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En un nuevo aniversario de la rebelión de diciembre de 2001, Luis Zamora recuerda los días en que el pueblo echó del gobierno a De la Rúa, y su figura política era de las pocas que se salvaban del “que se vayan todos”. El ex diputado por Autodeterminación y Libertad analiza a la izquierda de ayer y hoy, y cuenta por qué decidió no presentarse a la elección presidencial cuando marchaba a la cabeza de las encuestas.
Pleno centro porteño, un sol terrible al mediodía. Zamora camina entre la gente. Flaco, con un maletín flaco, se pierde pero no se pierde entre la multitud, porque ahí pasa uno que lo reconoce o le parece reconocerlo y se le viene el nombre a la punta de la lengua. Tal vez lo haya visto en la tele, o en la plaza, o en la calle. Porque Zamora parado ahí, ahora en pleno centro porteño entre la gente, vuelve el tiempo y la imagen al 20 de diciembre de 2001, cuando era diputado y andaba entre los cascotazos y los palos y las balas de la policía. En el tiempo del “que se vayan todos”, muchos le pedían a él que se quedara y fuera candidato a presidente. Pero decidió que no y al final los que no se fueron, fueron los otros. Uno lo ve ahí, le vuelve la imagen y dan ganas de preguntarle ¿por qué no se presentó Zamora? Pero iremos por partes.

Estamos a 11 años de diciembre de 2001, ¿qué significan aquellos días en la historia de nuestro país?

Es bastante habitual que se considere al 19 y 20 de diciembre 2001 como un hecho histórico, es decir como un hecho que ya pasó.

Frente a la relevancia que tuvo, no tiene discusión. En todo caso lo que se puede debatir es por qué fue un hecho relevante, porque hay algunos que dicen “qué momento angustiante, no quisiéramos volver a vivir esa angustia otra vez”, pero ahí hubo un hecho democrático imponente que fue un pueblo echando a un gobierno. En realidad lo que quieren es que no se siga recordando que hubo un pueblo que se animó a entender a la democracia como la posibilidad de decidir, de decir “no queremos esto, andate”. Si es histórico es por esto último.

El 2001 no es pasado. Diciembre abrió una etapa y esa etapa sigue abierta, no se cerró.

¿Dónde ve la continuidad?

Hay al menos dos elementos que marcan la continuidad: uno es que el 2001 sigue condicionando al gobierno. Porque no puede olvidarse y decir  en su relato algo que no sea progresista. Puede hacer un montón de cosas reaccionarias: ha extranjerizado más la economía, ha concentrado la propiedad, ha votado la Ley Antiterrorista, paga la deuda externa, ha reprimido; pero en su relato todo debe ser progresista. Es decir, reprime, pero no se puede hacer cargo. Los gritos y reclamos del 2001 siguen vigentes y entonces este gobierno, o cualquiera que venga tendrá un desafío y no puede sostenerse si no busca dialogar con la población, si no escucha al pueblo. Hay un límite puesto ahí.

Y lo otro es que el 2001 nos sigue desafiando a todos los que queremos construir otra cosa. Porque allí se echó un gobierno y  luego se intentó construir más allá.

Porque hay que recordar el proceso asambleario, la auto-organización, que luego fracasó, ahí está como una experiencia y una tarea que continúa pendiente. Cuando los vecinos de Esquel se organizan de manera asamblearia, cuando los pueblos se revelan contra la megaminería y se juntan, todas esas expresiones asamblearias tienen su recorrido en el 2001. El tema es que la izquierda tampoco define eso y sigue construyendo direcciones.

¿Cómo jugó la izquierda en ese proceso de asamblea que se abrió en 2001 y tuvo continuidad un tiempo más?

Hubo errores.  Cada uno actuó para construir su partido, porque entienden que ahí está la solución del problema de la humanidad. Yo he ido a varias asambleas…

Nota completa en edición impresa. Mascaró #8, diciembre 2012.