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A los 77 años, López fue secuestrado por segunda vez en su vida. Fue el 18 de septiembre de 2006, cuando debía prestar alegato ante la eminente sentencia a uno de sus verdugos en los días de la dictadura, Miguel Etchecolatz. La otra querellante en la causa era Nilda Eloy, quien recuerda a su compañero y sigue luchando por memoria, verdad y justicia, todavía en democracia.

El 18 de septiembre de 2006 era el día en que nosotros como querella, Jorge, yo y la Asociación de ex Detenidos y Desaparecidos, presentábamos el alegato en la causa Etchecolatz. O sea que los dos sabíamos que teníamos que estar sí o sí.

Los días previos hablamos muchas veces por teléfono. Él estaba muy ansioso, quería ver a los ojos a Etchecolatz. Me llamaba y me preguntaba: “¿estás segura que va a estar?”, porque se había quedado con mucha bronca de no poder decirle en la cara lo que tenía para decir.

Conocí a Jorge en 1999, en el marco de los Juicios por la Verdad. Yo estaba en el hall de entrada y escuché a una persona que hablaba con otra y hacía una descripción del lugar donde había estado detenida. Y esa descripción era la misma que hacía yo y que nunca había coincidido con ninguna otra. Hasta ese momento no se hablaba del Pozo de Arana. Ahí me acerqué y empezamos a vernos. Él tenía mucha necesidad de hablar con alguien, de contar todo lo que había guardado y recordado minuciosamente, porque en su ámbito más cercano nunca lo había contado. Como éramos casos nuevos y ambos podíamos identificar a Etchecolatz de la misma manera, se abrió esa causa que terminó siendo la primera en avanzar y que incluía a otras 6 víctimas de homicidio.

A los alegatos, Jorge iba a ir nada más que con Gustavo, su hijo menor, y Hugo, un sobrino. Habíamos quedado en encontrarnos a las 9 y cuarto de la mañana en la puerta de la Municipalidad de La Plata, donde se realizaba el juicio, porque yo tenía sus entradas. Cuando llegaron Gustavo y Hugo me dijeron: “el viejo no está”. No sabían si se había venido antes. Automáticamente me fui para adentro para ver si estaba ahí. Cuando vuelvo a la puerta, Gustavo me contó que estaba la ropa preparada en la silla, y yo automáticamente dije “lo chuparon”. No podía pensar en que pudiese haber otro motivo para que el viejo no estuviera.

A la Justicia le llevó un año y medio elevar la carátula a “desaparición”.

La familia hizo la denuncia policial a eso de las 11 y media de la mañana. El juicio arrancó cerca del mediodía, el tribunal tenía muchas dudas y no quería tomar la querella de Jorge porque él no estaba. Fue un momento terrible. Hasta que un compañero del público se para y les grita: ¡“el compañero está desaparecido”! Ahí entonces contemplaron la situación y permitieron el alegato de los abogados.

Una vez que terminó la sesión, fuimos al juzgado y presentamos un hábeas corpus. Eso fue muy fuerte. Cuando lo estaba firmando, me di cuenta de que lo que yo estaba haciendo era lo que habían hecho por nosotros miles de familiares durante la dictadura.

Dos días después se leyó el veredicto. Del momento de la sentencia recuerdo tenerlo en frente, en línea recta a Etchecolatz, mirarlo fijamente. Pero yo tendría que haber tenido al viejo al lado y lo que tenía era una silla vacía.

Afuera, en la Plaza Moreno había una multitud con una sensación encontrada. El fallo fue un logro mayúsculo, fue el primero después de que cayeran las leyes de Punto Final y Obediencia Debida, dio cadena perpetua a Etchecolatz y reconoció judicialmente que lo que habían hecho era un genocidio.

Han pasado 8 años. Todavía no tenemos nada. La causa, que consta de veinte mil páginas, pasa de una fiscalía a otra en esos carritos que se usan para las mudanzas y nunca se avanza. La bandera de los derechos humanos queda sólo en bandera. Desde el 83 a esta parte hay más de 200 argentinos desaparecidos. Y acá no se cuentan los casos de trata de personas. El impacto de la desaparición de Jorge fue tan fuerte, sigue siendo tan fuerte, que si uno dice López (que es uno de los apellidos más comunes de nuestro país) todos saben que se habla de un ex detenido desaparecido que volvieron a desaparecer en democracia. Y eso se supo desde el primer día, a pesar de que se haya montado una campaña para silenciar y confundir, como si se tratara de un viejo que se perdió. A 4 días del secuestro, el entonces ministro del Interior, Aníbal Fernández nos dijo: “¿Y qué sé yo si no está tomando el té en la casa de la tía?”.

La marca de la desaparición de López es tan grande que recordó a todos la herencia de la dictadura y el terror. Y el pueblo se movilizó, salió a las calles en todo el país y dijo “nunca más”. El tema es que con desaparecidos en democracia, ese nunca más no existe, sino que es un todavía.

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