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Se conmueven del Inca las tumbas

(Del Himno Nacional Argentino)

En una de las recientes marchas de trabajadores estatales en la ciudad de La Plata, acompañada por partidos y agrupaciones de izquierda, mientras la manifestación pasaba frente a una obra en construcción se desprendió un andamio del primer piso cayendo unos 10 obreros. La columna siguió impasible y los militantes agachaban la cabeza o miraban para el otro lado. Sólo tres manifestantes de unos 60 años se detuvieron y vieron que cargaban a un herido grave y detrás de la empalizada de chapa ocho cuerpos en fila.

Una semana después en un suelto del diario local se consignaba que el obrero boliviano de 42 años Vicente Rojas Oporto, que vivía en la localidad platense de Abasto había fallecido. Llamativo que los medios no le dieran mayor trascendencia. La UOCRA sólo cumplió con las formalidades. Más llamativo fue que ninguna de las agrupaciones políticas de la izquierda dura se hayan manifestado el día del accidente ni luego de conocido el fallecimiento. Para un obrero boliviano muerto sólo el silencio. La solidaridad de clase, el internacionalismo proletario y otras consignas altisonantes hicieron mutis por el foro.

¿De qué rincón de Bolivia habría venido este trabajador?

¿De Santa Cruz?, donde el bonaerense José Ignacio Warnes encabezara la republiqueta de ese departamento, la misma tierra que pisó el Che Guevara en 1967. ¿De Potosí?, lugar de nacimiento de Saavedra, pre-sidente de nuestra primera junta de gobierno. Y, en el que la heroína de Ayohuma Juana Azurduy, se ganara el grado de Coronela por su actuación heroica. ¿De Chuquisaca?, cuna del levantamiento contra el colonialismo español el 25 de mayo de 1809 en el que se alistó el estudiante tucumano Bernardo Monteagudo. ¿De La Paz?, tierra de Túpac Catari. ¿O de Oruro?, del también aymara Evo Morales.

El nombre de Vicente Rojas se pierde en el anonimato de los 20 obreros que pierden la vida cada día y de los 7.000 trabajadores que mueren al año por razones laborales.

Según las estadísticas mostradas por la CTA, hay cuatro muertos por día por accidentes directos y 16 por enfermedad de origen laboral, como los tumorales, cardiovasculares, entre otras. Además, hay 8 millones de trabajadores precarios que no tienen ninguna cobertura social.

La nueva ley de accidentes de trabajo acelera el pago a los damnificados pero por primera vez desde que existe el derecho laboral argentino les quita la posibilidad de litigar por un justo resarcimiento ante la justicia laboral. Al recurrir al fuero civil no se reconocerá la desigualdad entre el empleado y el empleador que favorece al obrero para equilibrar la relación, sino que una abstracta igualdad ante la ley sepultará conquistas con 80 años de antigüedad. Se abarata así las indemnizaciones haciendo menos oneroso invertir en la prevención de accidentes.

Nuestro país se estremece entre el 8N y el 7D pero Vicente Rojas es una clarinada silenciosa que nos llama a atención. Otra Argentina y otra Latinoamérica existen en el subsuelo de la patria grande.