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En octubre de 2012 la presidenta viajó hasta la ciudad correntina de Itatí para cumplir una promesa a la virgen y mencionó allí por primera vez una concepto que desde entonces no deja de ser repetido: “Yo quiero decir con orgullo que esta década que empezó un 25 de mayo de 2003 es la década ganada por todos los argentinos. Hemos reconquistado los derechos que se habían perdido, trabajadores que recuperaron su trabajo, docentes que van a la escuela a enseñar y no a darle de comer a los chicos”. Meses después se anunciaba que la desocupación había caído a 6,9%, el nivel más bajo en los últimos 20 años, y que ya eran casi 5 millones los trabajadores que habían obtenido su empleo en la última década.

En los primeros años posteriores a la salida de la convertibilidad comenzó un proceso de crecimiento económico que permitió una rápida recuperación del trabajo: mientras que en 2002 la desocupación alcanzaba el 21,5%, hacia fines de 2007 ya había descendido a 7,5%. Desde entonces el desempleo se mantuvo en esos niveles, pero el fuerte crecimiento de la economía ya no fue suficiente para mantener el ritmo de creación de empleo y caída de la desocupación. Por otro lado, en esos años el trabajo registrado creció a mayor velocidad que el conjunto, lo cual permitió reducir el trabajo en negro de casi un 50% en 2003 al 34,6% en la actualidad, un número similar al de inicios de la década del 90 que era de 33,4%.

Esta mirada rápida al trabajo en la última década nos indicaría que en los últimos años se revirtieron en gran medida las consecuencias sociales de la Convertibilidad. Sin embargo, una perspectiva de más largo plazo nos permite encontrar tendencias que no han cambiado tanto. Cabe entonces preguntarse: ¿son estas parte de las tareas pendientes o son límites del modelo?

Salarios y trabajo en negro

Estas mejoras en el mundo del trabajo nos muestran sólo una parte de la realidad, puesto que a pesar de ellas siguen sin revertirse los problemas iniciados con la reestructuración de la economía a mediados de los 70. Desde entonces cada período de crecimiento económico ha sido acompañado por una profundización de la superexplotación del trabajo que es característica de los países dependientes. Esto significa que además de recibir un salario menor al valor producido, los trabajadores reciben ingresos menores a los necesarios para vivir dignamente, siquiera para reproducirse como fuerza de trabajo.

Esto puede verse en los bajos niveles salariales que vinieron a extender el fenómeno de los trabajadores pobres en la última década. A pesar de las dificultades para medir la capacidad de compra de los ingresos (véase Mascaró Nº10), según el Índice de Precios al Consumidor City/GB, el salario real era para principios de este año menor a 2001. Es decir: aún en medio de la mayor crisis económica del país los ingresos generales de los trabajadores eran algo mejores que en la actualidad. Esto es convalidado por el gobierno, quien junto a algunos sindicatos y cámaras empresariales mantiene fijo un salario mínimo que no llega a los 3000 pesos, mientras que según los cálculos de la Junta Interna de ATE-INDEC una familia “tipo” debe tener ingresos por 7000 pesos para no ser pobre. Sin embargo, el INDEC señala que este mismo índice duplica el nivel salarial de 2001. Tanteemos nuestros bolsillos y saquemos conclusiones propias.

Por otra parte, hay que destacar que esta situación es muy diferente según los distintos sectores de trabajadores: mientras que los trabajadores registrados del sector privado de la economía superaron los ingresos previos a la crisis, los trabajadores en negro se encuentran muy por debajo de ese nivel y reciben salarios 50% inferiores a los otros. Este segmento de los trabajadores, si bien se ha visto reducido en los últimos años, se mantiene en niveles cercanos al 35% desde 2010 y la cantidad de trabajadores en negro es casi la misma desde 2002, cuando hasta 1975 no superaba el 20%.

