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Roberto “Turco” Habichayn, compañero y médico de Agustín Tosco en sus últimos días durante la clandestinidad, recuerda en primera persona su acción en el Cordobazo y los momentos compartidos junto a uno de los mayores líderes sindicales de este país.
Frente al mes de mayo recurren a mi memoria un par de hechos que relacionados entre sí no dejan de acompañarme personalmente en mi vida y también acompañan la historia de nuestro pueblo. En mayo Argentina tuvo Cordobazo y fue en 1969. Yo en ese entonces estaba adscripto al sindicato de Luz y Fuerza, era médico de la obra social. Yo colaboraba con el comité de huelga, y más específicamente en el grupo de acción directa, que era absolutamente secreto. La tarea que me tocó en ese entonces fue colaborar con la producción del apagón del día 29 que duró tres o cuatro horas, ahí yo digo que “debuté en primera”, sobre todo por la responsabilidad de la acción. Lo que pienso es que el Cordobazo fue una rebelión popular y obrera, pero mejor lo definía el otro nacido en mayo, estoy hablando de Agustín Tosco, quien dijo siempre que “no fue una huelga clásica, de ausencias laborales, marcada por el quietismo, ni un acto improvisado. Fue un hecho de luchas en las calles; es decir fue más que una huelga, con movilización activa y organizada, preparada y discutida, cuyos primeros pasos se dieron en la puerta de los establecimientos fabriles y fue ganando la calle tranco a tranco”.

Lo cierto es que no puedo pensar el Cordobazo sin recordarlo al Gringo, que además de líder obrero era también aquel muchacho que un día llegó de Coronel Moldes hablando con acento campesino, que llamaba la atención de sus compañeros de la Escuela Técnica y que por ejemplo decía “vinte” por veinte, y esto era contado de buen grado por él mismo. ¿Y por qué digo esto? Porque es necesario rescatar la calidez humana del Gringo; es fundamental desacralizar, desmarmolizar (permítaseme el término) y mostrar que precisamente su sencillez, su sensibilidad sin afectación hacían más rescatables su talla.

Al gringo lo conocí cuando él ya estaba preso en la cárcel de Rawson, bah, mejor dicho, yo lo conocía, pero él a mi no. Rápidamente se lo llevaron al sur, tal cual ocurría con los detenidos políticos, a “la Siberia”, bien lejos de los familiares y los contactos que pudieran tener. Para ir hasta allí se necesitaba un auto que estuviera en condiciones de hacer el trayecto, en el menor tiempo posible, y claro está, confiable en todo aspecto. Cuando se planteó el problema en el comité de huelga fui designado.

En uno de los primeros encuentros con el director del penal se le exigió que las visitas pudieran tener acceso a los detenidos, ya que en varias oportunidades habían viajado hasta allí y no se les había permitido verlos. Recuerdo que el director metió la pata, porque en un momento dice: “eso es parte del castigo”, y yo le recordé el artículo de la Constitución que dice que las cárceles estaban para seguridad y no para castigo, tuvo que retractarse enseguida.

Finalmente fueron liberados todos los compañeros el 9 de noviembre de 1970 con la amnistía por el fin de año. A partir de allí los contactos con el Gringo fueron haciéndose cada vez más frecuentes y necesarios y las coincidencias ideológicas y afinidades afianzaron entre nosotros una verdadera amistad.

Cuando fue la intervención del sindicato bajo la tutela de García Rey (jefe de policía del último período peronista, de Córdoba), plantaron armas con una frase “esto no es luz y fuerza, acá hay más fuerza que luz”. En ese momento, el Gringo ya se había ido, ese día estuvo en mi casa, y en el ínterin, se consiguió un lugar en la sierra, que fue variando naturalmente. Sólo muy pocos compañeros podían saber donde estaba el Gringo, que había pasado a la clandestinidad desde el 10 de octubre del 74, muy a pesar suyo porque sabía lo que eso lo alejaba de los compañeros.

Y bueno, fue así que también tuve el delicado privilegio de verlo, de atenderlo a diario los últimos meses de su vida, durante la clandestinidad. Cuando el Gringo volvió de un viaje de Buenos Aires, en septiembre del 75 ya estaba mal, con cefaleas muy pronunciadas, con vértigo. Condenado a muerte por las AAA, intensamente buscado por la policía de Lacabanne a cargo del Comisario García Rey, el 5 de noviembre del 75 muere y dos días después en el masivo entierro hay una gran represión.

Me gusta recordarlo pensando que Tosco sostenía que: “El marxismo dice que la muerte es necesaria. Yo no me planteo cómo tendré que morir. Creo que mi fin será consecuente con mi lucha, no sé en qué circunstancia. Lo importante es morir con los ideales de uno. Ahora, no me gustaría morir habiendo traicionado a mi clase”. Y el Gringo cumplió. Lástima grande que semejante prueba se dio tan prematuramente.