COMPARTIR

> Por César Dapía
Adriana volvió a vivir a Tilcara para poder estar cerca de la capital jujeña, porque allí se llevarán adelante los juicios por los crímenes de lesa humanidad cometidos por la última dictadura militar en las denominadas Noches de los Apagones. Su padre, Luis Arédez, es uno de los 30 desaparecidos de Ledesma.

 

¿Qué fue la Noche del Apagón?

El Apagón va a cumplir treinta y seis años este mes. Pero en realidad ponerle un aniversario al apagón y llamarlo de esa manera fue una forma de ponerle nombre a la resistencia. La verdad es que hubo muchos apagones. Para nosotros el primer apagón (aunque ese día no hubieran cortado la luz) se dio el mismo 24 de marzo de 1976. Ese día desaparecieron por primera vez a mi padre, Luis Aredez, quien en ese momento ya había sido separado de su cargo de intendente de Libertador San Martín. Lo llevaron las mismas camionetas de la empresa Ledesma junto con la Gendarmería.

Luego supimos que las primeras horas habían estado detenidos en el propio Concejo Deliberante. Pasó como un mes y medio sin que supiéramos nada. En ese entonces yo vivía en Salta y mis hermanos vivían en Tucumán. Esa vez lo secuestraron y lo detuvieron por 11 meses.

El hecho de que se tome como aniversario de la Noche de los Apagones al mes de julio del ´76 tiene que ver con que en esa fecha desaparecieron a la mayor cantidad de gente en nuestro pueblo. En total detuvieron a 400 trabajadores, sindicalistas, estudiantes, militantes, y 30 de ellos continúan desaparecidos. Luego hubo otros apagones.

El 13 de mayo del `77 lo volvieron a desaparecer a mi padre, a quien hasta el día de hoy seguimos buscando.

Hablemos de Luis, tu padre.

Mi padre fue el intendente, el médico del pueblo. Mi padre fue el amor de la vida de mi madre.

Esto que yo puedo decir a mis 56 años no es idealización. Él fue un tipo demócrata, respetuoso. Sólo basta con escuchar hablar a la gente que lo ha conocido. Sus amigos los pescadores por ejemplo te pueden decir que él escuchaba a todo el mundo. El valor de la persona para él estaba en la persona misma, en su derecho de ser individuo. Tenía convicciones muy fuertes. Era taciturno.

Alguien una vez le contó a mi mamá: “nosotros no sabíamos cuándo nos iba a llegar el momento”. Y cuando él desaparece por segunda vez y nunca más vuelve a aparecer, a ninguno de nosotros nos pasó nada. Jamás nombró a nadie. A ningún obrero, a ningún gremialista. Todo murió con él.

Un tipo comprometido con la vida, que era médico. Era un militante con su profesión. Hasta último momento, siguió comprometido con la vida de las personas que se vinculaban a él. Él no está pero a nosotros no nos hicieron nada.

¿Por qué el ensañamiento de la empresa?

En primer lugar porque mi padre en su gobierno municipal de siete meses fue el único que le cobró impuestos a los Blaquier. Por otra parte, él había trabajado en el Ingenio como médico pediatra a fines de los años 50. De la empresa lo echan porque como médico reclama mayor cantidad de medicamentos y recursos para las enfermedades de los hijos de los trabajadores. En ese entonces, el pueblo tenía la tasa de mortalidad infantil más alta del país.

A ellos nunca les cayó bien que los obreros y vecinos pidieran a mi padre que se presentara como intendente de Libertador General San Martín en el año 73. Mi padre les dijo que él sólo podía aceptar si los obreros lo apoyaban. Y ese cariño que le tenían a él, esa confianza, la encuentro en la gente cada vez que voy a Ledesma.
Además de exigirle el pago de impuestos a la empresa Ledesma, Arédez exigió el traspaso de tierras de la familia a la municipalidad. En total, el municipio reclamaba 400 hectáreas para paliar la situación de déficit habitacional.
En la actualidad la familia Blaquier posee más de 150 mil hectáreas en Jujuy. Cuarenta mil son destinadas a la caña de azúcar en Libertador General San Martín. El 28 de julio de 2011, 700 familias tomaron unas 15 hectáreas pertenecientes a la empresa Ledesma. La respuesta llegó con balas desde la Gendarmería y personal de seguridad privada de la empresa. Cuatro personas murieron en el desalojo.
En la reivindicación a la toma de tierras y en el planteo de la problemática habitacional, muchos recordaron las medidas que intentó implementar Arédez. En coincidencia con el aniversario número 35 de los apagones, la respuesta fue otra vez la muerte.
La última conversación que tuvimos fue en otoño. Él abrigaba a mi hijo, el único nieto que llegó a conocer. Me miró y me encaró: “Vos te preguntarás por qué tu papá estuvo preso”. Yo le dije que no, no sé si por pavota o porque no entendí la pregunta. Le dije que jamás me iba a preguntar eso, en el sentido de no poder cuestionarlo jamás. Él me contestó igual: “Yo estuve preso, me detuvieron el 24 de Marzo y pasé 11 meses en la cárcel porque considero que las leyes que se hacen en este país deben ser cumplidas. Cumplidas por el que más tiene y por el que menos tiene. Hay que hacerles cumplir la ley al que más tiene, porque los que menos tienen siempre la cumplen. Y el Estado debe hacerlas cumplir”. Y el Estado era él en nuestro pueblo.
El medio día del viernes 13 de mayo de 1977, el doctor Arésez salió con su auto del Hospital de Fraile Pintado, donde volvió a trabajar tras su liberación. Lo despiden en la puerta sus colegas. Toma en dirección a su domicilio y es secuestrado en la ruta. Testigos lo vieron acompañado de hombres de civil y lentes oscuros que viajaban junto a él en su automóvil, lo saludaron y les llamó la atención que él no respondiera a los saludos. El auto apareció abandonado en las cercanías del Jardín Botánico de la Ciudad de Buenos Aires 6 meses después. De Luis Aridez no se supo más nada.

