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El 26 de julio de 1953 se produjo el Asalto al Cuartel de Moncada. El ataque, encabezado por el joven Fidel Castro, fracasó pero fue la chispa que encendió el motor del proceso revolucionario y le dio el nombre al movimiento revolucionario que cambió la historia de Cuba. La periodista Marta Rojas lo cubrió fortuitamente a sus 20 años, en lo que fue su primer trabajo como reportera.

Cuartel-Moncada-julio-de-1953

En julio del 53 yo estaba en Santiago de Cuba de vacaciones. Si bien había nacido ahí, en esa época vivía en la Habana porque estudiaba periodismo. El 25 a la tarde, salí con unos amigos a disfrutar de los carnavales que se celebran en Santiago. Cuando se hizo de noche me encontré con Panchito Cano, un fotógrafo conocido, y él me pidió que hiciera una crónica de los festejos para la revista Bohemia.

Cuando terminábamos nuestro trabajo, al amanecer del día 26, sentimos unos disparos. Primero confundimos el sonido con los ruidos de cohetes chinos pero luego nos dimos cuenta que se trataba de un tiroteo. Panchito me dijo  “se nos acabó el carnaval” y yo le respondí “vamos a hacer lo de  los disparos entonces”. En ese momento no podía imaginarme que iba a ser testigo de uno de los acontecimientos revolucionarios de la historia cubana, el Asalto al Moncada, llevado a cabo por Fidel Castro, Abel Santamaría, Raúl Castro y otros compañeros. El mismo, organizado en rechazo a la dictadura de Batista, no prosperó pero marcó el inicio de mi carrera profesional en el periodismo.

Una vez que se abortó el ataque, esperábamos la conferencia de prensa cuando Panchito advirtió que estaban interrogando en un cuarto contiguo a dos muchachas (que resultaron ser Haydee Santamaría y Melba Hernández) y me lo comentó. Cuando se me dio la posibilidad, pregunté al coronel Alberto del Río Chaviano sobre esas jóvenes. Él me contestó que no quedaban prisioneros, que todos habían caído, pero le acercaron un papelito donde presumo decía que nosotros teníamos una foto de ellas y ahí admitió que quedaban prisioneros. Esa pregunta probablemente haya cambiado su destino, fueron detenidas pero no asesinadas.

Esa tarde, cuando salimos del Moncada, empezaron a requisar las cámaras de los fotógrafos. En ese momento con Panchito cambiamos los rollos, yo le di los del carnaval que llevaba en los bolsillos de mi saya y él me entregó los otros.

Bajamos por una calle donde había un laboratorio fotográfico comercial donde se hacían las fotos carnet de los soldados y  empezamos a comparar las que nos facilitó el dueño con nuestros negativos para identificarlos. Nuestro material revelaba además que los muertos estaban con la cara destrozada pero el uniforme impecable, prueba de que los asesinaron y después lo vistieron. Ese día sólo hubo seis muertos en combate, los demás fueron ultimados.

Después de eso nos separamos y yo me dirijo a la revista, en La Habana. Cuando llego, pido hablar con el director. Él  no sabía quién era pero cuando le expliqué lo que había pasado me pidió que lo escriba. Mientras redactaba, el jefe recibe una comunicación de un censor. Le advirtieron que no podía publicar nada más que no fuera el informe del estado mayor. La censura no recayó únicamente en Bohemia sino que se dispuso para todos los medios de comunicación.

El director me pagó el reportaje aunque no se pudo publicar y me aconsejó que vaya directo a Santiago de Cuba y que allá hiciera mi vida normal. Pero después de eso no pude hacer mi vida normal, empecé a buscar información de todo lo que se relacionaba con el Moncada y luego logré cubrir el juicio que se le hizo a Fidel.

El asalto al Moncada fue un revés táctico pero resultó prontamente una victoria estratégica que marcó la política revolucionaria del siglo XX en América Latina.

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