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La persistencia del colonialismo se expresa en Puerto Rico como en casi ningún otro lugar del globo. La alevosía de la política invasiva de Estados Unidos roza el absurdo en el mensaje del sueño americano que despide con pose triste a Mandela, pero mantiene como presos políticos por más de 30 años a los independentistas puertorriqueños.

 

Por Gabriela Quijano Seda. Movimiento al Socialismo. San Juan, Puerto Rico.

El pasado 5 de diciembre de 2013, el mundo se estremeció con la noticia del fallecimiento de Nelson Mandela. Madiba, como sabemos, fue uno de los dirigentes más destacados de la lucha sudafricana en contra del apartheid, una política de segregación racial que culminó con la vida de miles de africanos y africanas, víctimas de la opresión étnica y la subordinación política del poder popular africano. Ante la noticia de su muerte, muchas de las autoridades políticas del mundo se expresaron para conmemorar la vida y trayectoria de Mandela, entre ellos, el presidente de Estados Unidos, Barack Obama, quien dijo no poder imaginar una vida sin su ejemplo.

Pero quizás más incitador que el discurso de Obama sobre Mandela -que rememoraba a un revolucionario que resistió solo en el plano de las ideas, mientras que omitía al sujeto político que pensaba que la lucha armada era un derecho fundamental de la democracia y la libertad de los pueblos- es la fuerte contradicción entre las palabras y las acciones del presidente de Estados Unidos. La muerte de Mandela y las reacciones de Obama se dieron en el contexto de una intensa campaña política por la liberación del puertorriqueño Oscar López Rivera, el prisionero político más antiguo de nuestro hemisferio. Como Mandela, Oscar luchó por la justicia social y la soberanía política de Puerto Rico. Y como Mandela, Oscar fue encarcelado por representar una gran amenaza para el imperialismo yanqui en nuestro país. Sin embargo, la diferencia entre estos dos hombres es que Oscar, cumplidos los 32 años de condena, sigue preso en las cárceles estadounidenses, ignorado por el mismo que consideró a Mandela un ejemplo sin precedentes en la historia de la humanidad.

Puerto Rico en el siglo americano

Que el reclamo por la liberación de Oscar no encuentre más que oídos sordos en el Congreso y la presidencia de Estados Unidos tiene mucho que ver con la invisibilidad de la situación colonial de Puerto Rico. Es la misma invisibilidad que, lamentablemente, nos mantiene aislados de los procesos de integración latinoamericana, en la medida en que tanto puertorriqueños como latinoamericanos ignoramos que la relación de Puerto Rico con Estados Unidos no es voluntaria ni justa ni soberana.

Por el contrario, Puerto Rico fue invadido por Estados Unidos en 1898, en el contexto de la guerra hispano-cubana-americana y como parte de una estrategia económica, política y militar de expansión del dominio estadounidense sobre todo el territorio americano. La invasión militar de Puerto Rico fue seguida de políticas económicas, educativas y sociales que iban desde la imposición del inglés como idioma oficial, la expansión del protestantismo en toda la Isla y la institucionalización de políticas alimentarias que reproducían los estándares de alimentación estadounidenses hasta procesos de industrialización que respondían a las presiones del mercado yanqui en el periodo de la Primera y Segunda Guerra Mundial.

No tan solo se impusieron un sinnúmero de políticas domésticas, sino que se estableció una estructura de gobierno subordinada a los poderes de la metrópoli. Hasta 1952, la gobernación de nuestro país era nombrada directamente por la presidencia de Estados Unidos. Incluso hoy, la Constitución del Estado Libre Asociado (ELA) de Puerto Rico, se mantiene supeditada a los estatutos y leyes producidas en el Congreso de Estados Unidos, en donde nuestro único representante tiene voz, pero no voto. Por ejemplo, durante todo el 2013, el Tribunal federal de Puerto Rico fue insistente en su intención de aplicar la pena de muerte en casos judiciales locales, aún cuando esta fue prohibida en nuestra Constitución desde su elaboración.

Un debate actual

Hoy por hoy, nuestra realidad política continúa reproduciendo gran parte de la relación de dependencia económica, política y social que se estableció hace más de un siglo entre Puerto Rico y Estados Unidos. Todavía más es que esa misma relación colonial se ha profundizado al nivel de crear una idiosincrasia política que nos mantiene aislados de los procesos de integración latinoamericana y caribeña. Es por esto que los pronunciamientos de Venezuela y Cuba a los efectos de que Puerto Rico integre la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC) han sido acogidos con optimismo por los movimientos de liberación nacional en nuestro país. Si bien sabemos que será un debate arduo el que Puerto Rico no quede representado por el gobierno colonial (que iría en contra de los objetivos de la CELAC) y que, en su lugar, se establezca un diálogo con los sectores independentistas en su diversidad, vemos una oportunidad real para adelantar la conciencia regional e internacional sobre la situación colonial puertorriqueña.

Sobre nuestro trabajo político interno, sabemos que la lucha independentista no es una lucha nacionalista. Nuestras estrategias de acción no pueden concentrarse en producir un discurso étnico común, sino en construir espacios de resistencia obrera desde donde se pueda problematizar empíricamente las limitaciones y afrentas del imperialismo. En ese sentido, el desarrollo de una conciencia anticolonial popular será el resultado de la continua organización de la clase trabajadora y la construcción de espacios de deliberación y de democracia directa. Apostamos, apoyamos e incidimos en luchas como las de los docentes que, en consecuencia con los procesos de organización de clase, resisten las políticas del gobierno central que precarizan aún más las condiciones de trabajo y de jubilación de las y los maestros. Más de 10 mil trabajadoras y trabajadores del sistema de educación pública se movilizaron el pasado 15 de enero de 2014 para exigir la derogación de la Ley 160 que enmienda sus condiciones de retiro elevando la edad jubilatoria y los años de servicio, además de que aumenta las aportaciones individuales y disminuye las pensiones a las que tienen derecho. Nuestra independencia política nos permitiría desarrollar nuevas y mejores maneras de superar las crisis económicas del neoliberalismo, estableciendo redes de planificación económica con otros países de América Latina y el Caribe, y que beneficien a la clase trabajadora, mejorando su calidad de vida y acceso a los servicios como la salud, la educación, la vivienda, el agua, la alimentación y la energía. Por lo tanto, insistimos en un proyecto de país que exija verdadera soberanía política, pero que sea, simultáneamente, internacionalista. Tenemos la convicción de que América Latina unida será un mejor frente político en contra del imperialismo y la opresión de los pueblos.

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