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Desde las movilizaciones ocurridas el 12 de febrero, la República Bolivariana de Venezuela está agitada por protestas violentas y el reclamo de la oposición para que Nicolás Maduro, el presidente democráticamente elegido hace menos de un año, deje de serlo.

Es un jueves soleado en Caracas. Una brisa fresca sopla en el valle y el Ávila está coronado por unas pocas nubes blancas. Ha pasado ya una semana desde la movilización convocada por la oposición el 12F. Para alguien que viene del aeropuerto internacional Simón Bolívar, y entra a la ciudad por el oeste, el estado de cosas parece normal. Las barriadas de los cerros se ven tranquilas, el diario trajín de la calle continúa con sus gritos y sus bromas. El panorama es muy distinto al que retratan gran parte de los medios masivos alrededor del mundo: el caos, la violencia y las protestas no inundan todas las calles del país. Sin embargo, las guarimbas (como se les conoce a los bloqueos de calle, con quema de neumáticos y construcción de barricadas) continúan encendiéndose cada noche en algunos puntos neurálgicos de la nación bolivariana.

Cronología de la violencia

El primer llamado de la oposición a la marcha del 12F, Día Nacional de la Juventud, se dio el 2 de febrero, y fue enarbolado por varios dirigentes de la Mesa de Unidad Democrática (coalición que nuclea a los partidos opositores). Entre ellos destacaron el veterano Antonio Ledezma, el líder de Voluntad Popular, Leopoldo López y la diputada María Corina Machado, todos participantes activos en el golpe de estado al expresidente Hugo Chávez en abril de 2002. A la convocatoria, cuya consigna era #LaSalida, se le sumaron algunos sectores estudiantiles opositores liderados por Juan Requesens.

Las movilizaciones comenzaron en Táchira, uno de los estados fronterizos con Colombia, el 4 de febrero, cuando estudiantes de la Universidad de Los Andes se movilizaron en reclamo de más seguridad, generando disturbios. A los dos días, un grupo de 50 encapuchados atacó la residencia del gobernador chavista Vielma Mora.

El 12F, la marcha encabezada por Leopoldo López se dirigió finalmente hacia la Fiscalía General de la Nación. Mientras lideraba la movilización, López hizo declaraciones a la prensa en las que afirmaba que la protesta continuaría hasta echar al gobierno del poder. Minutos después de esos dichos, los manifestantes atacaron la Fiscalía, prendieron fuego vehículos y comenzaron los hechos de violencia que desembocarían en 3 muertos y decenas de heridos esa misma jornada. A partir del inicio de las investigaciones, la Fiscalía dictó la orden de captura para López, y finalmente fue detenido el martes 18. Asimismo, también se apresaron a funcionarios de las fuerzas de seguridad sospechados de participar en el asesinato de un manifestante.

Luego de la detención de López, las protestas se mantuvieron activas en el este caraqueño (lugar donde habita el grueso de la clase media y alta), principalmente en el opositor municipio Chacao, además de extenderse a algunos estados como Táchira, Mérida, Carabobo y Lara. A casi dos semanas del 12F, las cifras oficiales hasta el momento indican un total de 9 muertos y alrededor de 150 heridos en todo el país a raíz de los hechos de violencia y la respuesta de las fuerzas de seguridad.

Por todos los frentes

El 2013 fue un año signado por la “guerra económica”, es decir, maniobras especulativas y acaparamiento de productos básicos por parte del gran empresariado, que agudizaron la inflación y dispararon el mercado ilegal del dólar. En ese contexto, el gobierno logró reconquistar la hegemonía electoral en las elecciones municipales de diciembre, lo que no bastó para paliar las acciones desestabilizadoras de los sectores concentrados de la economía. Los problemas en el abastecimiento de productos y la inflación continuaron: a principios de 2014, el gobierno se vio obligado a realizar una nueva devaluación de la moneda.

Sobre cómo la oposición ha sabido capitalizar esa coyuntura socioeconómica, la socióloga venezolana Marielisa Álvarez Carrillo afirma: “desde la dirigencia opositora se ha utilizado la plataforma estudiantil para lograr agitación y otra serie de objetivos políticos muy evidentes. Esta estrategia, ya empleada en 2007, busca atizar los reclamos genéricos sobre problemas de carácter coyuntural para dirigirlos hacia la persona de Nicolás Maduro y su eventual renuncia o remoción no democrática del cargo. Forma parte además de un marco más amplio de presión que incluye sobre todo sectores financieros, importadores y comerciantes”.

