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Por María Mercedes  Rementería

En septiembre de 2001 el mundo se estremeció con los atentados en el World Trade Center y el Pentágono de Estados Unidos. Mientras las primeras versiones apuntaban a Osama Bin Laden y Al Qaeda como los únicos responsables el tiempo demostró que el tema era mucho más complejo. El politólogo Atilio Borón nos cuenta sus impresiones del hecho.

El 11 de septiembre de 2001 estaba llegando a mi oficina y me entero por la radio que se había producido un accidente en Manhattan, un avión se había estrellado contra las Torres Gemelas. En la oficina prendí el televisor y vi la repetición del primer choque contra una de las torres. Mientras especulaba sobre qué podía haber pasado, mostraron la toma del segundo avión que chocaba contra la otra. Ahí no me quedó la menor duda de que se trataba de un atentado terrorista, aunque era muy prematuro conocer los detalles. Recuerdo que quedé petrificado viendo esa escena.

En ese momento una de mis hijas trabajaba allá como médica y el quedar totalmente incomunicados me provocó una gran intranquilidad. Después de una hora y media de llamadas infructuosas pude dar con ella, me dijo que al enterarse de lo que pasó decidió no salir de su casa. Eso me alivió.

Hoy analizando el hecho fríamente, quince años después, se puede decir que marcó un hito importante en la historia imperialista de EE.UU. Les sirvió de pretexto para atacar Pakistán, Irak, Afganistán y declarar la guerra contra el terrorismo, creando una nueva doctrina de seguridad nacional. Aunque con el paso del tiempo los acontecimientos se tornaron más complicados de lo que preveían en un comienzo.

La idea de que las torres fueron volteadas por aviones se volvió insostenible. Expertos norteamericanos comprobaron que cayeron porque se había colocado material explosivo en sus cimientos. No hay que pasar por alto un factor que la prensa ha ocultado sistemáticamente, el derrumbe de una tercera torre, más chica, ubicada a un costado, que a las cinco de la tarde se desplomó sin que ningún avión interviniera. Su desmoronamiento en ángulo recto (como las otras) fortaleció la teoría de los explosivos. Sumado lo del Pentágono, donde no quedó ningún rastro del avión que supuestamente lo atacó.

Cabe aclarar que las investigaciones a las que me refiero fueron más allá de los datos aportados en la versión oficial, porque desde el Estado se llevó adelante un ocultamiento planificado de la información. Algo usual desde el asesinato de Kennedy, donde oficialmente se sigue sosteniendo que un solo hombre fue capaz de matar al presidente disparando desde diferentes ángulos, hipótesis que no hay forma de sostener hoy.

El accionar de las autoridades norteamericanas hizo sospechar que los ataques formaron parte de una conspiración urdida desde adentro de los EE UU. En ese escenario, los que secuestraron los aviones fueron cómplices, conscientes o no, de esa maquinación.

La teoría del autoatentado cobró fuerza a medida que pasó el tiempo, si lo analizamos  no es la primera vez que EE.UU. lo hace. Recordemos que la pérdida del acorazado Maine en la Bahía de La Habana también lo fue. Cuando ocurrió lo de Pearl Harbor ellos sabían que los japoneses iban a atacar y no hicieron nada para evitarlo.

¿Cuál sería su interés en este caso? Por un lado, el apoderarse del petróleo de Medio Oriente, sentar sus bases ahí, terminando con algunos de sus rivales más importantes en la región. Por otra parte, cimentar el complejo militar industrial, no hay que olvidar que este gana dinero cuando hay guerra, cuando no la hay va a la bancarrota. Y los gobiernos norteamericanos son títeres del complejo militar industrial.

En síntesis, tras el 11S vivimos una envestida arrolladora del imperialismo. Adoptada la doctrina de guerra infinita contra el terrorismo, nos convertimos en testigos de un imponente incremento de los gastos militares y los protocolos de seguridad. Todo envuelto en un manto de dudas sobre lo que realmente ocurrió en 2001, ¿si se sabrá alguna vez la verdad?, la conspiración de silencio dispuesta por la Casa Blanca no nos permite ser optimistas. Mientras tanto el mundo sufre las consecuencias.

 

 

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