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> Por Gabriela Jäkel y Anabela Vagge

“Bienvenido a Colombia, un país tropical de increíble diversidad y encanto. Su variada geografía, su historia llena de misterios y aventuras, sus gentes y culturas han fascinado al mundo durante siglos. Famosa por su excelente café y la pureza de sus esmeraldas, Colombia es también la tierra de la leyenda de El Dorado y el universo mágico de Macondo. Colombia. El riesgo es que te quieras quedar”.  Así nos invitan las páginas oficiales de promoción del turismo en Colombia. Y no mienten, Colombia es un paraíso tropical, pero también es un indudable infierno.

¿Por qué Colombia es uno de los casos más paradigmáticos de violencia generalizada en América Latina? En una época nos cansamos de escuchar que todo era culpa de un engendro  mediáticamente construido llamado “narcoguerrilla”, que parecía ser la suma de todos los males y la causa de todos los padecimientos. O quizá sea que está en la naturaleza de algunos pueblos del mundo “subdesarrollado” el solucionar sus problemas a tiros y machetazos.

Lo cierto es que este tipo de irrisorias explicaciones sirvieron y sirven para ocultar la verdadera naturaleza del conflicto colombiano.

La política en Colombia siempre fue atributo de una oligarquía retrógrada que, como sus homólogas americanas, invariablemente se las arregló para transfigurar sus mezquinos intereses en causa nacional. Desde principios de siglo XX Colombia se debatía entre dos partidos oligárquicos, que sistemáticamente cerrarían el juego a la participación de otras expresiones partidarias. Este monopolio del espacio político impulsado por los sectores de poder se implantó a fuerza de represión y crimen, continuando con la rancia tradición de terratenientes y esclavistas de la época colonial.

A esta oligarquía poco le interesaba encubrir su modelo de acumulación basado en el despojo violento de las tierras y en el pisoteo constante de las conquistas laborales que habían obtenido los trabajadores. Para 1948, sin embargo, parecía abrirse la posibilidad de un cambio con la candidatura a presidente de un disidente del Partido Liberal, Eliecer Gaitán, posibilidad que fue desbaratada con su asesinato. Pero la reacción popular fue inesperada, y el Bogotazo dio comienzo a una nueva etapa histórica donde el conflicto que siempre había existido de forma latente, estalló.

Los partidos dominantes resuelven solucionar el conflicto social atrincherándose aún más en el aparato del Estado, y sellando el “Frente Nacional”, acuerdo entre conservadores y liberales que impuso la alternancia en el poder de los dos partidos. Frente a la imposibilidad de encontrar una vía de expresión en el marco de una democracia ficticia, surgieron formas de organización y lucha que buscaban generar un espacio para las mayorías, espacio que debería ser arrebatado a las clases dominantes (reacias a la más mínima concesión) mediante la fuerza legítima del pueblo. Entre estas organizaciones se encuentran los más conocidos ejércitos populares FARC y ELN, ambos fundados en los ´60.

En los ´80 surge una nueva posibilidad de cambiar el curso de la política colombiana con la aparición de la Unión Patriótica, partido legal impulsado por varias organizaciones populares, que busca concretar las tan postergadas aspiraciones del pueblo por vía institucional, y de hecho logra constituirse en una importante fuerza política con un gran apoyo que se ve reflejado en las elecciones legislativas del ´86. Pero esta experiencia también se vio frustrada de la manera más brutal. En el lapso de un par de años fueron asesinados unos 3500 militantes de la UP, incluidos candidatos electos. Las fuerzas represivas del Estado, junto a los paramilitares y mafias narcos, asociados al poder, volvían a hacer gala de sus bestiales métodos, y de esta manera reafirmaban una vez más que en Colombia el libre juego político estaba clausurado.

 

 “América para los (norte)americanos”

Para completar el cuadro no podía faltar EE.UU. La complejidad del caso colombiano no puede entenderse en todas sus dimensiones si olvidamos que la penetración imperialista norteamericana, con el beneplácito y acompañamiento de los sucesivos gobiernos, cumplió un rol central en el desarrollo del conflicto.

