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La denominada restricción del sector externo de la economía que llevó a la devaluación actualiza el debate acerca del proceso conocido como Industrialización por Sustitución de Importaciones (ISI) y las estrategias para lograr el desarrollo del país.

La Industrialización por Sustitución de Importaciones comenzó como consecuencia de la crisis económica mundial de 1929, y consistió en producir en América Latina artículos de consumo que antes se importaban. Se lo concibió como un camino que conducía al desarrollo, y fue considerado por los teóricos del nacionalismo popular como un enfrentamiento efectivo con el imperialismo.

En los primeros años de la década de 1950, Silvio Frondizi advirtió que ello no sólo era falso, sino que significaba un paso más en el camino de la dependencia porque ahora se importaban desde los países desarrollados tecnologías (atrasadas) para esas industrias sustitutivas por montos mayores que aquellos bienes de consumo. En La realidad argentina Silvio analizaba que: “La enorme acumulación de capital y la consiguiente expansión de la industria pesada, que caracteriza al imperialismo yanqui, obliga y permite a éste la exportación de capitales en forma de bienes de producción. Esta exportación tiene, ante todo, el mismo significado que la exportación de mercancías del período anterior; pero tiene también una consecuencia nueva y decisiva (…) la expansión de los mercados semicoloniales y coloniales para la colocación de los capitales y los productos de la industria norteamericana”. Frondizi basaba sus conclusiones en la realidad y la propia opinión de pensadores norteamericanos. Elegimos un elocuente pasaje de Albert Hirschman, Gobernador del Federal Reserve System, publicado en 1952: “nuestras exportaciones no sólo no peligran por la industrialización de otros países, sino que, al contrario, ganan considerablemente con la expansión de la producción en otras regiones del mundo”. En su detallado trabajo Frondizi concluía en que “la expansión industrial bajo la burguesía nacional implica una acentuación del dominio del imperialismo y una profundización de la deformación del país, con el consiguiente mantenimiento de su atraso”. Estas conclusiones aportadas hace 60 años y corroboradas por la historia, deberían ser tenidas en cuenta al abordar la cuestión del desarrollo.

Un proyecto sin sujeto

En la edición de marzo de la revista Le Monde diplomatique el profesor emérito de la Universidad de Buenos Aires, Aldo Ferrer, analiza lo que él llama “el pecado original de la economía argentina”. Allí explica que la ISI tenía “dos rasgos principales: Una elevada proporción de insumos y equipos importados en la producción de manufacturas, y una baja capacidad de exportación de bienes de origen industrial”. Lo que originaba un “déficit en el comercio internacional de Manufacturas de Origen Industrial”, déficit que “se pagaba con el Superávit del comercio de Productos Primarios (SPP)”. Pero como a partir de la mencionada crisis el SPP entró en un prolongado período de estancamiento, la obtención de las divisas necesarias para las importaciones de origen industrial tenía el límite que le imponía el lento crecimiento de los saldos exportables de productos primarios. Como no era la industria la que generaba los excedentes para su propio desarrollo las fases de su expansión quedaban limitadas por ese estancamiento. Para seguir importando manufacturas industriales se recurría al endeudamiento externo y, finalmente, el ajuste de la economía, un eufemismo para referir a la necesaria transferencia de ingresos de los trabajadores a los capitalistas para sostener su cuota de ganancia.

Ente 1975 y 2001 se interrumpió este proceso (con el relativo paréntesis del gobierno de Alfonsín) y fue reemplazado por una política económica que no se basada en la economía real sino en la valorización del capital a partir de la especulación financiera, la economía quedó subordinada a la refinanciación de la deuda y la disponibilidad de divisas provenía del reiterado endeudamiento externo, en un círculo vicioso que entró en crisis en 1983 y, al profundizarse esta política con Menem, tuvo su estallido catastrófico en 2001.

A partir de 2002 fue retomada la estrategia de desarrollo basada en la ISI, proceso que funcionó mientras: a) Se reactivaba la capacidad instalada de la industria. b) El sector externo tenía un creciente superávit originado en la caída de las importaciones de origen industrial. c) La creciente producción de cereales y oleaginosas y sus manufacturas. d) El superávit en el comercio de energía. Período dorado del “modelo”, en el que la economía creció en base a sus propios recursos, pero que dilapidó gran parte de ellos, y que comenzó a agotarse en 2007. “La estructura productiva desequilibrada volvió a revelar su pecado original: la restricción externa” sentencia Ferrer, es decir que para que la industria siguiera creciendo era necesario multiplicar las importaciones industriales con lo que el Déficit del comercio internacional de Manufacturas de Origen Industrial se duplicó en el año señalado. Y el superávit energético se transformó en déficit.

Nota completa en edición impresa. Mascaró #20 de Abril 2014.

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