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A Gustavo, el hijo de Nora Cortiñas, se lo llevaron el 15 de abril del 77. Quince días después las Madres de detenidos desaparecidos se juntaron por primera vez en la Plaza de Mayo. No caminaron en ronda ni era jueves, ni llevaban pañuelos, pero ahí estaban esas 13 mujeres que salieron a plantarse a la dictadura y escribieron para siempre un testamento irrenunciable para la historia de nuestro país: Memoria, Verdad y Justicia.

Las madres de los chicos desaparecidos andábamos de aquí para allá, preguntando en todos lados. Hasta que un día de abril, una de las madres, Azucena Villaflor que estaba en una de las oficinas dependientes de la Marina donde hacían ficheros de las denuncias que llevábamos, propone que en vez de ir a escuchar a un Monseñor hipócrita mejor ir para la Plaza de Mayo y reunirnos ahí, para que viera toda la gente lo que estábamos denunciando y pidiendo. Esa primera marcha, que en realidad fue una especie de reunión de 13 madres y una joven que buscaba a su esposo, sucedió el 30 de abril de 1977, hace 37 años.

A mi hijo Gustavo lo desaparecieron el 15 de abril de ese año. Yo conocí a las madres un par de semanas después. Todavía ni siquiera caminábamos, nos reuníamos llenas de incertidumbres, buscando un lugar para contar esto que estaba pasando en el país y al mismo tiempo conocernos entre nosotras.

La marcha comenzó cuando los policías y los militares empezaron a hostigarnos amparados en que había estado de sitio y que no podía haber más de dos personas reunidas, y entonces nos forzaron a caminar. Y ahí empezó la ronda, que en esos primeros días tampoco fue de los jueves sino de los viernes hasta que una madre dijo: “nos estamos reuniendo los viernes, un día con erre, y eso trae mala suerte”. Entonces otra contestó “quedan lunes y jueves”. Como los lunes eran días de lavar la ropa, y muchas éramos amas de casa, elegimos el jueves.

A fines de ese año secuestran a Azucena, Esther, a Mary y a las monjas francesas, intentando disolver el movimiento. El sacudón en nuestras casas es muy grande. Y el miedo. Pero no bajamos los brazos..

Otro símbolo, el pañuelo blanco, fue algo que se nos ocurrió para fines del 78, previo a una peregrinación a Lujan, en una caminata. Entonces nos preguntamos, cómo vamos a conocernos por el camino, habiendo madres de tan diferentes lugares. Y ahí surgió la idea de un pañuelo blanco. En ese momento como no podíamos salir a comprar un pedazo de tela y todas teníamos algún nietito en la familia, usamos los pañuelitos de gasa que usaban los bebés, doblados en triángulo. Con el tiempo les pusimos el nombre de nuestros hijos y la fecha en que fueron desaparecidos y después le imprimimos la consigna “memoria, verdad y justicia”.

Así arrancó esta historia que golpeó todas las puertas, que caminó todos los caminos y ese pañuelo sigue todavía perturbando a los responsables: a militares, jueces, a los cómplices civiles, a la Iglesia que saben que nosotras llevamos las luchas de nuestros 30 mil hijos detenidos desaparecidos. Y vamos a seguir, porque faltan que se abran los archivos y que nos digan qué pasó con todas y todos, que digan a quiénes entregaron los bebés nacidos en cautiverio y poder recomponer las historias para que los jóvenes conozcan su verdadera identidad y la verdadera identidad de nuestro pueblo.

El camino lo marcó Azucena. Fuimos aprendiendo también entre nosotras a defender a los hijos y a reivindicarlos sin miedo. Porque al principio uno decía “Yo no sé en qué estaba mi hijo. Yo no hablaba con mi hijo”. Porque en ese momento no ibas a decir “mi hijo era militante político”.

El avance nuestro, el tomar conciencia, primero fue comprender el por qué y el para qué se los llevaron. El por qué es porque eran militantes. El para qué lo fuimos sabiendo a medida que estuvimos en la calle caminando con los sindicalistas, con los docentes, con los médicos, con la gente que estaba siguiendo la lucha que habían tenido nuestros hijos, nuestras hijas. Y era implementar esta política económica de opresión neoliberal, de hambre, de falta de trabajo, de achicamiento de un país rico, transformarlo en un país empobrecido.

En este tiempo fuimos aprendiendo que nuestros hijos luchaban por la liberación del país. Y esos deseos de nuestros hijos e hijas todavía no se cumplen, así que  nosotras vamos a seguir.

Se ha avanzado mucho pero ni la transformación de la ESMA y de otros centros clandestinos en espacios de la memoria, o la declaración de inconstitucionalidad de las leyes de Obediencia Debida y Punto Final pueden ser una moneda de cambio para lo que quería mi hijo y por lo que luchaba.

Porque yo estoy segura que, donde esté enterrado, él seguirá los pasos de su madre, y dirá “Bueno, tené fuerza”. Por eso, si alguna vez yo dudé, o alguna vez dije “Bueno, esto hasta cuándo, de qué va a servir”, escuché la voz interior que me decía “Tenés que seguir hasta el final, porque hay que conseguir lo que nosotros no pudimos conseguir”.

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