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Detrás de un teléfono en la cárcel de Villa Devoto, Pedro Cazes Camarero fue el primero en saber que el recién asumido presidente Cámpora finalmente firmaría el indulto para que los presos políticos recuperaran la libertad. Afuera una multitud los esperaba para abrazarlos en la lucha.

El 25 de mayo de 1973 yo tenía 27 años y llevaba dos como detenido político de la dictadura del general Lanusse. Ese día asumió como Presidente Héctor Cámpora, delegado del General Perón. Las demostraciones populares de apoyo en Plaza de Mayo fueron masivas. Al llegar el crepúsculo, una fracción importante de la enorme manifestación comenzó una marcha decidida hacia la cárcel de Villa Devoto, a fin de exigir el cumplimiento de una promesa formulada reiteradamente a sus votantes por el candidato triunfador: la libertad de los combatientes guerrilleros y demás presos políticos.

En el interior de la prisión, la situación era bastante caótica, ya que la noche anterior los militantes encarcelados nos habíamos apoderado del pabellón que ocupábamos y, con ese “territorio liberado”, recibíamos la visita de funcionarios y legisladores del nuevo gobierno, así como de periodistas y familiares. El edificio se hallaba cubierto de cartelones con las insignias de las organizaciones revolucionarias, y en el techo flameaba una enorme bandera celeste y blanca con una estrella roja en el centro, del ERP.

La relación entre nuestra organización por una parte, y las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR) y Montoneros, por la otra, no era del todo fácil. Sin embargo, los prisioneros de todas las corrientes coincidían en la voluntad de recobrar la libertad esa misma noche. Freddy Ernst de los Montoneros, Francisco “Pancho” Rivas, de las FAR, y yo mismo como representante de los miembros del PRT-ERP, esperábamos en cualquier momento algún mensaje del gobierno entrante, en medio de una muchedumbre pululante. Un sonido lento, como de un tambor lejano o un corazón enorme, se escuchaba desde un rato antes. Ninguno acertaba respecto a su procedencia.

Un oficial penitenciario joven, de uniforme y muy emocionado, llegó para convocarnos a una reunión con las nuevas autoridades carcelarias designadas por la flamante administración. Caminamos junto a él por los pasillos desiertos, y el funcionario nos recibió en una oficina repleta de civiles y oficiales nerviosos y desconcertados; desde el gobierno no les llegaba orden alguna, y los lejanos latidos que se escuchaban en el pabellón resultaron ser los golpes de un ariete constituido por un poste telefónico con el que los compañeros de la manifestación intentaban derribar el portón de la cárcel.

El director nos pidió que habláramos con los manifestantes.

Alguien me alcanzó un megáfono. A través del aparato hablé con los compañeros de la calle y me identifiqué, explicándoles que el director de la cárcel les pedía que cesaran el asedio medieval y se alejaran del paredón y de la machucada puerta principal. Las previsibles respuestas desde la calle fueron carcajadas, maldiciones y airadas negativas. Yo les expuse mi punto de vista: que la presencia de una multitud pidiendo nuestra libertad era la única garantía de conseguirla incondicionalmente esa misma noche.

En aquel momento nos interrumpió el joven oficial que servía de chasqui al director: el Ministro del Interior del presidente Cámpora, Esteban Righi, nos llamaba por teléfono. En la misma oficina colmada, atendí el aparato mientras todos me observaban en silencio. Righi exigía que la manifestación se alejara varias cuadras de la cárcel, y que aceptáramos una solución basada en una amnistía votada por el parlamento, que a diferencia del efecto inmediato de un indulto por decreto presidencial, retrasaría varios días nuestra libertad. Tragué saliva. Estaba claro que esa conversación era el momento culminante de un sordo forcejeo político: en el marco de una masiva resistencia popular, la lucha armada había constituido un componente crucial de la caída de la dictadura. Cámpora había realizado toda su campaña prometiendo la libertad inmediata de los combatientes presos. Nuestra liberación, efectuada por indulto presidencial y en respuesta a una enorme movilización, poseía un sentido muy diferente a que ocurriera por una amnistía parlamentaria.

Finalmente Righi cedió y envió a Abal Medina como portador del indulto.

En su tesis “De revoluciones y utopías”, María Florencia Greco transcribe un diálogo de la película Errepé que sirve de conclusión. Allí me preguntaron: “¿Sentiste que ese día podía cambiar algo en serio acá?”. A lo que respondí: “Bueno, ya antes del Devotazo yo estaba convencido que se podía, pero esa victoria fue una materialización, una especie de epifanía como se suele decir. Una sensación de que todas tus esperanzas y todos tus esfuerzos, todo lo que se había sufrido tenía su compensación y gratificación, y que nos estábamos acercando a un clímax en la situación revolucionaria que se estaba viviendo”.

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