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> Por Agustín Santarelli
Norman Briski no se queda quieto. Se sienta para la entrevista y no se levanta, pero anda. Le basta con un gesto para caminar, saltar, correr, tirarse de cabeza desde ahí sentado, en una mesa colocada oportunamente en medio del teatro Calibán que es su refugio desde hace 25 años.
El recorrido de Briski dice que nació en Santa Fé en 1938, que en la década del 50 fue mimo en Córdoba y Brasil, que en Buenos Aires estudió danza y llegó a ser bailarín solista del Teatro Colón y del Argentino de La Plata. Luego viajó a Estados Unidos, y regresó a la Argentina en 1968 para protagonizar la película La fiaca y ganarse la popularidad en todo el país. Pero lo popular para Briski era otra cosa y entonces funda a fines de los sesenta el Teatro Popular Grupo Octubre, donde junto a otros compañeros llevan adelante el “socialdrama”, un proyecto de teatro asambleario con vecinos de los diferentes barrios y villas del país. Pero a la Triple A no le gustan las actuaciones ni las acciones del Grupo Octubre ni su militancia en el Peronismo de Base, por lo que debe exiliarse. Vive, estudia, actúa, denuncia, filma en Latinoamérica, Francia, España y los Estados Unidos.  Con el retorno de la democracia vuelve al país y es encarcelado por el gobierno de Alfonsín por su pasado militante. Se libera. Funda el teatro Calibán, donde brinda clases de teatro y presenta sus obras. Y hace televisión, pero eso se ya sabe porque lo pasan por la tele. Y escribe. Parte de su trayectoria y sus historias están reunidas en sus libros Teatro del actor, Teatrobrik y De Octubre a Brazo Largo. También escribió una novela, Nagasaki de memoria, cuya edición tiene como adjunta una obra de teatro: El barro se subleva, que será presentada en septiembre.

Sentado ahí en la mesita, Norman sigue el movimiento y pone cara de “pregunten nomás”.

¿Qué es el Barro se subleva?

El barro se subleva tiene la intención de contar una genealogía de aquellos que piensan que puede haber un cambio social revolucionario.

Ustedes en Mascaró hablan de Conti, y si hablamos de Conti también hablamos de Walsh. He sido amigo de Walsh y admiro a Conti. Ellos dos murieron combatiendo. Murieron por sus ideas. Murieron por intentar un cambio social en serio. Como fueron derrotados, hoy todos dicen que lo que ellos pensaban no era lo que había que hacer o cómo había que actuar. Bueno, El barro se subleva viene a reconsiderar ese pensamiento.

El personaje de la obra (que será interpretado por Eduardo Misch) tiene una basta trayectoria como intelectual y de pronto coagula la idea de que no es suficiente ser un intelectual, de que nada es suficiente. Ni siquiera la violencia. Y entonces ahí está la complejidad: se trata de alguien que genéticamente ha nacido para creer que el mundo debería ser distinto. Realmente es una llama en mi espíritu y no puede ser que no se tenga la posibilidad de recuperar esas ideas, de proyectar esas ideas.

Ese es el barro que se subleva.

Usted cuenta que al personaje no le alcanza con el cuerpo y con la cabeza.

Bueno, es que la vida del que tiene conciencia es una amargura. Pero en realidad el personaje de El barro… no tiene la capacidad de entristecerse porque tiene muy claro que el que quiera cambiar las cosas, va a frustrarse sistemáticamente. Es algo muy querido en mí. Es probable que El barro se subleva sea uno de los trabajos más queridos que he hecho.

¿La obra está contextualizada en un tiempo o una época determinada?

Son episodios de personajes fraccionados que van sumando a una reacción en la gente, en el público, pero no plantean una temporalidad del tipo: esto pasó en los 70, esto pasó en los 90, esto pasa ahora.

¿Y cómo se para el personaje ahora, en estos días?

Hay una especie de ambigüedad en el campo popular. Pero estas posiciones dentro del capitalismo reformista, denominado progresista va a ocurrir todo el tiempo. Porque tampoco se dan respuestas ni siquiera a un proyecto de dependencia un poco menos salvaje.

El personaje entendería que hay una enorme histeria del capitalismo (no es ni siquiera una dinámica), donde es necesario un verdadero proyecto de cambio estructural que descubra al fin que la democracia no sólo no es suficiente, sino que está fundamentada en legislar la explotación con sus constituciones y sus formas institucionales. Este hombre pues ya está curado de espanto. Como deberíamos estarlo todos los que hemos visto el primer peronismo, los que hemos visto las diferentes dictaduras y las salidas pseudo democráticas, reiteraciones y perversiones que han dicho siempre “cambiemos para que nada cambie”.

En ese contexto hay que entender cómo con las mismas estrategias que los Tinellis, las Legrands y los Suar hacen para vender un producto por televisión, el poder se legitima a si mismo convocando a la sociedad al juego de la votación cada cuatro o dos años.

La decepción con este tipo de democracia no es nueva en su vida. Usted estuvo preso durante el gobierno de Alfonsín al regreso de su exilio…

Yo había participado de verdaderos espacios asamblearios, donde se intervenía en la realidad cotidiana y ya había visto la desilusión de mucha gente en distintos períodos.

Conozco bien qué pensaban las organizaciones, conozco lo que pensaban los jóvenes, conozco las desilusiones de los que vieron cómo Perón los echó de la plaza. Conozco a los que omnipotentemente creyeron que a Perón iban a radicalizarlo. La desilusión enorme de toda esa gente fue muy fuerte, porque en mi caso ya a esa altura sabía lo que iba a pasar cuando regresara Perón. Cuando pasó, quedamos otra vez perplejos por la imposibilidad de vivir una realidad más plena, más pura.

Porque habíamos llegado a vivir y a proyectar espacios asamblearios, con fuerte participación en los barrios, en los espacios de trabajo.

En lo demás es sabido que estuve preso un tiempo, en el 85. Yo volví al país por razones efectivas y no por el gobierno de turno. No era que tuviera por entonces expectativa por este tipo de democracia.

Alfonsín me llamó por teléfono y me dijo: “Siga luchando por sus ideas Norman” y yo le contesté “bueno usted no, porque sus ideas no sirven y así no vamos a ningún lado”.

Nota completa en la edición impresa. MASCARÓ #4

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