Tu madre es fundadora de Madres de Plaza de Mayo, ¿cómo era luchar contra la impunidad en un pueblo como Ledesma?

Ella empieza a hacer la ronda de los jueves y a organizar la Marcha del Apagón junto a otras madres después de entrevistarse con el administrador del Ingenio Ledesma, Alberto Lemos (uno de los implicados en el juicio que comienza este 12 de julio). Cuando mi papá desaparece, lo va a ver y Lemos le dice: “él nos hizo mucho daño a nosotros, y va a estar muchos años así”. El daño fue el cobro de impuestos, que hasta la intendencia de mi padre, los Blaquier, propietarios del Ingenio Ledesma, nunca habían pagado nada.

Lemos también le dijo que “el doctor va a estar mucho tiempo adentro, porque nosotros tenemos miedo a que haya una pueblada y él pueda salir”.
Y ahí pensó mi madre, si ellos tienen miedo, entonces lo que debemos hacer son puebladas. Para conseguir lo que queremos necesitamos movilizarnos, porque el pueblo es lo único que tenemos, porque los dueños de todo lo demás -de la justicia, de la provincia, y de parte del país- son ellos. Y ahí nació la Marcha del Apagón. Desde ese momento comienzan a juntarse las madres, las familias de las personas desaparecidas, se empieza a tener relación con las Madres de Plaza de Mayo, y a hacer la ronda cada jueves en la plaza de Libertador San Martín, hasta realizar la primera marcha ya en años de la democracia.
La primera bandera la hicimos con mi madre, compramos las telas en Salta y la pintamos de rodillas en el living de casa. La bandera está desteñida pero sigue siendo la misma, azul y blanca. La misma bandera del primer día es la que sigue encabezando cada marcha, con las Madres de Ledesma y Calilegua al frente.
Olga Márquez de Arédez murió en el 2005 a causa de una bagazosis. Mucha gente en esta localidad jujeña muere por esta enfermedad que se manifiesta en personas expuestas a los polvos de la caña de azúcar enmohecida., que no es más que la contaminación que produce la fábrica Ledesma.
Olga había sido docente de historia y tenía argumentos para enmarcar en una misma causa el terror de la dictadura, la desidia de la democracia, y la impunidad del poder económico con la tragedia de los pueblos originarios.
Durante muchos años Olga dio vueltas sola en la plaza de Libertador General San Martín. Le decían la “Madre de Ledesma”, y no le hablaba más que el cuidador de la plaza, que ya se había acostumbrado a verla todos los jueves. Luchó mucho para concientizar a un pueblo sometido desde siempre por los dueños del ingenio más grande de Latinoamérica. Finalmente, el miedo fue cediendo y con la llegada de militantes, vecinos y organizaciones de diferentes lugares del país se fue instalando la Marcha de los Apagones cada uno de los terceros jueves de julio. En sus últimas rondas, además de llevar su pañuelo y el cartel con el nombre de su esposo, Olga llevaba puesto un barbijo.

¿Qué expectativas tenés en torno al Juicio por los Apagones que se va a estar realizando próximamente?

Yo estuve viviendo en Catamarca pero me vine a Tilcara hace dos años porque en esta etapa en la que se está juzgando a los responsables del terrorismo de estado, necesitaba estar cerca de la lucha de mi madre y de mi padre. En eso mis hijos me apoyaron, me mandaron a que luche por la memoria de sus abuelos.

Es compleja la sensación, porque nos ha costado mucho instalar el tema en la sociedad sobre la responsabilidad civil durante la dictadura. El poder económico tiene mucho peso en la provincia y sigue estando en manos de los mismos de siempre.

Ya estamos en julio, esta Marcha del Apagón será especial…
Las Marchas del Apagón se van a seguir haciendo por la memoria de los desaparecidos a pesar de que el juicio sea ejemplar, y ojalá así sea. Aunque lo dudo, porque alcanza con el dato de que el abogado de Pedro Blaquier es asesor del gobernador de Salta (Horacio Aguilar fue juez federal de Jujuy, camarista de Salta y asesor de Juan Manuel Urtubey).
Hay que dejar en claro que Blaquier, los jerarcas, el propio Estado provincial y parte de la Justicia jujeña no sólo fueron cómplices sino que fueron coautores del genocidio.
Cuando termine el juicio seguiremos hasta creer que la misión está cumplida. Cuando algún nieto de Luis Arédez pueda vivir libremente, sin la carga de ese genocidio inmundo con complicidades políticas que seguimos heredando.
Porque en el silencio que existe en nuestra provincia en torno a la dictadura, en esa desinformación, se asienta el huevo de la serpiente del poder. Y ahí está la lucha que hay que dar todos los días en las escuelas. Contar lo que pasó.
Los jóvenes son el futuro y la garantía de que no puede haber otro genocidio.
Porque no entiendo el silencio. No puedo entender que en este país y este continente, se puedan llevar calladamente a la muerte a las personas. Eso no va a pasar más. Lo puedo prometer en nombre de esa juventud que he visto en las calles y en esos niños que veo en las escuelas.

 

SIN COMENTARIOS

RESPONDER