COMPARTIR

Cantautor chileno, negado por muchos -por su voz de insecto, por su conducta errante, por su poca producción discográfica o por otras excusas pacatas- ya nadie puede ignorar que su presencia es resistencia. En los últimos tiempos, los escenarios de las luchas estudiantiles por la gratuidad de la educación, entre otras causas populares, lo elevaron un poco más del suelo, demostrando que forma parte de la tradición de los artistas del pueblo.
> Por Romina Bilbao

Mauricio Castillo Moya nació en la ciudad de San Antonio del país hermano chileno en 1982. Hoy, a ambos lados de la cordillera, sólo se lo reconoce a través del sobrenombre de Chinoy. Estuvo viviendo en Argentina, luego regresó a Chile para pasar un tiempo en Valparaíso y mudarse finalmente a Santiago. En este andar fue construyendo su identidad como músico y en la actualidad forma parte de la corriente de cantautores  de la Nueva Canción Chilena. En su edición de septiembre de 2012,  Mascaró publicó una entrevista con otro de sus representantes, el músico Nano Stern, quien entre otras cosas supo describir el costado ideológico del movimiento. Chinoy no tarda en decirse como lo opuesto, no quiere hablar de lo político, y se ríe, porque bien entiende que su batalla la da desde lo estrictamente artístico: “Es que sabes… yo no he hecho ningún tipo de ejercicio político, estuve en distintas cosas, pero nunca me he sentido relacionado con la política sino a través del arte”. Consensuamos entonces que eso no es justamente lo opuesto.

Joven, con la piel de indio y los ojos verdes, raros como del color de un río. Se muestra introvertido, vergonzoso; ante las preguntas dice que muchas veces no encuentra palabras para responderlas. Pecado de periodistas es apresurarse, empezar a sacar conclusiones por él y es así como la prensa lo ha querido o lo ha resistido sin conocerlo demasiado. Muchos críticos no se animaron a apostar por su música cuando aún no tenía discos editados y sólo se presentaba en bares de Valparaíso haciendo exactamente lo mismo que hoy hace en grandes escenarios. Se perdieron la buena noticia.

La prensa en Chile no ha sido muy benevolente contigo en los comienzos. ¿Qué balances hacés hoy de eso?

Yo he leído muchas cosas raras y ellas sugieren al final que hay cosas que se revelan por otras partes, pensar que hay un sector del poder que cree que tiene para ellos mismos la cultura y permite que haya una cantidad de poetas en el anonimato y una cantidad de poetas reconocidos. Tenemos entonces poetas muy buenos que han quedado en los bordes o han sido sacados directamente.

Estos que quedan en el centro a veces ni siquiera se acercan a la poesía y yo pienso que con esas personas no tengo nada que conversar, no usamos ni las mismas herramientas. He intentado muchas veces romper con eso pero parece ser difícil mejorarlo por lo anticuado de la política, de las leyes y de las mentalidades. A su favor, claro, estos artistas tienen muchos profesionales y muchos medios infértiles, como muchas veces lo ha sido el periodismo.

¿Para vos fue un desafío apostar por la música?

Lo que pasó fue eso, como yo no tenía disco, no me habían escuchado y encima ya me había vuelto una especie de personaje estrambótico que no hablaba mucho y que tenía la sensación de que tenía una manera de causar cierto afecto. A mi me costó mucho armar este sentimiento como para poder mostrarlo, siempre me costó mucho expresar las cosas que me pasaban. Nunca fui muy bueno para hablar, tenía miedo de decir cosas que los demás no iban a entender y por ello me rendí rápido cuando estudié música, estuve un mes y luego me quedé marchando solo, pero esa marcha solitaria me dio muchas cosas, por ejemplo me dio mucha autoestima, después me empecé a relacionar con algunas personas que eran así medio personajes raros y yo dije “este debe andar como yo”.

¿Cómo te definirías desde tus comienzos?

