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Bruno Arias, el reconocido folklorista jujeño habla de sus comienzos y sus recorridos en la música y además analiza el rol de los artistas en relación a un compromiso social con distintas luchas o reivindicaciones. El “Changuito volador”, como le dicen, vive en Buenos Aires desde 2002, pero siempre está volviendo al pago y recorriendo el país y sus pueblos.

En la sala de la casa, pasillo al fondo de techos altos y muebles de madera antigua, Bruno recibe a Mascaró rasgando el ronroco con el pelo suelto, volcado hacia el rostro. El instrumento es igual a un charango, pero más grande y en la caja tiene el dibujo de un paisaje que remite a la puna, a los rostros agrietados y casas blancas bajas separadas por amplias calles de tierra, un día de cielo despejado y calor seco y fuerte. Compró el ronroco en Córdoba a un hombre que lo traía de Bolivia, y durante la entrevista lo gira y lo incorpora, lo suelta y lo vuelve a tomar. Se encuentran ambos en una especie de andar nómade.

El cantautor cuenta que en sus comienzos su repertorio estaba compuesto más bien por canciones tucumanas y santiagueñas y que llegó un punto en que se hizo fuerte la necesidad de plasmar su identidad en el repertorio. “Cuando tocaba al principio me preguntaban de dónde era, por eso fue variando el repertorio hacia algo más jujeño y eso me dio más identidad, aunque después me preguntaban de qué parte de Jujuy era”.

Bruno ha hablado de que en Jujuy empezó a tocar acompañando a cantores en lo de “La July”
¿Cómo era ese lugar donde empezaste a tocar?

Lo de La July era una casa de familia. Ella fue una cantante que hace muchos años le agarró un ACV y dejó de cantar. Entonces su casa se convirtió en un lugar de encuentro para la bohemia jujeña, para los músicos que se reunían a la noche a compartir con amigos, más que nada a tomar un vino y guitarrear. Ahí todos los días aparecían cantores distintos. Yo estaba presente, me quedaba en la casa de July una semana o unos días y la ayudaba a vender la bebida, a atender a la gente. Y ahí, mientras vendía, me sentaba en las mesas a escuchar las vivencias de los viejos, lo que contaban del folklore y a mirarles las manos cuando tocaban.

En ese momento, Bruno se pensaba a sí mismo más como un guitarrista que acompañaba a esos cantores que como un cantante en sí mismo.  Ahí aprendió a tocar “pero de entre casa, entre amigos, para mí. No me imagine que iba a ser el cantor del pueblo”.

¿Cómo fue ese recorrido?

Yo me vine a Tucumán en el 98. Después de que estuve ahí un tiempo hice otro grupo en Jujuy que tocaba en todos lados y conocí las provincias tocando. Entonces empecé a sentir que se acababa la posibilidad de crecer, que lo que tocaba siempre era lo mismo.

En el 2002 me fui a La Plata y grabé mi primer disco, mi primer demo, con músicos de La Plata, con Eva Carranza, Javier Ordoñez y Alejandro Salamanca y otros músicos invitados.

Y después se da lo de llegar a pre Cosquin y la posibilidad de viajar a Córdoba. Ahí salgo revelación en una peña que se llama “Peña del colorado”, y ellos son los que me impulsan a grabar el primer disco, algo más serio que el demo y donde aparece el cantautor jujeño Pachi Alderete, que me banca parte del primer disco.

Las primeras huellas que marca están lejos de su tierra ¿Se vive como una paradoja el alejarse de la tierra para referirse luego a ella en las canciones?

No, tiene que ver… El estar lejos de tu tierra hace que aceptes más a tu familia, a tu barrio. Al tener esa ausencia, uno acorta esa distancia con la música, el paisaje al que te transporta la música. Por eso, también el lazo es más fuerte. Estar lejos es más cerca.

¿Crees que el folklore se liga exclusivamente a la música norteña?

Yo creo que  cada lugar tiene su folklore, tiene su raíz, su esencia, lo que pasa es que a veces no nos  damos cuenta de lo que tenemos, porque no lo vemos, es como que no valoramos a los propios artistas que tenemos. Tocan y para qué los vamos a ir a escuchar si los vemos todos los días en la esquina. No miramos más allá de nuestras narices y no nos damos cuenta de que un compositor es alguien que necesita para comer, como uno más. Incluso, ahí está la esencia propia del folklore: esa persona antes de componer como hizo, aprendió el folklore de alguien del lugar también,  y  en quiénes son los referentes de él uno va encontrando y da cuenta del lugar en que uno vive. Pero si a esas personas nadie las va a ver, no tienen un disco, nadie les hace notas, como que pasan desapercibidos.

Bruno empezó a componer y a grabar sus discos lejos de su Jujuy natal y su música lo sigue remitiendo a su tierra y a cada lugar que busca cómo manifestar su identidad. Yo creo que el folklore está en todos lados y que cada lugar tiene su identidad, lo que pasa es que “cada cual tiene su copla, la cuestión es encontrarla” dice una canción que grabé en el primer demo, en Coplas del cantor, “el cantor no es más que un medio por el cual su pueblo canta, la senda y la madrugada van marcando su tonada”. Eso tiene que ver con eso de ir encontrando la forma, el sonido, pero está siempre porque el folklore es lo que uno vive desde chico, lo que uno mama, del paisaje, el entorno. Hay paisaje en todos lados, por más que no nos detengamos a verlo.

