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Durante el pasado 18 y 19 de marzo se llevó adelante el juicio oral y público en la localidad de Mercedes y, al cierre de esta edición, aún no se había comunicado el veredicto. Numerosas organizaciones de género y de derechos humanos se dieron cita en la plaza central de esa localidad reclamando la liberación de las jóvenes, que permanecieron detenidas dos años por defenderse del abuso de Juan Antonio Leguizamón.

El fiscal Guillermo Altube expresó el intento de determinar las circunstancias relacionadas con el hecho ocurrido en la madrugada del 19 de febrero de 2011, cuando Leguizamón dice haber sido interceptado por dos mujeres que, con arma blanca, le produjeron un neumotórax, mientras se dirigía a su trabajo. La Defensa, por su parte, presentó una serie de testimonios para demostrar que las chicas actuaron en legítima defensa.

En su indagatoria, Aylén Jara reconoció que en la primera declaración no expresaron que se habían defendido, defendido y admitió haberle quitado el arma a su acosador. Negó cualquier tipo de relación sentimental con éste y dijo que el hombre la iba a buscar a la casa, le mandaba mensajes y tenía que escaparse para poder salir.

La sala quedó en silencio cuando Leguizamón ingresó y dió un testimonio sostenido en una relación previa, sólo conocida por ellos. “Si yo hubiera tenido un arma no me hubieran dado tantas puñaladas”. Dijo que trató de evitarlas porque habían discutido, que había tenido relaciones con las dos y supone que estuvieron motivadas por los celos.

Los testigos que se presentaron por parte del hombre, hermanos y conocidos del barrio, siguieron la misma línea, aunque reconocieron que Leguizamón estaba habituado a portar armas, que vendía drogas y que resolvía cuestiones a través de la violencia.

El caso y, puntualmente, el hecho de que las hermanas Aylén y Marina Jara permanecieran presas dos años esperando el juicio que resuelva su condena o absolución, es por demás una muestra de injusticias y abusos de poder. La paradoja queda a la vista en el desarrollo del juicio, cuando al escuchar los testimonios, las supuestas “victimarias” cuadran más con la figura de víctima de esta historia, que como responsables del hecho por el que se las acusó.

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