Siempre tuve la sensación de que iba a hacer música, más allá del lugar en el que creciera. Tenía esa emoción extraña, tenía un carácter muy histriónico, me creía mucho los personajes que veía de las películas y por ejemplo era de ver películas religiosas y por ello andaba memorizándome las líneas de los santos y se los decía a todos, era un especie de “niño loco”. Es una carrera que elegí de muy pequeño, era mi manera de presentarme, si me decían algo yo era lo opuesto, yo quería siempre lo contrario. Me pasa hoy que intento huir de todo tipo de preguntas e incluso de todo tipo de recuerdos.

 Sin embargo se dicen muchas cosas, estuviste en los márgenes por años, incluso viviste en Argentina sin saber todavía qué hacer…

Mi paso por Argentina, por La Plata y por Bahía Blanca, fue cuando tenía más o menos 23 años, estaba reuniendo cosas para ser esto que soy, me enfermé un poco, fui en ese tiempo como una presencia ida. Inmediatamente después volví a Chile y ya se contaban de mí historias, donde no había casi nada cierto y yo creo que inventé la mitad de las cosas que se dicen de mí.

Después de eso sentí que tenía una suerte de poder hacer algo, me fui a Valparaíso y empecé a tocar la guitarra, había generado una confianza con respecto a eso. Yo no quería más que cantar, eso estaba en la realidad de lo que yo mismo estaba inventando, que lo asocié al descubrimiento de lo sagrado que hay en cada uno, allí se encuentra la comodidad con uno mismo y ahí decidí que me quedaba, en este lugar que es una especie de fantasía.

¿Influyó en esa identidad la música chilena?

No, yo no tuve formación folclórica. Por ejemplo, escuchaba más a Dos Minutos que eran de acá, de Argentina; escuchaba a Sumo más que a Violeta Parra, que a Víctor Jara, y era porque se había ido borrando esa tradición y pasaba que te decían “tiene que defender lo suyo” pero lo estaban borrando, por ejemplo los medios.

Sin embargo, siempre mis costumbres pasaban por ir a una fogata, tomar vino y tocar la guitarra, a pesar de que estaba en una ciudad como San Antonio que te proponía solamente ir a la discoteca y escuchar la música que allí pasaban, onda disco no más.

Sin embargo hay una línea musical y poética que continúa en vos y en muchos de los jóvenes de la Nueva Canción Chilena…

De la escena musical de mi país yo era completamente ignorante, mi entrenamiento para llegar a hacer canciones había sido una especie de sonambulismo y entonces busqué hacer amistades. Conocí a todos los cantantes jóvenes chilenos en muy poco tiempo, y toda vía sigue pasando que aparecen cantautores nuevos y están todos llevando sus guitarras a todos lados y se multiplican en las tocatas. Eso ha sido raro en Chile pero se ha repetido en la historia, en distintas generaciones desde la de Lucho Ledesma, la de Violeta Parra, la de Víctor Jara, la de Luis Lebert.

Pero este buen panorama no siempre existió, ¿Cómo llegaste a salvarte del anonimato?

Nadie te iba a prestar ayuda allí, lo difícil que era y es grabar un disco en Chile, lo caro que son los estudios, lo poco interesado que están en la música que haces, hay que tener como mucha suerte, a mi dentro de todo me toco súper fácil, me tocó que aparecí y me trataron re bien, me contrataron en un bar e hice todo el esfuerzo posible por sobrevivir en Valparaíso, porque ya no me quería volver a San  Antonio y tocaba en todos los lugares y lo hacía porque sabía que había algo que era posible, yo creía en esta música que estaba haciendo y tenía la fuerza. Yo sabía que podía darle al mundo otra propuesta, otro tipo de atracción, y tuve que ser muy diferente para cantar con la voz que tengo, para cantar las cosas que canto y no pensar que me iban a echar de los bares, que no me iban a aceptar y que se me iban a reír y ese tipo de cosas no me importó nada, porque iba confiado en este sentimiento.