COMPARTIR

Liliana Herrero es una de las intérpretes más significativas de nuestra música popular. Su voz desgarrada y profunda, la elección de su repertorio y la postura que toma frente a la canción como creación artística hicieron que Mercedes Sosa la consagre como su sucesora. Caminante de escenarios a lo largo y ancho del país, lanza un debate profundo sobre las políticas culturales desde el propio plató de Cosquín hasta en una entrevista como ésta.

Ni siquiera nos habíamos terminado de acomodar en su casa del tanguero barrio de Boedo, y Liliana se anticipa a la que (para no faltar a los manuales del reportaje periodístico y no incomodar al entrevistado de arranque) no iba a ser nuestra primera pregunta: “seguro me van a preguntar por lo de Cosquín”, dice en relación a las disconformidades planteadas por la cantante y Juan Falú en pleno festival de Folklore, cuando realizaban un homenaje a Eduardo Falú en plena madrugada, con un sonido deplorable y un trato desconsiderado por parte de la organización:

Lo que pasó en Cosquín abre un debate interesante, más allá del festival, sobre un diseño de políticas culturales. Eso me parece que es posible de pensar. Por eso el escrito que yo hice en Página/12 que se llama “Girar el plato”, trasciende el festival. Yo me recosté ahí por muchos motivos para hacer la crítica que no la veo sólo en mí. Porque recién había pasado eso y porque Cosquín, de los festivales del verano que tienen más o menos el mismo corte todos en términos de la idea de la música y los sonidos, es el que porta una historia muy importante. Por eso me parecía que Cosquín debía poder pensarse por la historia. Hoy está demasiado entregado a las formas más puras del clientelismo político y económico, entonces ahí la gran ausente es la música. Así que bueno, lo de Cosquín es un disparador simplemente para pensar en políticas culturales, para pensar cómo pensamos la memoria musical y poética de este país, qué significa pensar esas cosas, que no son un adorno, sino que son el núcleo mismo del debate sobre identidad y sobre lo que somos como país. Yo nunca voy a aceptar la idea de que la música, la memoria musical argentina, en el género que sea, es un adorno. Muchas planificaciones de espectáculos se hacen sobre la idea de una lógica, y de jerarquías mediáticas, que decimos combatir, entonces debemos tener mucho cuidado con eso porque la cultura y la música, y el arte en general, son a largo plazo. Son estratégicas. Entonces ese cambio es necesario. Empezar a abrir un debate y una grieta. Digamos que a mí me parece fundamental lo de pensar la música misma, el concepto de festival, la alianza entre el mercado y los medios, la lógica que ampara esa alianza, y el concepto de sonido que se busca encontrar. La rapidez, la comprensión fácil de las cosas, la captura de un público que esconde en un concepto de multitud de personas absolutamente cautivas de lo que les hacen oír. Entonces eso es muy grave para un país.

¿Cuánto hay, en esto del largo plazo, de cierta disputa con la lógica del rating, no sólo en términos de lo televisivo, sino del concepto de lo que supuestamente más atrae o que  puede generar más atención? 

Es que lo que más atrae nunca es previo. Es una construcción. Si es previo es un problema. Quiere decir que el horizonte auditivo ya está trazado, con una lógica en la que yo no estoy de acuerdo, entonces me parece que nunca es previo lo que más atrae. Qué sé yo qué es lo que más atrae. Qué sé yo si no hay formas novedosas de sonoridades y de memorias que son absolutamente atractivas y que están retiradas de lo que se le ofrece a las personas y entonces no pueden pensar en eso. No creo que sean a priori, no creo que sean algo previo digamos. Si es previo es para discutirlo.

No atrae en el sentido de la obra en sí, sino atrae en términos de que ya funciona y está todo armado para que eso sea lo que se conoce. Ahora, uno puede extrapolarlo a todas las demás cosas en términos de cultura ¿Cómo se combate contra eso? ¿Cómo podríamos pensar eso en términos de “políticas culturales”? 

Sí. Yo lo que he intentado pensar es que más que concentrar hay que diseminar, hay que expandir. Y por muchos motivos. Primero porque en todo el país hay músicas y poesías preciosas que sería maravilloso poder escucharlas y me parece que hay que realizar simultáneamente pequeños encuentros musicales en todo el país y ver cómo funciona con gente que no se conoce ni siquiera entre sí y que pueda armar algo ahí haciendo la experiencia de la conversación musical. Eso para mí sería democratizar enormemente el mundo musical. Si no estamos apresados por una estrategia que es la de la figura convocante, las figuras secundarias de esa figura convocante, con lo cual eso trae privilegios con razón al actuar, quién va a probar sonido y quién no, cuándo va a tocar, las grillas cómo se arman, la disposición de los músicos que van a actuar.

Nota completa en edición impresa. Mascaró #20 de Abril 2014.

SIN COMENTARIOS

RESPONDER