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Leonardo Sechi fue delegado de la seccional Tolosa de La Fraternidad durante la huelga ferroviaria de 1991 que se extendió desde el 13 de febrero hasta el 28 de marzo, y que terminó siendo el último triunfo obrero antes del vaciamiento y desguace de Ferrocarril Argentino.

Desde el 89 y 90, veníamos observando con preocupación que se comenzaban a poner en práctica las recomendaciones surgidas de los informes del Banco Mundial, de achicar y liquidar los ferrocarriles. En 1990 se dio el pase compulsivo a la DGI de más de 1500 trabajadores pertenecientes al gremio del Personal de Dirección, intentando desguazar el ferrocarril desde la cabeza. Al mismo tiempo el laburante iba perdiendo el sueldo por la inflación y particularmente los ferroviarios estábamos muy mal.

En ese contexto llegamos al primero de febrero de 1991, cuando nos reunimos en la Seccional Kilómetro 1 del Roca, en Constitución para decidir el plan de lucha. Se decidió un paro de 24 horas el 5 de febrero. El paro fue espectacular, un parazo.

Ahí Menem dijo: “los quiero a todos en la calle”. Propusimos un paro por 48 hs para el 13 y 14 siguiente, con la posibilidad de declararlo por tiempo indeterminado si el gobierno cumplía con la amenaza de cesantear a los “rebeldes”. Todo era decidido en asamblea y plenarios. En total paramos 27 seccionales de La Fraternidad y 4 de señaleros. Pero después empiezan a caer las cesantías. Ahí comienza entonces la huelga que se va a sostener durante un mes y medio.

Una de las características fue que estuvo encabezada por una conducción joven, antiburocrática. La asamblea le daba mandato a un delegado y se participaba en los Plenarios de seccionales ferroviarias, que muchas veces se realizaban en clubes o grandes salones, con tribunas de trabajadores que defendían posiciones y se expresaba esa verdadera democracia. Era expresión de la base.

Fue durísimo, pero se resistió y se aprendió mucho. Los locales de las seccionales empezaron a llenarse y se logró modificar la lógica a la que siempre apuntó la burocracia, que era la de un paro como un día dominguero, donde el laburante lo toma como un feriado. Ahora los compañeros venían y nos organizábamos porque veíamos que podía ser para largo. Había comisiones que garantizaban desde la comida y los medicamentos, hasta la atención de los compañeros y las familias que podían llegar a quebrarse o convertirse en carneros a partir de la presión y las promesas de la burocracia.

Es importante resaltar el papel de las mujeres y las familias en la huelga, porque además de que no se puede ir a la lucha sin el apoyo familiar, se trata de un gremio machista, donde casi todos los trabajadores son hombres, entonces fue fundamental la participación femenina en la primera línea de las tareas y actividades.

Al cabo de 15 o 20 días ya había más de 2000 despidos y a nadie le extrañaba encontrarse con el telegrama cuando llegaba a su casa. Llegaron a haber más de 80 seccionales en huelga y el 95% de los ferroviarios estuvo en paro.

El 28 de marzo se realizó un plenario en Santos Lugares donde se votó la aceptación de la nueva propuesta ofrecida por el gobierno, que reconocía a los delegados y reincorporaba a los despedidos. La huelga se levantó formalmente en Plaza de Mayo junto a compañeros que estaban en huelga de hambre y de Las Madres de Plaza de Mayo en su tradicional ronda de los jueves.

Volvimos al trabajo el 29 de marzo, un Viernes Santo, y fueron los compañeros cesanteados los que manejaron las locomotoras. Del reclamo salarial que originó el paro se logró un aumento varias veces superior al logrado por otros gremios, fue entre el 70 y el 100%. Fue un triunfo obrero.

Un año después, a fines del verano del 92 tuvimos otra huelga extensa, de 38 días, pero cometimos muchos errores y fuimos derrotados, marcando el inicio de los cierres de los ramales. El gobierno logra consolidarse, la burocracia se recompone y penetra muy fuerte el individualismo, el exitismo y todo el armado mediático. Vino esa campaña que decía que el ferrocarril era deficitario, el famoso “ramal que para, ramal que cierra” y lograron destruirlo. De los 35 mil kilómetros de vías, Menem los redujo a 8 mil. Más de 70 mil laburantes quedaron en la calle.

En marzo del 93, el gobierno cierra Ferrocarriles Argentinos y cancela los servicios interurbanos de pasajeros. Después vendrá también la entrega a las concesionarias que perduran hasta el día de hoy.

Si bien fui despedido en enero de 1994, el mismo día en que se terminó mi fuero gremial, me sigo definiendo como un ferroviario, como tantos otros compañeros que seguimos luchando por aquellos ferrocarriles, por la vuelta a manos del Estado y el control de los trabajadores y los usuarios. Hoy empezamos a ver también una conciencia de clase en trabajadores jóvenes que desprecian a la burocracia y se organizan desde la base. Con ellos compartimos la lucha, porque al fin y al cabo es esa encarnadura entre el laburante y el hierro lo que pone a andar los trenes y contra eso no hay nada que se pueda interponer.

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