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Rodolfo Maraschio es motoquero y participó de las jornadas del 19 y 20 de diciembre que terminaron con el gobierno de De la Rúa y sus aliados. Por entonces Rodolfo era secretario político del Sindicato Independiente de Mensajeros y Cadetes (SIMeCa), y formó parte de los miles de jóvenes que combatieron cuerpo a cuerpo con la policía, el estado de sitio y el neoliberalismo.

Esa semana yo tenía que quedarme en casa porque estaba enyesado con una pierna rota, así que no me podía bajar de la moto. Laburaba en Capital pero vivía en Morón. En los días previos ya se veía que la situación no daba para más. Nosotros nos reuníamos en el local de Hijos en la calle Venezuela y de andar en la calle ya teníamos bastante claro el ánimo en el pueblo y lo que estaba pasando en los bancos.

Hay que tener en cuenta que la mayoría de los motoqueros éramos pibes que habíamos perdido nuestros trabajos en fábricas del Gran Buenos Aires y que con la indemnización alcanzamos a comprarnos una moto.

El recuerdo más presente de esos días por supuesto que es el de la represión. Nuestra intención era entrar a la Plaza de Mayo, esa era la meta constante, llegábamos a la Plaza, nos replegábamos y volvíamos a entrar. Era una batalla cuerpo a cuerpo.

Cuando De la Rúa declara el estado de sitio, se toma mayor conciencia y se expresa eso característico del 19 y 20: el “que se vayan todos”. Pero no se estaba pidiendo que vinieran los militares, al contrario. Eso fue importante porque era contra la clase política, pero también contra las fuerzas represivas, por eso molestó tanto cuando se declaró el estado de sitio.

Creo que otro elemento que enfureció a la gente fue ver cómo reprimían a las Madres en la plaza, mientras hacían la ronda de los jueves. Después obviamente cuando se conoce que hay muertos y que estaban tirando con balas de plomo, la situación se torna más crítica. En nuestro caso, nosotros nos enteramos de que había un compañero motoquero asesinado, Gastón Rivas, y eso también nos sacó más la bronca hacia fuera.

Ya el 20 cuando renuncia De la Rúa crece la euforia en la gente pero también aumenta la represión, la policía empieza a ponerse más agresiva y a salir a matar.

Nuestra pelea con las fuerzas represivas no era nueva. Toda la vida nos persiguieron, la mayoría de los pibes eran de los barrios, acostumbrados a que la policía te persiga. Al mismo tiempo, se mostró la fuerza del sindicato que era un sindicato joven y bien de base, con compañeros superexplotados, sin ningún tipo de cobertura, ni vacaciones, ni aguinaldo ni nada, en la escala más baja de los trabajadores.

De algún modo también el hecho de conocer las calles y de andarlas todos los días arriba de las motos nos permitía escaparnos de las motos de la policía, reagruparnos, organizar también a la gente que estaba armando barricadas o tirando piedras. Levantábamos a los pibes y los sacábamos. En esos días cuando había asambleas por todos los barrios y se cantaba “piquete y cacerola la lucha es una sola”, a nosotros nos aplaudían cuando pasábamos con las motos.

Hoy el SIMECA está dividido, digamos que en un stand by porque hay muchos compañeros que se han ido al kirchnerismo, y hoy forman parte de La Cámpora. En mi caso yo era militante y sigo siéndolo del Partido Obrero, pero la verdad es que el sindicato era un sindicato muy libre y entre sus fundadores habían muchos compañeros anarquistas, algunos miembros de Hijos, e incluso con cercanía a la CTA. Pero si tenemos que definirlo de una manera, la verdad es que era un sindicato clasista y eso quedó demostrado en la actitud que se tomó en esos días de 2001.

En contraposición, la burocracia sindical estaba guardada, quedaron aislada del pueblo, porque los trabajadores estaban luchando.

Desde el gobierno nos quieren hacer creer que lo que abrió el 2001 ya está cerrado, que ya pasó. Sin embargo, está claro que todavía esas jornadas siguen teniendo permanencia y que las reivindicaciones por las que salió el pueblo a las calles siguen teniendo vigencia. Porque después de lo que se denomina una “década ganada” resulta que la mayoría de los trabajadores están precarizados, con salarios por debajo de la línea de pobreza y una sociedad que sigue siendo extremadamente desigual. Y además porque lo que salió a pedir el pueblo fue fundar una sociedad sentada sobre otras bases.

El sistema ha logrado dividir nuevamente a los trabajadores, a los explotados. Entonces es normal que nos putiemos con los taxistas o los fleteros y se da toda esa bronca que en realidad no tiene que darse entre nosotros. Después de todo, si nos acordamos del 19 y 20 de diciembre, queda demostrado que los trabajadores unidos podemos voltear a cualquiera.

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