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Miriam Lewin tenía veinte años y estaba secuestrada en la ESMA cuando Kempes empujó, metió la plancha y anotó el 2 a 1 en tiempo suplementario. Luego Bertoni cerraría el resultado con un remate a un arco holandés vacío. Era el 25 de junio de 1978 y la Argentina se consagraba campeón mundial. En la tribuna del Monumental, Videla festejaba. En la ESMA también festejaba Astiz en la cara de los detenidos desaparecidos que asumían que ese triunfo extendería el terror todavía aún más.

Entre el 1 y el 25 de junio de 1978 se disputó en nuestro país la Copa Mundial de Fútbol. La organización de tamaño evento fue utilizada por la Dictadura de Videla y compañía como campaña propagandística y era una prueba de fuego para los militares que intentaban neutralizar las voces internacionales que se hacían eco de las denuncias de los organismos de derechos humanos.

El triunfo por 3 a 1 de la selección nacional por sobre Holanda terminó redondeando un escenario ideal para los genocidas. Los goles de Mario Kempes y Daniel Bertoni se gritaron a toda garganta en todo el país y en el estadio Monumental, donde los miembros de la Junta entregaron el trofeo al capitán Daniel Pasarella.

Desde la Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA) a escasas cuadras de la cancha de River, se podían escuchar los cantitos. Allí funcionaba uno de los centros clandestinos de detención y tortura más grandes del país.

Una de las detenidas desaparecidas era Miriam Lewin, quien tenía por entonces 20 años, militaba en la JUP y había sido secuestrada el 17 de mayo de 1977.

Este es el Mundial que vivió aquella joven que luego se convertiría en periodista:

En un recinto diminuto de la Pecera, en el tercer piso del Casino de Oficiales de la ESMA, el corazón del centro clandestino de detención de la Marina, habían dispuesto un televisor. Había algunas sillas en las que se alternaban los prisioneros y algunos oficiales, entre ellos Alfredo Astiz. Mi mirada no se dirigía a la pantalla, sino a los rostros con ojos fijos, atentos, a las espaldas tensas, expectantes. Afuera, seguramente, en millones de casas, algunas con una ausencia irreparable, familias argentinas alentaban pese a todo a la Selección. El triunfo ante Perú había abierto las puertas de la gloria. El que no salta es un holandés, habíamos visto que gritaban masas entusiastas de hinchas de todas las edades y sexos.

El Mundial era un descomunal dispositivo de propaganda puesto en marcha por la Junta Militar para contrarrestar las verdades que del país se decían en el exterior. La campaña antiargentina, desplegada por apátridas enemigos, según la describían. En la Argentina no había desaparecidos, no había campos de concentración, se nos decía en la cara a quienes éramos la prueba de lo contrario.

Terminó el partido. Argentina Campeón. Hubo risas nerviosas, festejos medidos, algún abrazo. El Tigre Acosta, el jefe del grupo de tareas, dispuso que había que salir a celebrar. No le faltaban razones para la euforia. Miles de personas se estaban volcando a las calles, envueltas en banderas celestes y blancas, con gorros y vinchas, con alegría desbordante.

La Junta había logrado demostrar que todos los habitantes del suelo patrio estaban unidos. sin rencores ni bandos, para gritar Argentina, Argentina. Nos subieron a los mismos autos que usaban en los secuestros. El que me llevaba, tenía el techo abierto. Avanzábamos hacia la provincia, a paso de hombre, parte de una marea de coches engalanados con los mismos colores. La gente se abrazaba, lloraba de emoción. Los bocinazos eran ensordecedores. Llegamos a Avenida Maipú. En una esquina, los marinos consiguieron lugar en una pizzería. Las puertas se abrían para que pequeños grupos entraran desde la vereda eufóricos, entonaran algún cantito y salieran.

Comimos una pizza mientras me preguntaba cuántos años más de dictadura habían garantizado los goles, cómo nadie se daba cuenta de que nosotros, esos parroquianos mudos, pálidos, demudados, éramos aquello que se quería negar. Desaparecidos.

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