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Pablo Zaro es relator de fútbol desde hace medio siglo. A principios de los ochenta le abrió la puerta de la radiofonía argentina a un joven Víctor Hugo Morales, con quien compartió la transmisión de los partidos de México 86. El 29 de Junio se cumplieron 36 años del 3 a 2 de la final ante Alemania. Ese día, Zaro tuvo un lugar privilegiado entre los protagonistas del último título mundial de la Argentina.
El día de la final con Alemania nos habían dado unas butacas en la tribuna. No había cabinas de transmisión. Hacía un calor espantoso. Ese día no relaté porque obviamente relataba Víctor Hugo. Entre “el nene” (para mí Víctor Hugo sigue siendo el nene, como cuando llegó de Uruguay) y yo habíamos relatado los 41 partidos del mundial, pero ese día relató él y yo me senté a su lado. Del otro lado estaban Mora Furtado, la modelo, y su esposo.

Cuando hicimos el tercer gol, no debí hacerlo y estoy arrepentido, pero les hice un corte de manga a los periodistas y a los 100 mil mexicanos que estaban en el Azteca hinchando por Alemania. Para esto, “el nene” decía el relato del gol de Burruchaga “para que grite un país que necesita alegría, el hombre del Galeguay, ¡salud!”,  para que yo pueda estar contando esto ahora, a más de treinta y pico de años, y otro montón de cosas que termina con un “…Burrrrruchaga viejo y peludo nomás”, o algo así.

Después cuando acaba el partido y ya somos campeones, estando posesionados y desorbitados, Víctor Hugo cierra el relato, manda “adelante Buenos Aires” – la transmisión pasa a Lucho Difonti que ya trabajaba con él- y ahí nos abrazamos como locos. Fue inolvidable.

La secuencia ordena que después bajé a los vestuarios. En la puerta del vestuario algunos periodistas se estaban por agarrar a trompadas. Incluso algunos jugadores participaban de la trifulca. Había mucha tensión por todo lo que parte la prensa había hablado durante todo el ciclo de Bilardo en la selección.

Cuando entré, Pachamé me dice “llegó lengua de trapo”, y yo empecé a las puteadas: “Qué van a ganar con estos técnicos, ganaban 2 a 0 y casi pierden, son de cuarta…” les dije para pelearlos un poco. Y ahí empezaron a tirarme de todo, zapatillas, bolsos. La verdad es que parecían shockeados. Algunos jugadores lloraban, Bilardo a esa altura pesaba como cuatro quilos menos. Y entonces lo veo a Maradona, que estaba como si hubiera jugado un picado en el barrio. Me mira y me dice de lo más tranquilo: “¿salió todo bien Pablo, no?” Al rato todo era una fiesta, pero cuando entré parecía un velorio. Había sido muy grande la presión.

Nota completa en la edición impresa. MASCARÓ #3

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