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El pasado 6 de noviembre fue reelecto Barack Obama. Los medios de comunicación celebraron esto como un hecho “histórico” ya que el primer presidente negro ahora era el primer negro reelecto. Los sectores progresistas y liberales respiraron más tranquilos ya que había perdido “la derecha”. Y distintos gobiernos latinoamericanos se autoconvencieron que ahora sí, Obama realizaría su programa “progresista” ya que no tenía que preocuparse más por la reelección. La realidad es infinitamente más compleja de lo que nos imaginamos.

Por Pablo  Pozzi*

*Doctor en Historia por la Stony Brook University (EE.UU.). Jefe de la Cátedra Historia de los Estados Unidos en la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA.

Hace ya muchos años, durante las elecciones norteamericanas de 1980, el luego presidente de Brasil, Lula, señaló que la disputa entre Carter y Reagan “se trataba de una disputa entre Coca Cola y Pepsi Cola”. Si bien tenía cierta razón, por cuanto ninguno implicaba reformas profundas, la realidad demostró que el triunfo de Reagan significó un viraje hacia la derecha neoliberal más salvaje y retrógrada. La disputa electoral, entre Mitt Romney y Barack Obama, se asemejó con la diferencia que James Carter era un hombre decente e inteligente comparado con Obama y representaba una alternativa más deseable y respetuosa de los derechos de la humanidad. En realidad, el presidente norteamericano es sólo una figura que representa una relación de fuerzas entre los distintos sectores económicos, con sus intereses y visión de mundo. Pero, además, nada es lo que parece. Así, la elección de Obama en 2008 no representó un giro progresista sino más bien un esfuerzo de los sectores de poder por remozar una presidencia desgastada por los resultados de las políticas de George W. Bush. ¿Es Obama un negro? ¿O es una galletita Oreo, como dicen algunos afroamericanos, blanco por dentro, negro por fuera?

¿Hay diferencia entre Mitt y Barack?

La elección enfrentó al primer presidente negro norteamericano a un multimillonario republicano apoyado por los sectores más retrógrados de Estados Unidos. Los planteos de Romney significaban aun mayores retrocesos en temas como seguridad social, protección laboral, e intervención militar en los asuntos mundiales, ya que representaba una profundización de las políticas de George W. Bush que llevaron, indudablemente, a la crisis mundial de 2008. Por su parte, las propuestas de Obama no son muy distintas a las de Bush y si representan una continuidad en sus rasgos más generales: intervención internacional, subsidios y apoyo a los sectores financieros que nos trajeron la crisis de 2008, saqueo a los recursos naturales, caída del salario real del trabajador. Sin embargo las continuidades de Obama tienen ciertos matices: un enfoque más multilateral a nivel internacional, nuevas tácticas intervencionistas (los golpes parlamentarios en Honduras y en Paraguay), algunas mejoras (pocas) en salud. En realidad, la ventaja electoral de Obama se debió sobre todo a que Romney hizo lo imposible por asustar al electorado ya que se reveló como corrupto, insensible, racista, y belicista. Obama es muy malo; Romney es mucho peor.

Obama triunfó por 50,3 contra 48,7 por ciento de Mitt Romney. Esto se tradujo en 332 contra 206 votos electorales. Esto debería hacernos pensar cuán democrático es Estados Unidos, ya que no hay relación entre votos populares y electores. Por otro lado, Obama triunfó en los estados de la costa oeste, en el norte industrial y en Florida. Recibió la mayoría del voto negro, hispano y judío. Asimismo, lo votaron 55% de las mujeres y de los afiliados a sindicatos. Por el contrario Romney fue votado por casi 60% del voto blanco, masculino y obrero. Lo anterior es notable ya que el nivel de abstencionismo fue mayor al 40% de los empadronados (nótese que como el empadronamiento no es obligatorio sólo lo está alrededor de 80% de los posibles votantes), el más grande desde la elección de 2000. Los más pobres y los más ricos casi no votan. Los primeros, según encuestas, porque piensan que con su voto nada va a cambiar. Los segundos, porque su influencia política no depende del sistema electoral.

Nota completa en edición impresa. Mascaró #8, diciembre 2012.