COMPARTIR
Miguel Bru.

Por María Mercedes  Rementería

El 17 de agosto de 1993, Miguel Bru fue torturado hasta morir en la Comisaría 9º de La Plata. Tenía 23 años, estudiaba periodismo y formaba parte de una banda de punk rock.  Su muerte marcó una inflexión en la historia del gatillo fácil. Jorge Jaunarena, su amigo, lo recuerda y repasa la lucha de su familia y amigos para llegar a la verdad.

A Miguel lo conocí en 1989 cuando llegué a La Plata desde Neuquén para estudiar periodismo. Yo era muy tímido y él muy extrovertido, la antítesis mía. Enseguida me invitó a su casa y casi todos los domingos iba a comer tallarines amasados por Rosa, su mamá.

Miguel era sumamente generoso, aunque no le sobraba la plata te prestaba cuando necesitabas. También era entrador, recuerdo que íbamos siempre a comer pizza en un bar donde se juntaba un grupo de tangueros, tipos duros, y las primeras veces nos miraron de reojo pero después él se los ganó con sus modos. Y eso pasaba en cualquier lugar donde fuera, lo amaban todos.

Él quería recibirse y hacer periodismo combativo, pero también amaba la música y por eso tenía su banda. En esa época para nosotros la música era trascendental porque los partidos políticos no nos contenían, no nos identificaban. Entonces el rock se convirtió en una forma de militancia y Miguel escribía sus canciones en tono de reclamo.

En 1993 Miguel vivía con algunos chicos de su banda y otros de la facultad en una casa tomada. En abril la policía entró a la fuerza en la propiedad a raíz de una supuesta denuncia por ruidos molestos, aunque preguntaron a gritos dónde estaba la droga.  No encontraron nada entonces rompieron los instrumentos, Miguel no estaba en ese momento y cuando llegó se enojó mucho. Los chicos decidieron hacer la denuncia del atropello pero fue Miguel solo a radicarla.

Hay que recordar lo que era la Bonaerense de principios de los 90, la “maldita policía” de Duhalde. Y también tener presente que los efectivos involucrados pertenecían a la Comisaría Novena (la misma que intervino en la Noche de los Lápices) con injerencia en la zona roja, los estupefacientes y el juego clandestino.

La acusación de Miguel empeoró las cosas, lo empezaron a perseguir, a insultar y amenazar. Cuando me contó, le aconsejé que no anduviera solo, pero nunca me imaginé lo que vendría después. Hubo un segundo allanamiento con una causa armada, sin ninguna denuncia cierta. La búsqueda de droga otra vez dio resultado negativo.

Miguel puso distancia y se fue a cuidar la casa de unos amigos en la localidad de Bavio y ahí desapareció. De eso me enteré en medio del torneo interno de fútbol en la facultad, vino un amigo diciendo que la novia de Miguel lo había ido a buscar y no lo encontró.

Al otro día supimos que habían encontrado la ropa al lado del río y pensamos “se ahogó”. Fuimos al lugar y vimos patrulleros merodeando. Cuando recurrimos a la comisaría a pedir que lo busquen nos hicieron preguntas sospechosas. Eso nos llevó a atar cabos con la denuncia que había hecho Miguel, la persecución, las amenazas y empezamos a sospechar de la policía.

El juez, Amílcar Vara, nos citó a declarar a sus amigos, pero no dejaba asentado lo que decíamos sobre la policía, repetía “sin cuerpo no hay delito”. La falta de respuestas de la justicia nos llevó a los familiares y amigos a organizar las marchas.

Los medios ayudaron a que las cosas cambiaran. Incluso Rosa (que había empezado a investigar por su cuenta) entregó a un diario el audio con un testimonio que probaba que Miguel había sido torturado dentro de una celda de la comisaría. La presión mediática y social llevó al apartamiento del juez y al juicio a los policías.

El veredicto fue cadena perpetua para el subcomisario Walter Abrigo y el suboficial Justo López por tortura seguida de muerte y dos años para el Comisario y el responsable del libro de guardia. Sin estar el cuerpo de Miguel un juicio condenatorio sentó precedente y fue satisfactorio. Pero también pensábamos que algún acusado se iba a quebrar y decir dónde estaba Miguel y no fue así. Aún buscamos su cuerpo, Rosa tiene más esperanzas que nosotros en encontrarlo y una gran fortaleza que nos impulsa a seguir la lucha por Miguel y por otras víctimas del abuso policial.

 

SIN COMENTARIOS

RESPONDER