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La papamanía ha ganado lugar en nuestro país a raíz de la designación de Jorge Bergoglio como máxima autoridad de la Iglesia Católica, pero el tema excede la cuestión nacional. Porque, para arrancar, no es lo mismo un papa latinoamericano, que uno latinoamericanista.

Después de pasar tantos años sumidos en la incertidumbre sobre la nacionalidad del todopoderoso, apenas entrado el año 2013 se nos lanza una pista desde el cónclave vaticano: Dios no es argentino. Si lo fuera, como apuntó el periodista Fernando D’Addario, el nuevo Papa habría sido angoleño, japonés, indio o de cualquier otro país. Si lo fuera, no habría querido sacudirnos tan gratuitamente este bendito problema.

La inesperada opción por el cardenal Bergoglio para conducir la última monarquía absoluta que existe sobre el planeta, tan sorpresiva que dejó en offside a los especialistas en cuestiones vaticanas, responde a un conjunto de razones entre las que posiblemente se incluyan: 1) la necesidad de una figura sin manchas de pederastia ni corrupción financiera; 2) la urgencia en revertir la tendencia a perder fieles, de la mano de un Papa menos intelectual y más cercano a la vivencia religiosa cotidiana; 3) y la posibilidad de fortificar su intervención sobre la incipiente reemergencia de un ideario de liberación en los pueblos latinoamericanos, incluyendo a sus componentes católicos.

Nada aportan a la comprensión del fenómeno las expresiones acríticas de “orgullo nacional” por “tener” un Papa argentino; o la confusión ingenua de cierto progresismo entre “Papa latinoamericano” y “Papa latinoamericanista”, como si la geografía y la nacionalidad de Bergoglio determinasen la renovación de la iglesia; o las repetidas menciones a la austeridad del cardenal que, al tiempo que buscan resaltar una virtud del flamante Papa, denuncian los problemas de una institución que ve en la austeridad de uno de sus representantes algo exótico (al margen de esto, manifiesto mi oposición a la prédica de la austeridad por ser una herramienta ideológica del catolicismo que justifica y reproduce los padecimientos de la pobreza).

De Jorge Mario a Francisco

En 1969 Bergoglio se ordenó sacerdote y comenzó una carrera eclesial ascendente. Apenas cuatro años después de su ordenación, en 1973 pasó a presidir la orden de los jesuitas en Argentina hasta 1979. En 1992 fue nombrado obispo auxiliar de Buenos Aires, en 1998 arzobispo y dos años más tarde cardenal. Entre 2005 y 2011 presidió la Conferencia Episcopal Argentina, el organismo que agrupa a todos los obispos del país. Desde esa posición predicó activamente en contra del aborto y organizó movilizaciones de católicos para evitar la aprobación del matrimonio igualitario (se cae de maduro que de haber apoyado estas causas, Jorge Mario nunca habría llegado a ser Francisco, ni primero ni último, pero la obviedad del asunto no le quita gravedad). Además protegió a los clérigos Julio Grassi y Edgardo Storni, condenados en 2009 por pedofilia y abuso sexual, y no cuestionó la decisión del obispo de Córdoba de suspender al sacerdote Nicolás Alessio por apoyar el matrimonio igualitario.

En contraste con su deseo de “una Iglesia pobre”, no vaciló nunca en recibir $34.000.000 anuales de parte del Estado para sueldos y jubilaciones de los obispos (a partir de un decreto firmado por Videla y Martínez de Hoz, un obispo cobra el 80% del sueldo de un juez de primera instancia), ni el financiamiento de los colegios católicos, ni la exención del impuesto a las ganancias y de impuestos inmobiliarios, entre otras menudencias.

Importante aliado de la oposición de derecha, los medios de comunicación corporativos y las patronales agrarias, celebró una misa por la muerte de Néstor Kirchner y pidió al pueblo “claudicar de todo tipo de postura antagónica para orar frente a la muerte de un ungido por la voluntad popular”. Bergoglio, de perfil inocultablemente conservador aunque con ciertos gestos de apertura y sensibilidad social, fue muy astuto además al distinguirse de la ultraderecha católica local y mantener una tensa relación con la curia romana. En fin, un hábil jugador que ha sacado buen provecho de su imagen algo ambivalente. Hace unos años conversé con Pichi Meisegeier, sacerdote jesuita, tercermundista y compañero de Carlos Mugica, que conoció muy de cerca al nuevo Papa. Le pedí que lo definiera en una palabra y no dudó ni un segundo: “habilísimo”.

Nota completa en edición impresa. Mascaró #10, abril 2013.

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