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Tras dos años privadas de su libertad, Ailén y Marina Jara son finalmente juzgadas por defenderse de los acosos de su vecino, en febrero de 2011. Al cierre de esta edición, sin veredicto aún, el caso expuso una trama signada por la violencia y la inequidad de género. Esta entrevista con Mascaró muestra las reflexiones en la cárcel de estas mujeres con más antecedentes de víctimas que de victimarias.

 

> Por Paula Salguero

El caso de Ailén y Marina trascendió en los últimos meses como el de “las chicas que se defendieron de un acosador”. La carátula de homicidio en grado de tentativa toma la versión de Juan Antonio Leguizamón, quien dice haber sido atacado con un arma blanca en la madrugada del 19 de febrero de 2011 por las hermanas Jara. Así, se redujo y simplificó una larga trama de sucesos previos, precedentes de violencia doméstica y relaciones conflictivas, tanto con la víctima como en el interior de su propia familia. Bucear en su propio testimonio permite trascender la crónica policial y reflexionar sobre la validez de la defensa por mano propia del cuerpo femenino ante los desamparos institucionales, la falta de redes comunitarias de contención y la ausencia de políticas públicas desde el Estado. El actual debate por la democratización de la Justicia nos interpela también a pensar que más allá de gobiernos o partidos, la judicialización de la violencia de género mantiene legados históricos sexistas y de clase.

 

¿Cómo era la relación previa con Leguizamón?

AJ: Mi mamá decía todo el tiempo: ‘te va a terminar matando’.

El hombre, casi 15 años mayor que las chicas, vivía en la misma cuadra. Ailén trabajaba en una parrilla donde siempre iba a comer, incluso acompañado de policías. La más chica de las Jara, era íntima amiga de Soledad, su hermana.

MJ: Nosotras no habíamos nacido y las familias ya se conocían. Me acuerdo una vez, que entré a la casa de él buscando a Soledad y ella no estaba. Estaban la mujer de él borracha y él drogado, y como yo bardeaba me puso un fierro en la frente y me dijo ‘vos no hablás así a mi mujer’. Yo tenía 16 años y el tipo me ponía el caño en la cara como si nada.

 

¿No lo denunciaron?

AJ y MJ: Éramos menores, nadie nos escuchaba ni le importaba. Además, hay cosas que las pensamos ahora porque estamos acá y que en su momento no las pensábamos.

 

¿Y Jara? Ustedes son conocidas como las hermanas Jara y sin embargo tu papá no está en ninguna parte

-Jara nada, Jara es una mierda- las dos a la vez, casi con distintas frases se pisan para hablar mal de su padre, la bronca se apodera de ellas cuando recuerdan.

AJ: De eso no queremos hablar porque nos hace mal. El otro día la psicóloga también me estuvo preguntando todo el tiempo por el maltrato de mi papá y yo no quiero que piensen que lo que hicimos fue por eso.

MJ: Cuando nosotras caímos, mis hermanos le fueron a pedir 50 mil pesos para salir y le echó la culpa de todo esto a mi mamá ‘que ella nos hizo así’.

 

Pero después se separaron…

AJ: Después vino Julián, fue el padre que no tuvimos

MJ: No podíamos decir ni malas palabras. Hizo que mis hermanos más grandes trabajaran en una panadería de él y después nos fuimos a vivir a Misiones, eso fue lo más. Allá hicimos la escuela primaria, pero con el cáncer volvimos. Él quería tener un hijo varón y justo el día de su último cumpleaños nacieron los mellizos. Fue un 9 de enero y tres meses después falleció. Por esos días, mi mamá no podía cuidarnos y nos quedamos en la casa de un hermano de Julián.

AJ: Ahí sí que había mucha violencia -a Ailén le cambia la cara cuando lo cuenta- le pegaba a la mujer con el bebé en brazos, mis hermanitos recién nacidos estaban ahí y a mí me daba mucho miedo, teníamos entre 8 y 10 años así que nos escapábamos y andábamos en la calle.

 

¿Esto de la cárcel es lo peor que les pasó o hubo cosas peores?

Marina se queda en silencio y mira a su hermana con expresión seria. Ailén es la que más está padeciendo el encierro en su físico con una infección ginecológica que arrastra desde hace varios años:

AJ: La muerte de mi hijo Dylan fue lo peor. Me acuerdo que me dejaron sola en la sala de partos y cuando volvieron ya estaba el bebé con la cabecita afuera, como no le llegó oxígeno al cerebro nació con una parálisis y al año y medio murió. Yo tenía 15 años y las enfermeras me decían ‘ésta es una maricona…

Nota completa en edición impresa. Mascaró #10, abril 2013.

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