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Cuando Germán Bonanni tenía 19 años integró la Compañía C del Regimiento 7 que combatió en la Guerra de Malvinas. Ahora se desempeña como coordinador de Veteranos de Guerra del Consejo Escolar platense, forma parte del CECIM, y recuerda sus días en las islas, a donde los chicos fueron enviados y abandonados por una dictadura en retirada.

Entré al servicio militar en el año 81, tenía fecha de baja el 6 de abril del 82. El 2 de abril yo estaba de guardia en la cuadra, que es donde se duerme, y en la madrugada nos levantaron a todos para decirnos que se habían tomado las islas. En ese momento lo tomábamos con algarabía porque uno no sabía qué era lo que realmente iba a pasar y suponía que iba a estar un poco al margen de todo eso.

Nunca nos dijeron directamente “ustedes van a Malvinas”, hubo movimientos extraños con respecto a lo que había sido el año. Teníamos una leve sospecha, pero suponíamos que nosotros íbamos a ir a Río Gallegos, por ejemplo, o a algún lugar del sur, y los del sur que estaban más acostumbrados al clima iban a ir a Malvinas. Dos o tres días antes nos dijeron que íbamos a ir, pero siempre te quedaba esa cosita de “nos están mintiendo”. Recién cuando pudimos ver las islas por la ventanilla del avión caímos en la cuenta de que era cierto.

Allá tuvimos muchas dificultades, nosotros habíamos nacido en el año 62 y los fusiles que teníamos eran del año 63, se trababan, algunos FAL andaban solo tiro a tiro, cuando deberían disparar ráfagas, otros ni siquiera funcionaban. Otros soldados tenían las ametralladoras que usaba la policía, las PAM, lo cual para una guerra es irrisorio porque tienen muy poco alcance.

Pero nuestro problema principal fue el clima. Donde estábamos nosotros, al pie del Monte Longdon, el lugar era prácticamente llano, entonces teníamos que cavar para hacer las trincheras, pero cuando cavábamos medio metro se llenaba de agua. Como tenías que quedarte ahí indefectiblemente, te mojes o no te mojes, amanecías empapado hasta los hombros. Era, todas las mañanas sacarte la campera con la que dormías, ponerla a secar (cuando no llovía), para estar medianamente en condiciones. El frío era muy intenso, siempre temperaturas bajo cero acompañadas de un viento tremendo.

En un mismo agujero, o trinchera, nos dejaron ponernos a cuatro que habíamos hecho el servicio militar juntos, lo único que podíamos hacer ahí era hablar y uno siempre habla de lo que más le duele y, en ese momento, era el hambre, entonces siempre hablábamos de comida y que cuando lleguemos vamos a comer veinte kilos de asado y que las pastas y que las milanesas. Uno de los chicos me contaba que la madre hacía unas albondiguitas con tuco fantásticas, les pone cebollitas, morrón, primero las pasa por pan rallado, después a la salsa, con un poquito de orégano, me contaba todos los detalles, ese era el tema diario. Dos meses después de la guerra fui a visitarlo para su cumpleaños, la madre había cocinado albondiguitas, comí una y sentí que ya las había probado, que ya las conocía. Era la sensación que me había quedado, esas albondiguitas las había probado en la isla.

La rendición fue evidente, el 12 de junio toman el Longdon, nosotros estábamos abajo y veíamos todos sus movimientos. Esa noche no nos podíamos mover, nos mataron a bombazos. Lo único que podíamos hacer era taparnos parte de la cara con los cascos, agarrarnos de las manos con nuestro compañero y esperar que no nos peguen. La noche del 13, esperábamos la orden de repliegue para retirarnos hasta el Puerto Argentino y juntarnos con la compañía que seguía. Esa orden no llegó nunca, lo  único que había ahí era un cabo primero, quien nos dijo: “muchachos para mí el Puerto Argentino queda para aquel lado, el que me quiera seguir que me siga y el que no, que vaya para donde quiera”, nosotros habíamos ido a buscar comida unas cuantas veces, así que más o menos sabíamos el camino. Corrimos de noche, bajo el bombardeo.

Recién cuando pudimos bajar nos encontramos con los jefes de compañía y los de sección. Puedo asegurar que a mí no me pasó nadie corriendo. La conclusión es obvia, se fueron cinco o seis horas antes que nosotros. Esas son cosas imperdonables. Se puede admitir que yo tenga miedo, pero un tipo instruido, que estudió, hizo la carrera para eso; no solo tiene miedo sino que nos deja solos. Era así, yo baje 20 kilos y mi jefe de compañía volvió más gordo.

Las guerras son para que mueran los pibes, ahí mueren Juan, Pedrito, Carlitos… no muere Galtieri, ni Tatcher. El que muere acá es el soldado, uno se da cuenta de esas cosas, se da cuenta que las guerras son para las grandes potencias, para los que fabrican las armas, los aviones y después un imbécil se cree que tirando cuatro piedras los vas a pasar por encima y pasa lo que pasa, 600 muertos injustificadamente.

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