La implementación del Plan Colombia es un factor fundamental para comprender la política imperialista para el cono sur y Colombia ocupa un lugar esencial. Este plan (en sus distintas versiones) se introdujo como uno de los pilares de la estrategia económica, política y militar de dominación de la región. Hay una cuestión que es clave: Colombia está ubicada en un territorio geoestratégico porque está en el centro de una zona comercial fundamental y rica en recursos. A su vez sirve de contrapeso a otros países andinos que impulsan políticas con vista a autonomizarse de EEUU.

Bajo el disfraz de la lucha contra el narcotráfico se encubría en realidad el objetivo de dar respuesta militar al ascenso de la lucha política y social, es decir “pacificar” para dominar. Está claro que Colombia es una de las mejores fichas en la geopolítica imperialista para Latinoamérica, desde allí el imperio mira el subcontinente y despliega sus tentáculos.

 

Una Colombia para el pueblo colombiano

Colombia hoy sigue teniendo un Estado hecho a la medida de las necesidades de las clases dominantes y del capital norteamericano. Tal es así que este año el gobierno de Santos confirmó un acuerdo de libre comercio con EEUU, renovando así su compromiso con los inversores extranjeros y la oligarquía. Pero estas decisiones no son pasivamente aceptadas por el pueblo colombiano. Mientras persiste el asesinato a quienes reclaman justicia, la desaparición forzada de dirigentes y militantes populares, la actuación sangrienta e impune de las Fuerzas Armadas, el libre accionar de los grupos paramilitares y narcos, también surgen alternativas al poder impune que gobernó el país a lo largo del siglo XX y lo que va del XXI.

 

La Marcha Patriótica

Gustavo Gallardo Morales y Francisco Tolosa, entrevistados por MASCARÓ, son miembros de la Junta Patriótica Nacional que en abril de este año impulsó la construcción de Marcha Patriótica, y nos cuentan acerca de esta nueva experiencia.

Gustavo nos dice que Marcha Patriótica es un espacio de confluencia de más de 1750 organizaciones, “Somos un movimiento amplio, democrático, antiimperialista, patriótico, que lucha por una alternativa distinta al modelo capitalista”, y afirma luego que es un movimiento que va “por la disputa del poder político.…Marcha Patriótica consiste en crear poder popular, recogiendo la experiencia de distintas luchas populares a lo largo de la historia colombiana”. Por su parte, Francisco explica que “Es una apuesta dura, atrevida, osada, pero tenemos claro que si no la hacemos es perpetuar la represión y perpetuar la muerte en Colombia… La diatriba no es cómo piensan algunos, que ‘si ustedes se lanzan políticamente, los van a matar’, como si quedarnos quietos fuera una garantía, fuera un seguro de vida. No. Quedarnos quietos es perpetuar la muerte. Tirarnos al ruedo, en cambio, es acrecentar los riesgos, pero en medio de la lucha política. Y en esa lucha política creemos que la correlación va a estar a favor de nosotros en muy poco tiempo, a pesar de los riesgos”.

No se trata de tener en el bolsillo “la llave de la paz”, como sostiene el presidente Santos, mientras se sigue dando rienda suelta a la violencia y la represión auspiciadas por el propio Estado y mientras se sostienen las condiciones de desigualdad atroz que vive el país.

Sin ir muy lejos, hoy día Marcha Patriótica ya es víctima de desaparición forzada. “Henry Díaz, líder de la organización en el departamento del Putumayo, ya tiene más de un mes y medio de desaparecido. El ejército colombiano lo desapareció en la antesala de una movilización de campesinos. Además, otro joven militante también fue asesinado. Estas acciones se dan en el marco de toda una política de estigmatización, seguimiento y hostigamiento por parte del gobierno nacional hacia Marcha Patriótica” cuenta Gustavo Gallardo.

El problema en Colombia es estructural: 20 millones de personas en la más absoluta pobreza, 8 millones de indigentes, 5,3 millones de desplazados, 6 millones de hectáreas arrebatadas a campesinos, y el mayor ejército de toda la región son datos que no dejan lugar a dudas. La única alternativa del pueblo colombiano es echar por tierra una larga historia de violencia y desigualdad. En palabras de Gustavo el objetivo común debe ser “la transformación estructural del país”.

 

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