Por otro lado, el mismo Capriles realizó una gira por la región en 2013 buscando adeptos para minar la legitimidad del gobierno de Maduro, reuniéndose con sectores de la derecha latinoamericana. Asimismo, tanto él como Corina Machado y Leopoldo López (quien tiene una estrecha relación con  Álvaro Uribe) han mantenido reuniones en los últimos años con funcionarios del gobierno de Estados Unidos, bogando públicamente por su apoyo en la cruzada opositora. Cabe destacar que documentos dados a conocer por Wikileaks confirmaron que la Secretaría de Estado y la Casablanca destinan anualmente cifras millonarias a organizaciones de la “sociedad civil” venezolana (entre las que se incluyen algunas estudiantiles) en pos del “fortalecimiento de la democracia” en el país.

#SOSVenezuela

Uno de los caballos de batalla de los sectores que piden la salida del gobierno es el intento de instalar campañas mundiales de solidaridad para inclinar la opinión pública a su favor. Para esto se han generado matrices de opinión, sobre todo a través de las redes sociales y principalmente Twitter, apelando a fotografías apócrifas sobre la “brutal” represión a los manifestantes (tomadas en su mayoría de acontecimientos ocurridos en países como Chile, Honduras y Egipto), con denuncias no confirmadas de torturas y desapariciones. Esta estrategia está reforzada por el establishment mediático, que tiene en sus más fervientes exponentes a la cadena de noticias mundial CNN, y en Argentina al multimedio Clarín con su señal Todo Noticias. El clima que se relata en esos medios masivos corresponde a un país incendiado y gobernado por una dictadura que coarta las libertades individuales, incluida la de expresión. Según la investigadora Álvarez Carrillo, “pareciera un lugar común (ese preciado sentido captado y sobre explotado por los mass media) que toda protesta que incluya estudiantes es legítima y cuenta con una pureza genuina, a partir de allí se equiparan otras experiencias de protestas como Egipto o Ucrania. Este sentido común mass mediático parece que no necesita explicar ni siquiera que las protestas estudiantiles no están movidas por reivindicaciones específicas para este sector”. De los más de 2 millones 600 mil estudiantes matriculados en Venezuela (quinta mundialmente en ese rubro y segunda en Latinoamérica), en las guarimbas los grupos de manifestantes no pasan de algunas decenas.

Desafíos a futuro

Ya han pasado varios días desde que se desató el espiral de violencia, atizada por los sectores más reaccionarios de la oposición venezolana y la respuesta del gobierno no ha sido del todo contundente. Su principal recurso retórico para contrarrestar el discurso opositor ha sido reducir a quienes enarbolan los reclamos a meros golpistas, acusando a los manifestantes de sifrinos (“conchetos”) y fascistas. Si bien las protestas forman parte de un plan que responde a esas motivaciones, los problemas que entorpecen la vida a millones de venezolanos no han podido ser contrarrestados con eficacia. El descontento generado a partir de esas dificultades podría ser mejor combatido, en la medida de lo posible, con gestos destinados a reconstruir el consenso donde se haya perdido.

Por su parte, el chavismo movilizado ha concurrido con masividad a las calles en cada llamado a marchar por la paz y en cada actividad para rechazar la avanzada golpista. Francia Torrealba, trabajadora social del barrio de La Pastora, cuenta en una de las últimas movilizaciones a favor de la paz y contra la violencia fascista: “tenemos que demostrarle al mundo entero que aquí hay paz. Hay gente prendiendo humo, quemando cauchos (neumáticos) mientras los demás seguimos trabajando”. A pocos pasos de ella, en medio de una multitud de mujeres que marchan con flores en sus manos y sonrisas en sus rostros, Belarmina González, del 23 de Enero (uno de los barrios más combativos de Caracas) dice contundente: “nuestro Comandante nos enseñó que tenemos que luchar por nuestros derechos. Lo que quiere EE.UU. es nuestro petróleo, pero no han podido; no pudieron con Chávez que se fue invicto, y tampoco van a poder con nosotros”.

En ese pueblo que está decidido a resistir en las calles la provocación y la violencia fascista, en esas mujeres y hombres, niños, jóvenes y ancianos, allí está la Revolución más viva y despierta que nunca.

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