Precarización del trabajo

El trabajo en negro es quizás la manera más clara de precarización laboral, pero no es la única. Existen otras formas legales que se implantaron durante la dictadura y se extendieron en los 90, las cuales hoy día tienen plena vigencia a pesar de la reforma laboral promovida por el kircherismo en 2004. La tercerización y los contratos temporarios son algunas de ellas, pero están invisibilizados porque no aparecen en las estadísticas oficiales y son muy frecuentes en los organismos estatales.

Un ejemplo de ello es el propio Estado nacional. Mientras aumentó un 37,82% la cantidad de sus empleados a lo largo de esta década, los trabajadores con contratos temporarios aumentaron un 218,79%, o sea, casi se triplicaron entre 2003 y 2013. De esta manera se llega al absurdo de que muchas veces los mismos inspectores del Ministerio de Trabajo que tienen que controlar la calidad del empleo se encuentren en una situación de trabajo precaria que permite entre otras cosas que los despidan fácilmente sin indemnización.

Por otra parte, la tercerización laboral se realiza generalmente en actividades “secundarias” como la producción de partes, la distribución y comercialización, la limpieza, vigilancia, transporte, entre otros, aunque muchas veces se realiza también en la actividad principal, superponiéndose en las mismas tareas y en el mismo lugar trabajadores que formalmente dependen de distintas empresas. Esto permite a las patronales contratar mano de obra a un costo menor y trasladar gran parte de la responsabilidad por despidos, accidentes y aportes a la empresa contratista.

La generalización de este fenómeno queda en evidencia a través de las luchas que despliegan trabajadores a lo largo y ancho de todo el país para eliminar esta forma de contratación que vulnera derechos como la estabilidad laboral, el reconocimiento de la antigüedad, igual remuneración por igual tarea, los beneficios y prestaciones sociales, la duración e intensidad de la jornada de trabajo. Sólo en el último mes, trabajadores del Aeroparque Metropolitano, el Ferrocarril General Roca, la Empresa Provincial de Energía de Córdoba (EPEC), el Canal 26, Kraft, entre otros, han salido a la calle con este reclamo.

También la flexibilización salarial es otra forma de precarización laboral que se extiende a ritmo acelerado desde los 90. Esta determina una pérdida de calidad del trabajo porque da variabilidad a los ingresos y motivan una mayor autoexigencia de los trabajadores para alcanzar salarios más o menos dignos. Tanto los premios o compensatorios por presentismo y niveles de producción como las horas extras son cada vez más importantes para el ingreso de los trabajadores y sin embargo, éstos muchas veces dependen de una prerrogativa patronal. De esta manera suele naturalizarse un ritmo de trabajo más intenso y una jornada laboral más extensa y son los trabajadores los que sufren por ello el impacto en su salud física y psíquica.

Construyendo alternativas

Si diez años de crecimiento económico no alcanzan para mejorar los salarios y terminar con la precarización del trabajo queda claro que no hay un derrame automático de la riqueza en la sociedad. El PBI casi se duplicó en esta década porque la super explotación del trabajo fue acrecentada para mantener la ganancia privada. No hay otra manera de desarrollo en el capitalismo dependiente.

Otro camino, con sus dudas y contradicciones, se abre en los países que ponen su horizonte en el Socialismo del Siglo XXI. La nueva Ley Orgánica del Trabajo en Venezuela ha incorporado derechos laborales que permiten revertir parte de las consecuencias del trabajo en el capitalismo contemporáneo: se garantiza la estabilidad del empleo en todas las ramas de la economía, se prohíbe la tercerización del trabajo, se reduce la jornada laboral, se facilita y promueve la organización de los trabajadores en sus lugares de trabajo y en sindicatos, se admite el piquete y la huelga de solidaridad a la vez que se extiende el fuero sindical prohibiendo los despidos a todos los trabajadores en paro.

Estas legislaciones sitúan el derecho a la vida digna y el Buen Vivir por sobre la ganancia privada, rompiendo con los principios clásicos de la economía e iniciando la construcción de una sociedad nueva. Una década ganada por los trabajadores requiere aprender de este ejemplo para revertir sinceramente los costos del neoliberalismo sobre los trabajadores. Por eso más que profundizar el modelo lo que necesitamos es un modelo nuevo.

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