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43 años sin el Padre Mugica

Carlos Mugica formó parte del Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo durante las décadas de 1960 y 1970 y tuvo un rol activo en las luchas populares hasta el  11 de mayo de 1974, cuando fue asesinado por la Triple A. Eduardo de la Serna (integrante del Movimiento de Curas en la Opción por los Pobres) cuenta cómo, desde el sacerdocio, obró para cambiar la realidad social.

 

Cuando cursaba el  cuarto año del colegio secundario, estaba en la militancia cristiana adolescente y con otros compañeros del grupo empezamos a trabajar en villas y barrios. Yo conocía a una prima del padre Mugica y eso me permitió contactarme con él.

Si bien no fui íntimo amigo de Carlos, durante mis dos últimos años del colegio, colaboré en la Villa 31 donde él trabajaba, fui a varias misas de las que daba allí y tuvimos muchas charlas. Incluso seguí en contacto hasta su muerte, recuerdo que unas semanas antes hablamos por teléfono para arreglar un encuentro.

Para mí Carlos era un cura con todas las características que debe tener un cura. Con errores, con pasiones y con una generosidad sin límites. Espero llegar a ser la mitad de cura de lo que era él.

Si me preguntan, yo no estoy de acuerdo cuando dicen que era un cura villero, porque su trabajo no se limitaba a la villa, de hecho no vivía ahí. También era profesor en la Universidad del Salvador, daba conferencias, celebraba misa en barrios más o menos acomodados.

Hacía mil cosas, era una máquina de laburar pero todo era un acto de entrega a favor del pobre. Sus compañeros le decían la bestia, porque el tipo estaba en todo y todo lo hacía con pasión. Trabajaba como bestia, rezaba como bestia, jugaba al fútbol como bestia,  se entregaba como bestia y lo mataron como bestia.

Esa noche, como todos los sábados, Carlos celebró la misa en una parroquia de Villa Luro. Después de la ceremonia tenía una comida pero antes tuvo que arreglar un problema de un pibe que vivía en la capilla de la villa. Tardó unos diez o quince minutos en solucionarlo y cuando salió de la iglesia, escuchó que lo llamaron “padre” e inmediatamente lo ametrallaron. Ricardo Rubens Capelli, su compañero ocasional que lo había ido a buscar para llevarlo al asado, también recibió disparos.

Ambos fueron trasladados al Hospital Salaberry, Carlos llevó la peor parte porque murió, pero Ricardo se salvó. Hace muy pocos años se supo que el médico que los atendió,  cuando vio el estado de los dos decidió empezar con la operación de Carlos dada la gravedad y él le pidió que primero atienda a su amigo, priorizándolo por encima de su vida.

Si bien se esbozó la versión de que a Mugica lo habían matado los Montoneros, eso constituyó una mentira creada por esos que meten palos en la rueda. Convengamos que con los Montoneros estaba llevándose bastante mal pero eso no implica que ellos hayan sido los culpables. Siempre estuvo claro quiénes fueron los autores, los asesinos pertenecían a  la Triple A.

Él tuvo problemas muy serios con López Rega estando en el Ministerio de Bienestar Social. Por eso lo denunció y es ahí cuando el líder de la Triple A ordenó matarlo. En charlas que mantuvo con su hermano le comentó su sospecha de que había ordenado ultimarlo. Así la triple A tuvo su bautismo de fuego, en el pre genocidio, con Mugica.

Carlos dejó un legado maravilloso porque supo ser una voz crítica muy firme. Él no fue un tipo que decía pobre los pobres, ayúdenme a darles de comer a los pobres, sino que hacía una clara denuncia contra el sistema económico y político, muchas veces con nombre y apellido. Basta mirar los reportajes que dio y las cosas que escribió. Ese accionar, desde la perspectiva genocida, sirvió para justificar el crimen.

Su entierro fue una multitudinaria manifestación de gente de la villa. Cada año en el aniversario de su asesinato se celebró y se celebra una misa en su memoria. A partir del retorno de la democracia y con el paso del tiempo se forjó un mayor rescate de su figura, que permanece viva en nuestra historia.

 

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