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Nació en un campo del partido de Pergamino el 31 de enero de 1908 y falleció en Nimes, Francia, el 23 de mayo de 1992. Sus padres lo llamaron Héctor Roberto Chavero, aunque él decidió nombrarse Atahualpa Yupanqui, que en voz quechua significa, “el que vino de lejanas tierras a decir… a contar”. A 21 años de su muerte, su hijo, Roberto “Coya” Chavero lo recuerda ahí, eterno, con los ojos fijos, clavados en ese paisaje llamado humanidad.
Yo nací en septiembre de 1948, y mi padre se fue en diciembre del 48 al exilio. Es decir que todavía yo era un bebé de pecho cuando mi padre debió irse. De modo, que se puede decir que conocí a mi padre recién en el 52, cuando él pudo regresar. Yo tenía casi 4 años.

Yo no ando por ahí diciendo “soy el hijo de…”, porque lo que guardo de mi relación de hijo es lo mismo que guardo como seguidor y multiplicador de su obra.

Él no daba consejos, no andaba por ahí dando enseñanzas. Era un hombre libre que permitía la libertad de los demás, que dejaba que el otro pudiera equivocarse y aprender del error. Él no daba respuestas, transmitía sabiduría a partir de mensajes que sirvieran como empujones para que cada cual se animara a pensar, a interpretar libremente.

Yupanqui fue un hombre político, crítico de la sociedad capitalista moderna, fue militante del Partido Comunista, al que renunció públicamente en 1952. Su militancia fue por la tradición criolla, por la libertad, igualdad, fraternidad. En su canto y su mirada, evidencia los desastres que hacen los poderosos y llama a la conciencia de los sumergidos, a que no acepten el yugo de los explotadores.

Eso que él cantó es parte de su historia.

Mi padre le ha cantado al exilio. Hay diferentes exilios, por ejemplo, hay algunos obligados por cuestiones político-partidarias, y hay otros que se expresan de otra forma menos visible y tienen que ver con exilios socioeconómicos que impulsan a la gente a dejar su lugar y buscar otro donde poder desarrollar mínimamente su vida, satisfacer sus necesidades básicas. Mi padre vivió esas dos formas de exilio.

Atahualpa Yupanqui fue prohibido durante el peronismo entre los años 48 y 55. Fue perseguido, torturado y padeció dos intentos de asesinato, primero en Lanús y después en Córdoba. Luego tuvo un periodo en que no estuvo explícitamente prohibido, pero en el que no lograba trabajar en el país, no era escuchado, era muy maltratado por la crítica, es decir que a pesar suyo, tuvo que marcharse.

Si bien la contrapartida de ese destierro fue que la música tradicional argentina tuvo un reconocimiento internacional tanto en Europa como buena parte de Asia y África, el dolor por no poder vivir donde uno quiere y siente es muy grande.

Ya durante la última dictadura militar fue imposible que pudiera vivir en Argentina, porque incluso –según consta en un documento del Ministerio de Defensa-, llegaron a sostener que había que destruir todo lo que tuviera que ver con Atahualpa Yupanqui porque él era “un comandante del ERP con asiento en París”.

Cuando él falleció, un poco había quedado en el olvido. Su palabra no tenía mucha presencia. Por suerte, eso se ha revertido. De cualquier manera, no creo que la sociedad tenga una deuda con Yupanqui, sino que la tenemos como sociedad misma, porque mi padre hizo lo que quiso, escribió, cantó, interpretó y dejó una obra que sigue ahí, que nos invita a encontrarnos con nosotros mismos, que nos recuerda quiénes somos, de dónde venimos y que nos ayuda a saber hacia dónde tenemos que ir.

Yupanqui sigue siendo una referencia incómoda y molesta para un sector importante de la sociedad. Pero aún cuando en las radios comerciales sigan sin pasar un tema suyo, Yupanqui gana lugar día a día y hoy está cada vez más presente, hay 32 escuelas públicas que llevan su nombre en nuestro país.

A 21 años de su muerte, a mi padre lo tengo permanentemente presente, al igual que a mi madre, ellos están conmigo todo el tiempo, como le pasará a la mayoría de las personas, pero en el caso de mi padre también lo tengo encima con toda su obra.

Yupanqui se me aparece en las multitudes, en los rostros en las terminales de ómnibus, en los trenes del conurbano cargado de obreros, en las canchas de fútbol. En esos rostros veo a mis compatriotas descendientes de negros, de ojos aindiados, narices aguileñas y caminar pausado. Ahí veo el paisaje humano, la historia detrás de esos hombres y mujeres que habla de todos nosotros.

La obra de Yupanqui es esa, es una obra que nos permite descifrarnos y al mismo tiempo nos toma examen, nos interpela para que definamos si somos turistas de un país o somos viajeros, siendo parte y reconociéndonos como parte de nuestra naturaleza. En ese reencuentro es posible que podamos construirnos como pueblo, esa es la enseñanza y la herencia que nos dejó Atahualpa Yupanqui.

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