencia de dos dígitos en la mayoría de los casos. La estrategia de la oposición es el ataque sin disimulo, la provocación directa, y el intento por reapropiarse de símbolos característicos del chavismo, para lucir como una fuerza progresista de centroizquierda. Capriles Radonski, el actual gobernador del estado Miranda y representante de la Mesa de Unidad Democrática (donde se aglutinan la mayoría de los partidos de la oposición), cambió el tono en apariencia conciliador y ameno de su campaña anterior, en la que perdió con Chávez, a uno más agresivo que interpela sin rodeos a Maduro y busca dejarlo en evidencia en el intercambio verbal directo. En igual sentido, la utilización del nombre de Simón Bolívar para el comando de campaña de la MUD revela la estrategia de reafirmarse en cierta simbología que está identificada con los pasados 14 años de Revolución Bolivariana. Judith es categórica: “nunca han querido a Bolívar. Cuando ellos hicieron el golpe, lo que hicieron en Miraflores fue meter el cuadro de Bolívar para el baño.”

Por otro lado, los desafíos a futuro de la Revolución quizás sean más y requieran más trabajo y exigencia que nunca antes en el proceso: no sólo profundizar los cambios, sino también seguir luchando contra la corrupción y la elefantiasis burocrática en ciertos sectores del Estado , y saber responder con celeridad y eficiencia a posibles escenarios de desestabilización. Minerva afirma que uno de los problemas más severos es la escasez en la producción de ciertos alimentos (que muchas veces se agrava por la especulación de las compañías privadas): “se le debe dar más oportunidad a la agricultura de los indígenas, porque no sólo de petróleo podemos vivir. La siembra de la tierra es muy importante.”

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En los últimos meses, el pueblo venezolano ha pasado por momentos muy difíciles. La enfermedad de Chávez, la intensa campaña electoral del año pasado, el triunfo aplastante, la nueva recaída y la muerte de su líder. En el medio de todo eso, las dudas que ha intentado sembrar la oposición y las corporaciones mediáticas mundiales, aferrándose a hechos como la devaluación de la moneda nacional hace un par de meses. Sin embargo, lo que se vivió en las jornadas épicas de marzo fue una marea roja volcada a las calles para apoyar y defender con su cuerpo la Revolución. La elección que se viene se decidirá un 14 de abril, once años después del otro 14, en que una pueblada devolviera a Hugo Chávez a Miraflores y diera el primer revés a los intentos de la derecha por retomar el poder y retraer el país a tiempos pretéritos.

Hace poco, el día del entierro, el hermano de Chávez y gobernador del estado Barinas, Adán, decía: “Hugo me escribía que llevábamos dos morrales a la espalda, y que lo mejor de esos morrales es que eran infinitos, que no tenían dimensiones para colocar en ellos nuestros sueños de ver la Patria libre y soberana, de ver nuestro país verdaderamente construido, ver una revolución, consolidado el proyecto bolivariano”. A esos morrales “los llevaremos hasta que la Revolución sea irreversible, nada ni nadie nos detendrá, seremos libres por decisión de nuestro pueblo, llegaremos al punto del no retorno de esta Revolución Bolivariana que tú (Hugo) continúas dirigiendo”.

En las afueras de la Academia un hombre de unos 60 años, vestido con una remera con los ojos de Chávez estampados en el pecho, repetía mientras se alejaba luego de estar horas y horas esperando para despedirse en unos breves y eternos segundos: “¿sabes lo que nos dejó el Comandante en estos 14 años? Libertad. Libertad y unión latinoamericana”. La voz tierna y profunda de Alí seguía sonando en la lejanía:

 

…canta canta compañero

que tu voz sea disparo
que con las manos del pueblo
no habrá canto desarmado

canta canta compañero
canta canta compañero
canta canta compañero
que no calle tu canción…

 

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