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> Por Rafael Farace

En enero de 2007 el Ministerio de Economía apartó a Graciela Bevacqua de la dirección del Índice de Precios al Consumidor en el INDEC. Se iniciaba así la intervención de la principal institución estadística del país, que continuaría con la renuncia de la directora del INDEC y el desplazamiento de la directora de la Encuesta Permanente de Hogares y una innumerable cantidad de técnicos responsables de distintas áreas. Seis años después de iniciado este conflicto, los anuncios oficiales de inflación sólo aportan una cuota de humor a las noticias diarias mientras soportamos con resignación otra mentira a la que nos tienen acostumbrados.

Los cambios en el INDEC

Hacia fines de 2006 el gobierno comenzó a mostrar preocupación por la medición de la inflación, puesto que los guarismos publicados por el Instituto Nacional de Estadísticas y Censos (INDEC) no se correspondían con sus expectativas. De manera que las primeras modificaciones impulsadas por la intervención se dieron en el Índice de Precios al Consumidor (IPC), el cual mide la variación de los precios en unos 132 productos y 440 variedades que, según la Encuesta Nacional de Gasto de los Hogares (ENGHO) componen las compras regulares de la población.

Los cambios fueron desde el principio muy desprolijos. El primer informe realizado por la intervención registró un aumento de precios del 1,1% en enero de 2007, lo cual era matemáticamente imposible según Graciela Bevacqua que había estado supervisando los datos hasta fines de ese mes. En ese entonces, no se explicó qué cambió en el índice para que el resultado sea tan distinto al esperado y recién en octubre de 2008 el INDEC publicó la nueva metodología de medición de precios.

En ese comunicado se informa que se modificaron, entre otras cosas, la estructura de ponderaciones, la selección de variedades de los productos y la muestra de locales informantes. Esto significaba, en primer lugar, que la variación de los precios de los productos tendría ahora un peso distinto en el conjunto del índice. Por ejemplo, mientras que hasta entonces los alimentos representaban el 31,3% del IPC, la indumentaria un 5,2% y la atención médica un 10%, a partir de entonces estos significarían un 37,9%, 7,3% y 5,6%, respectivamente. El INDEC suponía que en los hogares argentinos había aumentado la proporción de gastos en alimentos y vestimenta, mientras que se habían reducido en salud. Por otra parte, se cambiaron también las marcas de los productos recabadas por considerar que el índice anterior daba excesivo peso a productos de “alta gama” cuando la mayor parte de la población optaba por otras variedades de menor costo. También los comercios en que se recolectaba la información fueron modificados por considerar que se concentraban en zonas de medio o alto nivel adquisitivo y no representaban a los locales en que compraban los sectores populares.

En síntesis, se modificó casi todo el sistema de recolección de datos, lo cual no hubiese sido tan conflictivo si se tomaban en cuenta las investigaciones que hasta entonces se venían desarrollando.

Registros divergentes

El INDEC tiene a su cargo la confección del IPC a nivel nacional (IPCN) y en el Gran Buenos Aires (IPC-GBA) mientras que en el resto del país cada instituto provincial elabora el índice para su región. Lo que hasta entonces eran diferencias menores entre los distintos índices, de no más de 5 puntos porcentuales, luego de la intervención se transformaron en grandes divergencias que hicieron imposible comparar los datos. Entre diciembre de 2006 y el mismo mes de 2007, el IPC-GBA aumentó un 8,5%, mientras que el mismo índice aumentó un 23% o más en el mismo período en los otros nueve aglomerados con los que se calculaba el IPCN.

Ante estas discrepancias, el gobierno comenzó a presionar a las provincias para que dejen de calcular sus índices de precios y dejó de medir el IPCN. Desde entonces, el único dato oficial sobre la inflación en el país está basado en el relevamiento que realiza el INDEC en los partidos del Conurbano y la Capital Federal.

Nota completa en edición impresa. Mascaró #10, abril 2013.

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