Si bien reconoce que cada lugar tiene su folklore, como tiene su cultura, Bruno encuentra que esas identidades no siempre tienen visibilidad. A veces el entorno donde uno está hace que uno tenga que esconderse o mentir por temor, por desconocer ese entorno al que se está entrando. Se esconden ciertas cosas, cuando culturalmente no tenemos claro bien qué es nuestra identidad, o nuestra identidad es discriminada, o es puesta en un lugar despectivo, como en el caso de algunas clases sociales o los inmigrantes de algunas provincias o países que son discriminados… Por temor a eso, uno esconde de dónde viene. En este tiempo, yo creo que eso está cambiando, está saliendo a la luz la identidad, ya uno no tiene vergüenza de decir, algunos que son hijos de bolivianos, por ejemplo o que son inmigrantes. Se están haciendo cargo cada vez más de su cultura, de su pensamiento y sus formas. Pero si durante trescientos o cuatrocientos años te dicen que sos un indio vago que no sabes hacer nada, que no hables en tu idioma, se siente diferente.

¿Cómo empezaste a relacionarte con los pueblos originarios y sus reivindicaciones? ¿Tenías vínculo con alguno de los pueblos antes de comenzar tu carrera artística?

No, en realidad fue de grande y con la música, en medio de mi carrera artística, al comenzar a entrar en el mundo andino. Creo que hay como un submundo, una parte under andina que no se conoce, donde  aparecen bandas de sikuris, gente de diferentes comunidades que hace música con instrumentos autóctonos como el erque, la anata (su caja), el cultrum, que son tambores, los pinpin, en cada pueblo está presente eso.

El conocer ese mundo andino me lleva a conocer primero a la gente que defendía toda la historia coya, que hacía peñas bolivianas, andinas o jujeñas. Ese fue un acercamiento fuerte desde otro lado, con la gente que lucha por las comunidades donde no todo su patrimonio está en su tierra.

Y después nos encontrábamos cada 11 de octubre en el Congreso, tocando. También por investigar un poco canciones que tienen ese contexto, salirme un poco de la zamba, la chacarera, el bailecito, el carnavalito, de esa parte ya conocida del repertorio. Eso me lleva a que cuando fue la marcha grande del Chaco fui a tocar y conocí a Martirios López, casi sin querer me fui acercando y metiendo a conocer canciones con esas historias.

Es el caso de “Kolla en la ciudad”, que es una canción compuesta en el 85, una cantata a los pueblos originarios, empecé a cantarlo y la gente me fue identificando con ese tema y por eso el disco lleva el nombre Kolla en la ciudad, porque la gente lo eligió.

Desde los pasos dados en la música folklórica, a Bruno se lo identifica con las luchas y reivindicaciones de los pueblos originarios, las asambleas en oposición a la megaminería y demás causas a las que les ha prestado la voz. Cuando se le pregunta por la solidaridad y el compromiso, sin embargo, Bruno resalta que: No es que sea defensor de nada, yo solamente puede ser que sea el mensajero, como los mapuches tienen los huerquenes, que avisan a los medios o a la prensa lo que sucede.

Decidí difundir la lucha de los que me escriben, que confían en mi y me comprometen a que pueda apoyar o a sumarme a esa lucha para que pueda trasmitir, como un vocero.

Es difícil ser un artista y estar comprometido, vivir en carne propia todo lo que sucede. Siempre estás viajando, vivís tocando. No sé si alguien deja todo eso y se va a instalar un mes a una comunidad. Por lo menos en estos tiempos nadie hace eso. Y si lo hizo fue dos días o tres, sacó una foto o hizo un documental así rápido y quedó como si fuera muy comprometido. Es difícil encontrar en ese compromiso alguien que sea un militante, capaz de entregar su vida por defender algo, pero esa gente que está en esos lugares sí pierde su vida. Los protagonistas que están ahí en Chaco, en las inundaciones, están ahí, son los posta. Por eso, cuando me dicen a mi que soy comprometido… yo trato de apoyar y visibilizar esos problemas, pero compromiso fuerte hay pocos que se comprometen y pueden poner el cuerpo y aportar realmente algo. Yo fui a cantar a La Plata, ¿pero cuántos fueron a hombrear bolsas, a poner colchones para los inundados? Bueno, es difícil. El compromiso está, pero es difícil.

Pensando en artistas que vivieron en otra época, en dictadura, que estuvieron prohibidos en listas negras, tuvieron que irse del país. El compromiso en esa época, o frente a cosas como fue la muerte de Víctor Jara, ahí quiero ver un artista comprometido.

¿Crees que ese compromiso es apolítico?

En mi caso, yo no milito en ningún partido político. Creo que recién ahora estoy aprendiendo de política, nunca tuve un contacto con la política, o nunca le di importancia. Estoy entrando en distintas luchas o en eventos solidarios de distintas cosas y ahí comienzo a ver el posicionamiento político y a ver de qué partido es tal o cual, entonces uno va aprendiendo a diferenciar el pensamiento.

En mi caso yo quiero ser un artista popular, entonces  hay veces que voy a tocar a un comedor, o a un evento del gobierno o de un lugar que tiene un pensamiento determinado y por ahí no estoy de acuerdo en otras cosas, pero con eso que están haciendo me parece justo, o una causa justa. No interesa la bandera política que tengas. Mientras uno no traicione lo que lleva dentro, lo que siente, y pueda dar esperanza o alegría. A veces, a la gente le da esperanza  o se identifica con lo que hace un artista, es importante a la gente decirle la verdad, porque son los que te van a ver, los que te aplauden. Yo trato de cantar para la gente.

Después de un rato de charla, se entiende la relatividad de la distancia. Cuando se le pregunta por Jujuy Bruno dice “Estoy volviendo siempre” y parece que no se hubiera ido.

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