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El sábado 4 de agosto de 2001 se realizó en el Chateau Carreras el que sería el último show de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota. Este es el recuerdo de Patricio Cermele, un pibe que todavía no había escrito su libro “Yo no me caí del cielo”, y que entonces no sabía que ese viaje desde La Plata a Córdoba sería la peregrinación a la última misa.

Lo que queda es el rito ese del final, que apenas asomaba como una mueca más del “principio del fin” que amagaba el Indio (bardo mediante) desde los Villa María de la curva final de los 90. Pero fue Córdoba el último: el ahora “viejo Chateau”, 40 mil tipos que hoy se antojan la nada con los encuentros del espectáculo y el Indio de la posmasividad solista, y “Un ángel para tu soledad” como último acorde, anticipando lo que estaba al caer; la soledad que los ricoteros tradujeron en el grito de guerra que ancló con Skay en Mar del Plata al otro año: “Sólo les pido que se vuelvan a juntar”.

Pero no se juntaron. Y está bien. Y lo compartimos entre muchos: colegas, amigos, periodistas y hasta conspicuos redondos. La historia del grupo se refleja perfecta y el eventual retorno no sería más que otro callejón sin salida.

Más de uno guarda aún el recorte del “Sí” que anunciaba a Los Redondos tocando en Santa Fe en el diciembre que después se grabaría en el 19 y 20. El anticipo que quedó en eso. Días antes, el Indio, Skay y la Negra Poli firmaban una carta que ofrecían en exclusiva, y en tapa, a la revista La García (el mejor “refugio” en medios gráficos que la banda encontró en su último traspaso generacional) para contar que “la situación del país” obligaba a cancelar el show previsto para aquel diciembre. Aunque los excedía el país, claro. No es difícil oler, tanto nervio después bajo el melodrama, que la cocina del “año sabático” anunciado y la definitiva separación ya se sentía a punto hervor.

El recorte/afiche no es el único tesoro que aún queda de aquella parábola Córdoba/Santa Fe de cuatro meses; los “piratas” lo fueron y lo siguen siendo para cualquier redondo con años encima (Paladium, Stud, el Cemento con Prodan, Barco María, los Obras, los inéditos de las noches de escape en el Go! marplatense: infinitos) y batallas de días descolgados. El de ese Córdoba 2001 guarda uno casi único. “Cómo la están pasando”, pregunta Solari entre tema y tema. Para la respuesta, mejor auriculares y el “pirata” al mango hoy a la mano en YouTube: “Una cagada, Indio: no venden vino en la villa”, lo sinceran de abajo.

Todo muy celoso, de antemano se sabía que prohibían vender cerveza, fernet y lo que venga cerca del Estadio. Venta, no. Alcohol, sí. Y mucho. El bondi que fletó Leo en 48 casi 13 se cargó el viernes temprano. Salimos con demora de ahí mismo, sobre la vereda del Consulado italiano en La Plata. En el pasillo, después de la primera doble fila donde más de uno ya roncaba de la caravana del mediodía, se estacionaban cuatro heladeras repletas que debíamos ir saltando simulando una rayuela para llegar al fondo. La cafetera, sobre la puerta del baño, no tenía café ni agua; olía uvas. Los del fondo habían hecho el imaginable trasplante.

Somos varios los que todavía pedimos la captura de Leo. Despojado de interés en Los Redondos, organizó un almuerzo “a la canasta” en un descanso entre Rosario y Córdoba para sumar en la caja final. El cuelgue y la siesta casi nos deja sin nada: llegamos a la puerta del Chateau una hora antes, con la avanzada de la policía en pleno auge.

Para los que la evitaron, hubo un recital: el festejado arranque a puro saxo con “Golpe de suerte” (Unos pocos peligros sensatos), mucho Momo Sampler por ser el último CD editado, y los históricos al final: “Juguetes perdidos”, “Preso en mi ciudad”, “Noticias de ayer” y “Jijiji”, que no coronó la noche. Se sabía. No eran ni venían tiempos de sonrisas duras.

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